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Medellín - Antioquia,
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Llegaron el 23 de agosto 2000 a la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina y fueron remitido por el doctor Juan Luis Mejía, sobrino del doctor Javier Arango Ferrer. Los constituyen, en parte, cinco cuadernillos, quince cuadernos, un libro artificial, un legajador gris de pequeño tamaño. Todos manuscritos, con correcciones, citas de poemas, bibliografías con el nombre de las bibliotecas que poseen los centenares de libros que el escritor ha consultado o consultará en el futuro para la publicación de su obra: “La Literatura de Colombia” (Buenos Aires, 1940), “Historia de la Poesía Colombiana”, en “Historia Extensa de Colombia” (Bogotá, 1965), “Dos Horas de Literatura Colombiana” (Medellín, 1963), “Horas de Literatura” (Bogotá, 1978, Medellín, 1993) Su vida ha sido andariega pero no bohemia como lo precisa el poeta Jaime Jaramillo Escobar quien fue amigo y apreciador de su trabajo. Cuando el investigador se enfrenta con la letra cuidada, elegante, a veces impulsiva y deformada hasta perderse en jeroglíficos, percibe la pasión de ese escritor por su trabajo, por ir más allá de sus lecturas. Buen ensayista - investigador - crítico confronta textos, sopesa méritos y debilidades, es lo más cercano a una justicia literaria. Sus comentarios en las libretas, semejantes en forma a las de Marcel Proust, desbordan los límites del papel y sus líneas serpentean a lo largo de las hojas. Disfruta sus lecturas, se transforma en paciente copista de poemas, de textos que retuvieron su atención. En su evaluación de escritores no podía faltar el sentido del humor. La visión en espejo de Javier Arango Ferrer permite al lector viajar por la literatura colombiana, cruzar océanos y acercarse a la literatura inglesa, italiana, francesa, norteamericana. El mundo de la lectura anula el tiempo. Nos propone obras de la Edad Media, latinas y griegas. Son historia actual la organización de civilizaciones precolombinas, sus culturas refinadas, la orfebrería Chibcha, Calima, Quimbaya. El ensayista dibuja mapas de las regiones que habitaron y nos parece que ahí vivieron entre hoy y ayer; los frescos de Bonampak apenas han palidecido en su memoria; desplazamientos y rivalidades de tribus por Centroamérica, Colombia y Sudamérica son relatados con la viveza y el sentimiento de sucesos apenas ocurridos. Su exterminación a la Conquista es recordada, quinientos años en historia lleva la fecha del día en que se lee. El Popol-Vuh es Génesis nuestra. Sentimos en Javier Arango Ferrer la necesidad de situar el ser humano como el heredero y depositario del pasado y no como un eslabón en medio de los siglos. El revelador de obras que los siglos han enterrado y se agitan suavemente bajo las arenas de nuestra memoria. En varios cuadernos, emprendemos un viaje por los mitos indígenas, encontramos a Paul Rivet, Paul Ehrenreich, Alfred Métraux, y recorremos México, el Perú, Ecuador, esos últimos países en autobús. El observador confía a su libreta: “De cuando en cuando vuelvo la cabeza hacia mis compañeros y pregunto cualquier trivialidad: me interesa conocer el carácter del pueblo: en vista de la tardanza contesta a regañadientes el cholo, un hombre flaco y cetrino de cara angulosa y nariz quechua aguileña: todo es vistoso en su aderzo, corbata, anillos y dientes de oro. Es el campesino que se endominga para ir a la Capital. Lleva el traje gris claro de confección que usan en todo el mundo las gentes de su clase. Habla como todo costeño tragándose las erres, y se limita a contestar sin ánimo de continuar la charla. El viejo campesino de poncho y sombrero de toquilla continúa embutido y silencioso como un ídolo. La mujer de dientes de oro y pañolón desvía la mirada”. Nos sentamos entre los indígenas y compartimos con él el sentimiento de una barrera, no sólo de lenguaje sino de reserva y silencio que les viene de la Conquista: “Hemos llegado al naranjal de Palpa que le produce al Cholo Luján, treinta mil soles por cosecha: buena ocasión para congraciarme con mis compañeros: después de los jugos que pago con presteza noto más expresión y aun el viejo paisano me explica lo del “agua nueva”. “Pero en Nazca se apearon los tres sin esbozar siquiera una despedida”. Observa el antropólogo: “Sólo el llanto podría simbolizar dignamente en la divinidad antropomorfa el agua de las cosechas. El agua sobre la gleba es también el sudor, llanto sin ojos que da el pan ya decretado con la amargura en el contexto bíblico”. Así nos describe el árbol Huarango: “Arból llamado de la libertad, colgaban los nazquenses por Semana Santa al Judás que había de ser quemado. Dicen que con él hicieron la cruz del atrio de la iglesia que rompió el terremoto de 1942”. El poeta atraviesa los desiertos peruanos: “El agua, como en un sortilegio, cambia el beige de los arenales en el verde de las alfalfas que parecen pintadas… “Pero el arenal vigila desde los dominios del silencio sin pájaros y convertirá en desierto los campos en cuando falte el agua de lluvias o acequías. La costa no podrá ser ganadera por falta de pastos naturales. Fuera de los rebaños cabríos y de algunas cabezas vacunas en los valles más felices de Chincha y de Cañete, no creo que pueda prosperar la ganadería en pastos artificiales obtenidos con la dificultad que es de superar en estas comarcas del litoral”. Regresa por Pasto, Popayán y las relaciones entre la Escuela Quiteña y el arte de Popayán, la hermandad americana se precisan: “Descubrir una verdad, quizá ya descubierta por otro, una verdad concreta, útil a la crítica incipiente de América es en parte una justificación de la existencia y cumplir con la desesperada consigna de afirmar aun cuando no sea sino para proveer la polémica y con ella el esclarecimiento de lo que constituye nuestro patrimonio, si es que el término de americanismo tiene ya un sentido propio”. “Tener calma para ver y para meterse hasta el cogote en los archivos, sería colocarse en condiciones de desentrañar todo este diluvio de verdades que el viajero no puede desentrañar de la simple inspección. En Popayán, ciudad llena de tradiciones será más fácil organizar los conceptos de la influencia que tuvo la arquitectura ecuatoriana en Colombia. A ninguna ciudad llega el colombiano con tanta ilusión como en Popayán…” Luego nos lleva a conocer y apreciar los pintores de la ciudad, recorrimos las calles y las iglesias que siempre estudió, conocedor del arte colonial, lo que más tarde le valió la fama de hábil arquitecto sin serlo y el resentimiento de los que lo eran. Restauró La Cartuja, casa en Cartagena en la cual vivió, la casa de Eduardo Mendoza Varela en Tincachoque. Ahí lo esperaban para situar, en el mejor punto, la campana en proceso de fundición albergada por una espigada construcción de piedra. Sus dibujos a lápiz complementan los textos de los cuadernillos. Un claustro, descrito con el misterio de su fronda, nos invita al silencio, a la meditación a través de sus trazos. Las iglesias con sus portones minuciosamente dibujados, una torrecilla y el camino que conduce a ella nos lleva a soñar. Son gratas sorpresas las que nos esperan a lo largo de ese archivo. Representan la visión interior de un artista. El deleite de un lector no estaba previsto en esos apuntes. A menudo el investigador se siente intruso en las memorias de quien ya cumplió su tránsito y nos está revelado. Las cartas enviadas y recibidas son otra fuente que nos permite, a los que no hemos conocido a Javier Arango Ferrer, sentirlo cerca y saber un poco más de su vida. La devoción de un ser tan desolado como Germán Pardo García para él es diciente. Cartas importantes a través de las cuales el poeta residente en México revela su infancia sombría, su influencia sobre sus poemas, lo doloroso de la creación y busca en Javier Arango Ferrer una comprensión, un afecto. Otras nos permiten reconstituir una biografía con fechas, países, publicaciones. De él sabemos entonces que es un amigo fiel, un hombre desprendido de los honores, un conferencista que conquista su público: lo cautiva con “Colombia pre-colombina”, “Estampas americanas”, “Arte y Cultura Popular”, “Vida, gloria y muerte del vals”… La correspondencia nos transmite el entusiasmo que despertó su libro “Literatura de Colombia” en 1940. Su paso por la Embajada de Colombia en Argentina, Chile, París, Moscú fue elogiado y su trabajo de difusión de la cultura colombiana altamente apreciado. Su vida de médico-oftalmólogo no fue el asunto principal. Lo fue una vida sencilla, sin apego a las pequeñeces de la fama. Escogió andar, saborear, confiar a sus libretas o cuadernillos lo que constituyó para él lo esencial: su vida intelectual. Sus publicaciones no fueron numerosas aunque de valioso contenido pero el recuerdo que dejó en amigos, asistentes a conferencias y tertulias es profundo. Así lo percibimos en la distancia del tiempo, ahora difuminado pero todavía alerta como en el retrato de Salas Maya, trazado con carboncillo, en 1942, en la ciudad de Buenos Aires. De su primer libro, “ La Literatura de Colombia”, publicado en 1940, por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Tercer tomo de “Las Literaturas americanas”, escribiría en prólogo el director del Instituto de Cultura Latino-americana, Arturo Giménez Pastor: “Uno de aquellos espíritus en quienes la vocación se traduce en inquieto interés de la inteligencia por cuanto con las letras se relaciona y en ellas se manifiesta: obra, autores, movimiento de ideas, orientaciones y tendencias, observadas, seguidas y relacionadas con dinámica y vehemente y militante curiosidad inquisitiva en función de diestro dilucidamento… El doctor Ferrer ha adoptado el método de seguir sucesivamente en los diversos géneros la formación y la evolución de la literatura colombiana, sin perjuicio de dar en su primer capítulo una idea rápida y global de Colombia, en ciencias, arte, sociología y letras, desde la época pre-colombina hasta nuestros días; con lo cual emplaza al lector en el ambiente social íntimo y colectivo necesario para el aprovechamiento de los demás capítulos. El todo incluye una nutrida bibliografía que guiará suficientemente al estudioso en su labor de más detenido conocimiento de la literatura de Colombia”. Somos privilegiados al conservar sus documentos, cuadernillos, cuadernos, carpetas con “Cartas de vivos y muertos”, “Cartas de amistad gratísimas”, “Papeles literarios”, “León de Greiff y Mario Carvajal, apuntes de primera mano”, el archivo de prensa y fotografías de La Cartuja, de orfebrería pre-colombina, de su presencia en algunas reuniones médicas. Es de nuestro agrado estudiarlas y participar a los investigadores de su existencia en el Archivo donado a la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Claire Lew de H.
Libreta 115A
Libreta 115
Libreta 151
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