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Álvaro Mutis: un navío mecido por la nostalgia

Álvaro Mutis Jaramillo, escritor y poeta colombiano, nació en Bogotá (Colombia) el 26 de agosto de 1923. Álvaro fue, es y será el poseedor de un estilo personal, e insular: un oasis de tonos y expresiones diversas y distantes del nutrido y colorido mar de las barracudas de colores, que representan las letras colombianas.

Por eso nadie escribe como Mutis en las letras de Colombia. Cuando tenía dos años, su familia se instala en Bruselas, Bélgica; y por temporadas viaja al corregimiento de Coello-Cocora en plena Cordillera Central en el Departamento del Tolima. En esos tiempos viajaba para visitar la hacienda de su abuelo. De esa tierra caliente de caña, café y entrañable nostalgia, el autor expresará: «Todo lo que he escrito está destinado a celebrar, a perpetuar ese rincón de la tierra caliente del que emana la substancia misma de mis sueños, mis nostalgias, mis terrores y mis dichas. No hay una sola línea de mi obra que no esté referida, en forma secreta o explícita, al mundo sin límites que es para mí ese rincón de la región de Tolima, en Colombia».

Tras el temprano deceso de su padre, su familia regresa a Colombia y se instala en la hacienda de Coello. Mutis, otra llama errante, posiblemente nunca sabrá si los constantes aromas de nostalgia de sus obras y personajes obedecen a un colombiano en el exilio o a un exiliado extraño desadaptado de Colombia.

Varios fueron los reconocimientos que recibió por su obra: Premio Nacional de poesía (1983); Premio Príncipe de Asturias (1997); La Orden de las Artes y las Letras en el grado de Caballero, otorgada Gobierno francés (1989); y en el 2001 recibió el Premio Cervantes, el galardón más importante de las letras hispanas. Mutis muere un 22 de septiembre en Ciudad de México, a los 90 años.

Trinidad Barrera, docente investigadora de literatura hispanoamericana de la Universidad de Sevilla, en su texto “Álvaro Mutis o la poesía como metáfora”, se refiere así a su obra poética:

“No es fácil la lectura de la obra poética del colombiano Álvaro Mutis (Bogotá, 1923). Pertenece a la saga de escritores que han sabido fabricar un orbe propio, un mundo personalísimo y privado, como hiciera, entre otros, el uruguayo Juan Carlos Onetti con cuya visión de la vida tiene más de un punto de contacto. Su mundo poético no puede ser abordado de golpe, exige una lenta lectura que familiarice al lector con unos tonos claroscuros cuando no decididamente oscuros, con unos personajes derrotados y exilados de la gloria, requiere la misma morosidad que él ha puesto en cada palabra, en la búsqueda de un lenguaje explosivo, riquísimo, de adjetivación exuberante, precisa y evocadora, de enumeraciones frecuentes, fuertemente connotado por la magia de la palabra, por la liturgia del verbo.

La fuerza y la originalidad de su creación (verso y prosa, tanto monta) lo hacen sin dudas uno de los grandes poetas contemporáneos, con unos perfiles muy precisos que giran especialmente en torno a ese heterónimo que comparte celebridad con su creador, Maqroll el Gaviero, persona más que personaje, máscara en continuo desplazamiento y devenir, ave fénix que sostiene el pensamiento y la visión del mundo y de las cosas que tiene el poeta”.

Y para esta ocasión un poema. Cada Poema:

 

Cada poema un pájaro que huye

del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de la muerte

por las calles y plazas inundadas

en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,

una falsa moneda de rescate,

un tiro al blanco en medio de la noche

horadando los puentes sobre el río,

cuyas dormidas aguas viajan

de la vieja ciudad hacia los campos

donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto

del que yace en la losa de las clínicas,

un ávido anzuelo que recorre

el limo blando de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo,

un crujir de los mátiles y jarcias

que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban

sobre el rugir helado de las aguas

el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando

la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela

que grita al hondo hueco de la noche

el santo y seña de su desventura.

Agua de sueño, fuente de ceniza,

piedra porosa de los mataderos,

madera en sombra de las siemprevivas,

metal que dobla por los condenados,

aceite funeral de doble filo,

cotidiano sudario del poeta,

cada poema esparce sobre el mundo

el agrio cereal de la agonía.

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