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Medellín - Antioquia,
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CIELO CERRADOLos ojos oblicuos miraron hacia arriba, arrugaron el entrecejo y en las pupilas comenzó la tormenta. —¡Diablos, el invierno! Zumbó el viento en las alas de los sombreros, en las ramazones, en los gruesos ponchos. —¡El invierno! Zumbó en las puertas golpeantes, en el campanario, en los aleros de paja. —¡Diablos! Goterones con viento saltaron las toscas habitaciones, se fueron cerrando las nubes, y sobre la tierra empezó a llover. De día. De noche. Por los ranchos pajizos chorreó el agua hacia los viejos caños, en los caños se formaron arroyos, de los arroyos nacieron torrentes, los torrentes se volvieron ríos que arrasaban los sembrados. De día. De noche. Fue entonces una la voz de los indios, hacia un mismo punto las miradas, contra igual silencio la desesperación. Se acabaron las oraciones, se acabó la paciencia, se acabaron las velas de cera al pie de las imágenes. Y revivieron graves ancestros. En la cumbre pedían a los dioses de sus antepasados, a los protectores de la huerta y la montaña. Un poco de sol para los maizales. Para los cafetos. Para las patatas. Un poco de sol para los pájaros. Y los dioses no escucharon el temblor murmurante de los labios indígenas. El agua seguía cayendo en chorros. De día. De noche. Se dañaron las mazorcas tiernas. Se dañaron los tubérculos de papa y yuca. Y se dañó la esperanza. —Estamos solos —dijeron, y parecía que no hubieran hablado. Sentían dolor físico al golpear del aguacero contra las plantas, al llanto de los niños, al aullido de los perros. En su complejo del olvido creían natural el olvido del cielo, del Dios cristiano, de sus antiguos dioses. Pero iban donde el Cura para decirle: —Rece o mande rezar. —Se pudren las maticas. En las cumbres, la jerga del brujo también intercedía para que cayera sol en la espalda india de hombres y cerros. Rezaba a los duendes del aire y la montaña, a los señores del trueno y de las nubes. Pero el agua no menguaba, y un día fueron hasta el brujo y le dijeron: —Tus rezos no sirven. —No te escuchan los dioses. —Te mataremos. Y con sus machetes lo descuartizaron. Dos ídolos se salpicaron con la sangre del brujo, pero la sangre se coaguló y las piedras siguieron impávidas ante el sacrificio. Los nubarrones continuaban herrumbrosos, sin espacio para el sol de las plantas. De día. De noche. Desde cada choza vigilaban el firmamento. Los perros tiritaban, fijos sus ojos en las gotas al caer en los baches. Despabilaban a la luz de un relámpago y volvían al parpadeo tardío. Agua y más agua desde arriba anegaba los pegujales. Un poco de sol para las hojas, para los grumos, para las pupilas indígenas hacia arriba, desoladas. De la desesperación nació otra fe, y así los indios, inclinados para resistir el chubasco, acudieron al Cura de la aldea. El les había predicado los nuevos dioses, Uno, y sus santos, amos de cielo y tierra. Pero a veces creían más en el perro que en San Roque, en el caballo que en Santiago Apóstol; quizás adoraran al centauro. —Llama y cruz, nube y piedra. Pero iban a misa, y en el oficio el latín sonaba a palabras de magia, aptas para la comunicación con las deidades. Quemaban incienso salvaje igual que a sus ídolos. Sin embargo el sol no venía y protestaron ante el Cura: —No reza bien tu rezador. —Cambia de rezador, o lo mataremos. —Como al brujo mataremos a tu rezador. Desconfiaban del sacristán porque les compraba a menosprecio las cosechas; porque los amenazaba con las fauces de los siete infiernos; porque reía de sus costumbres. El cura recibía las ofrendas y rezaba para que cayera sol a las plantas. Y el sol no caía, y los indios volvieron a la casa parroquial. —No sirve tu rezador, tata. —Cambia de rezador, que no sirve. —Humo y escurana tiene en el corazón. Lo asustó la calma de las frases. Desde el púlpito soltó su voz: —Paciencia, Dios los está probando. Se mostraba duro ese Dios con los humildes. Y era el Dios de los humildes, y lo amaban porque sufría azotado por unos soldados extraños, atado a una columna, punzado en el corazón, crucificado contra unos maderos. —Siendo Dios, ¿por qué se dejó matar? —No sería bastante bravo. —Era la bondad infinita... Lo amaban a su modo, con El se identificaban al repartir panes y peces, al llorar todo su cuerpo sangre en los olivos. Pero ya en su trono se volvía inaccesible. No les gustaba contemplarlo en la gloria de la resurrección, en la comodidad de un cielo entre coros de arcángeles. Era como si se apartara de ellos, como si se elevara a un punto tan distante, que el viento no podría llevarle la voz de las campanas, ni los invisibles protectores alcanzarían a susurrarle las palabras mágicas del latín, ni la noche el vaho de sus candelas votivas. Pero querían al Cristo y seguían rogándole. Y el agua no dejaba de llover. Veinte días. Veinte noches. —Padre, las rogativas. —Tenemos rabia con Dios. —No nos gusta ya el Dios. El Cura los echó de la Iglesia. —¡Indios bárbaros! El sacristán reiteró: —¿No se lo dije, Padre? Son brutos. No entienden ni les importa la religión. Hoy no tocaré las campanas, para castigarlos. Y no tocó las campanas, y el agua siguió cayendo. De día. De noche. Sobre los ranchos, sobre las yucas, sobre el café, sobre el maíz, sobre las papas, sobre los nidos. Y volvieron a la iglesia, y dijeron bajo la lluvia: —Que toque las campanas. —Ya no nos gusta el Dios. —El rezador no nos gusta. Roncos sonaban los goterones al caer a los sombreros de caña, a los gruesos ponchos. El sacerdote se restregaba las manos para calentárselas, para sacudir el temor, para implorar paciencia. —Aguanten, buenos hombres. Dios los está probando. —Ojalá le sepamos a ají picante para que no nos pruebe más. El Cura volvió a echarlos del templo. De regreso a sus ranchos pensaron que el Dios estaba enojado porque veía enojado al Cura, y odiaron con mayor odio y mayor silencio. Silencio que se oyó cuando todos hablaron por uno, como si no tuvieran bocas: —Queremos las rogativas. —Queremos sol. Aunque los sabía irreductibles, tenía fe en la obra, en la perseverancia. ¿No habían construido, acaso, la iglesia? La iglesia creció. Nunca pudo crecer la aldea, es verdad, porque se resistían a las grandes concentraciones: querían estar con sus animales, sobre su palada de tierra, en el rancho, entre los árboles. Irreductibles y extraños. Recordaba las originales confesiones en vísperas de primer viernes o en trances definitivos: —”Me acuso de que robé”. —”No vuelvas a robar”. —”Volveré a robar si necesito”. —”Lo prohibe la Santa Madre Iglesia”. —”¡...!”. —”Lo prohibe Dios”. —”Dígale al Dios que mate con un rayo al Jacín Cuá, porque es dañero”. —”Es pecado pedir tal cosa”. —”Es malo el Jacín Cuá”. —”No debemos desear la muerte del prójimo”. —”El Jacín Cuá no es prójimo. Es dañero”. —”Tenemos que perdonar a nuestros enemigos”. —”Dígale al Dios que liquide al Jacín Cuá, o yo lo liquidaré”. Al sacerdote, sin embargo, lo conmovían ciertos detalles de la superstición indígena, ese valor de querer destruir a los dioses cuando no escuchaban, más que la súplica del hombre, la orden de servirlo. Aquellas imprecaciones de una rebeldía desolada: —”Eres mal nacido porque te rogamos por las plantas, y las arrasaste; porque te pedimos ayuda, y nos arruinaste; porque te tragaste las oraciones y no cumpliste el deber retornándolas en obra...”. Y la del más desgarrado corazón del indio ante la indiferencia de los dioses: —”Nosotros los hombres somos vuestro espectáculo y vuestro teatro de quienes os reís y regocijáis. Nuestros caminos y obras no están en nuestras manos sino en las manos del que nos mueve. Le habéis hecho vuestra silla en la que os asentáis, y los habéis hecho como flauta vuestra”. Por eso se preocupó cuando dijo el sacristán: —Tengo miedo. Saquemos a San Isidro en rogativas. El Padre escudriñó el cielo plomizo. —No es tiempo. Creo que no escucharía San Isidro. El sacristán miraba con temor marrullero. ¿Desconfiaría el sacerdote de la mediación del buen Isidro? Simplemente sabía que los caminos del cielo son inescrutables, y tratar de adivinarlos sería pretensión hermana de la soberbia. Si se equivocaba en los designios celestiales, ¿no sería grande el daño contra la fe de esas gentes? De ahí que el sacristán lo viera atisbar con ceño fruncido los horizontes, y exclamar: —Todavía no asomará el sol. No es tiempo de las Rogativas. Que aguarden estos indios, tócales bien las campanas. El sacristán tocó solemnemente las campanas, y los indios se animaron al oír esa voz formidable que debía ser oída por los dioses de la tierra y de los hombres. Sol para sus matas. Para las miradas tendidas contra las nubes. —¡Oigan las campanas hasta que revienten! —Renegaba el campanero-sacristán a cada jalón de los rejos—. ¿Quieren más, indios brutos? ¡Por tantos diezmos que traen! ¡Por tantas gallinas! Pero el agua seguía. Agua polvosa corrió al principio por los caños. Agua con hojas secas. Agua con barro y hojas verdes. Agua con barro y pequeñas frutas. Pantano y agua sucia después. Días. Noches. Cuando salía un rayo de sol, aparecían pequeños pájaros que se lo llevaban en el pico a los rastrojos. Y por los caños el agua arrastraba pichones sin plumas. Con las raíces descubiertas, las matas se doblegaban sobre el barro pegajoso. Las flores de los cafetos desaparecieron, y desaparecieron los frutos recién nacidos. Los indios volvieron a la aldea, en silencio rabioso, y hablaron al sacristán: —No sirvieron tus campanazos. —Dijimos que rezaras fuerte para que oyera Cristico. —Te dio pereza y te dio sueño. —Vinimos a matarte. Los ojos del sacristán tomaron el brillo opaco de los machetes que desenvainaban. El llamado a dioses se volvió llamado a muerte, despertó en los indios una sombría urgencia de exterminar. Era una réplica humana a lo infinito, un desesperado acto de rebeldía. A medida que los indios se le acercaban, más se aferraban sus manos a los rejos. Y estos movían los badajos en una honda canción de agonizantes. Los ojos se abrieron del todo, y en ellos desbordó el terror. Pero con el primer golpe quisieron reventar, hasta que se quedaron fijos cuando otros machetazos picaron su cuerpo. La sangre se diluyó en los charcos, y a poco fue un barrizal sanguinolento con el agua que bajaba por los muros de la iglesia. —¡Beban sangre, dioses crueles! —Dijeron todos por uno al cielo cerrado. —¡Beban sangre! El Cura vio desde el balcón de la casa parroquial y quiso huir, pero le salió al paso la masa informe de los indios, ensangrentados los machetes en los puños inmóviles. Su frío era otro ingrediente del terror, pero ellos miraban sin remordimiento, empapados los harapos y los sombreros de paja. —Lo matamos porque no le oía el Dios. —Porque era mal rezador. —Te dijimos que cambiaras de rezador. —Que sacaras al Santo para las Rogativas. —Claro, hijos... Cuando quieran sacamos al buen Santo. El les traerá sol, les resucitará las matas, les... —Queremos al Santo para cargarlo ya. —Vamos a cargar ya mismo al Santo. El Padre fue seguido por los indios, se arrodillaron, prendieron sus últimas candelas al pie del crucifijo. Y empezaron a rezar como si no tuvieran boca: —Mándanos sol, Tatica Dios. El maíz se muere, se muere el plátano, y el fríjol, y el trigo, y los repollos, y el cafeto, y moriremos también nosotros. Y si morimos, morirás tú, porque te alimentas con nuestros diezmos, con nuestras candelas, con nuestros rezos. Mándanos sol o te mataremos de hambre porque no rezaremos, porque no daremos diezmos, porque no prenderemos candelas. Oye las campanas y abre el cielo para que alumbre el sol en las hojas, en los ranchos, en el pantano. Se nos muere el maíz, se nos muere el café, Tata Dios... El Cura tañía las campanas como nunca nadie tañó un par de campanas. Para despertar a Dios. Para despertar a San Isidro. Para invocar a los coros celestiales. —Vamos a salir con el Santo en Rogativas. —Nos acompañarás en las Rogativas con el Santo. Cuando lo dijeron, ya traían en andas la imagen de San Isidro Labrador, parecido a ellos en su angustia vieja. El sacerdote los vio acercarse silenciosos, crueles, amargos. No alcanzaría a diferenciar un rostro; eran una inmensa cosa gris. Antes podía distinguir la cara y la voz de Pedro: —Aquí está tu gallinita. Gracias por los rezos. Antes podía distinguir la cara y la voz de la Juana: —Lo queremos, pues. Nos ayuda con Diosito. Antes podía distinguir la voz y el rostro del Anselmo: —Pinta buena la cosecha. Tendrá su misa el Santo y una turega de chócolos. Antes podía distinguir la sonrisa de la Cata, el sueño del niño aferrado al pecho: —Bonito el mamantón. Lo cristianamos con la luna llena. Ahora únicamente veía algo sin forma, reptante, que hacía con el Santo un solo objeto animalizado frente a él, bajo el aguacero de la tarde. —Rece de modo que oiga Tata Dios —exigieron los indios por boca de todos, sin abrirla nadie. El Cura salió con el aguacero encima y empezó a rezar: —”Señor, que nos des y nos conserves los frutos de la tierra. Te rogamos que nos oigas”. —No va a oír El. —Alto, de modo que El oiga. Y el Cura levantó la voz, golpeado por el chubasco el rostro al cielo cerrado: —Danos, Señor, Tus bondades y Tus bendiciones. —No tiene magia el rezo —reclamaron los indios, sin boca para la exigencia. Entonces el Cura empezó a orar en latín, idioma de palabras mágicas para la indiada. Se alegraron por dentro al oír el habla que hablaba y entendía el Dios, con el habla de las campanas, altas en la torre para que las captara más fácilmente. —”Glorifica mi alma el Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha puesto Sus ojos en la bajeza de Su esclava...”. Difícil recordar todas las palabras mágicas en tales circunstancias. A veces no era latín sino un idioma que inventó su miedo. Pero Dios lo oiría y le perdonaría. El miedo de los justos es amable al corazón de lo alto. Pero fue sintiendo vergüenza, y una dignidad olvida enjuagó su expresión, hizo rítmico el paso, armónicos los gestos, segura la voz que salía no de la presión indígena sino de su corazón refrescado. Y el habla era él mismo en tranquila elación: —No está solo el hombre, Señor. Oye el silencio de los que no quieren odiarte. Escucha a Tus criaturas, barro del barro que formaste, imagen de Tu perdón. Danos un poco de sol, brilla Tú en él para que brille la esperanza de estos hombres oscuros, la esperanza de todos nosotros, los hombres... Los indios veían caer el aguacero sobre el Santo, resbalar el agua por su rostro descolorido. Uno se quedó mirándolo, hasta que subió por sobre los hombros de los cargadores y sin detener nadie el paso se quitó el sombrero de caña, grande para la cabeza de la escultura, pequeño para su deseo de abrigo. Otro subió también, tomó el sombrero y vistió a la imagen con un poncho. Volvió a colocar el sombrero en la cabeza de madera antes de bajarse, amorfo en la romería silenciosa. Las últimas casas de la aldea se perdían entre el espeso aguacero. De ahí en adelante se multifurcaba en andaderos a las chozas. —Iremos por los sembrados con el Santo. En los barrizales se hundían los pies del Cura y de los romeros. También los silencios sabían a oración. Queremos seguir solos, Tata. —Llevaremos al Santo por los rincones para que vea el invierno. —Lo llevaremos nosotros solos, Tata Cura. —Para que vea el daño que nos hace. La oración del sacerdote siguió anegando la fe desvalida de los indios, que ya se alejaban con las andas por un camino desigual, hacia las ruinas de sus siembras. —Dales, Señor, la fe. Dales, Señor, el sol para ellos, para sus matas, para Tu gloria. Bajo el torrente iban desapareciendo, hacia la bruma de su angustia, el Santo y los indios. Bajo la lluvia, las mejillas del Cura tenían agua tibia y honda. Largo rato permaneció mirándolos, mirándose a sí mismo, con vergüenza, con esperanza. Y fue lento su paso de regreso a las campanas heladas. Agua y más agua. Cuarenta días. Cuarenta noches. Estaban más bravos los indios y fueron a la imagen que seguía entre las siembras, y le quitaron el sombreo de ala escurrida. —Para que te mojes la cabeza porque no oíste el ruego del hombre. Al amanecer del día siguiente fue otro y lo despojó del poncho. —Para que sepas lo que son las malas lluvias, Santo fregao. Y el Santo se mojaba con las tupidas gotas del aguacero. De día. De noche. Agua y más agua. Quedaba poco de las sementeras. Se comieron las semillas, aullaban los perros bajo los aleros, se encogían de frío y agua los animales domésticos. Se acabaron las palabras para los rezos, volvieron los indios al sitio donde enclavaron las andas de la imagen, y con rejos y ramas la vapulearon. —Santo fregao, no estás oyendo al hombre. Con la lluvia, San Isidro resistía el aguacero de azotes. Entonces volvieron con hachas y machetes, y dijeron: —Te rajaremos en astillas. —No nos quieres. —No te queremos, Santo malo. —Santo fregao, no te queremos. —Te rajaremos en astillas. Y a machetazos acabaron con la imagen. Acabaron con ella los hachazos. Hundieron sus restos en un pantanero del camino entre las siembras. Un día más. Una noche más. A la mañana siguiente, en los ojos oblicuos empezó a despuntar el sol. Y hubo nubes que se fueron con mejor viento, y se despejó el cielo para nueva fe, y se derramó alegre el día en los ojos y en los charcos. Y salieron los animales, y cantaron los pájaros, y la indiada fue al barrizal donde sepultó las astillas del santo. —Hay que ser duros con los dioses. —Para que aprendan a servir y a respetar al hombre. Así comentaron, y empezaron a sacarlo y a lavar los restos, con arrepentimiento sonreído. Los dioses estaban a su servicio, por eso les llamaban, por eso vivían vida sin tiempo. E invertían los indios los papeles: dominaban a las divinidades, poniéndolas a régimen de sacrificios o matándolas de hambre, pues se alimentaban de oraciones y dejaban de ser si no se les recordaba en el rito cotidiano. Entonces llevaron al pueblo los despojos del Santo, y el Cura de nuevo pudo reconocer los rostros de Pedro, de Juana, del Anselmo, de la Cata y de su hijo mamantón. Tuvo deseos de llorar cuando entraron en la iglesia para decirle: —Aquí está el Santico. —Haremos otro. —De buena madera lo haremos. —Este ya no nos oía, no hacía buenos milagros. —No oyó las campanas, no oyó a los rezadores. El Cura escuchaba, abstraídos los ojos en un rayo de sol que untaba el altar. Dijo con dolor sereno: —Destruyeron al Santo... —Sí, quedó malito —contestaron los indios—. A todos nos jodió el invierno. Medellín, junio de 1958. Cielo Cerrado obtuvo el primer premio en el concurso nacional del cuento auspiciado por “El Colombiano” de Medellín, en 1962. — N. del E. UN PEDAZO DE TIERRACon paso largo Francisco Pat atraviesa el campo bajo la lluvia. Las gotas caen al sombrero de petate y de ahí a la oscura chamarra. Bajo el ala su gesto es de alegría contenida por una adustez de mil años. Levanta el rostro para que la lluvia golpee directamente. Mira su rancho que tranquiliza la soledad, y contempla a su padre en un extremo, con inmovilidad de piedra, y a su mujer tejiendo con el gesto de quien arrulla. Entonces comba las manos para dar cabida a la sensación del hijo que ahora debe dormir en el tapesco su sueño de nebulosas en leche. Quisiera tragarse el vaho del paisaje esfumado por la niebla. Unas matas de maíz, unos árboles entumidos que se licúan con tranquila desesperación. Tal vez en nada piense. Pero algo en él se va exteriorizando como el humo cuando hay fuego, como el canto cuando hay alegría. Pat no define con frases o pensamientos su estado de alma. Vive a la manera de esos árboles cuya actitud inconscientemente remeda. Sigue a paso lento gozándose en el chasquido del pie contra la tierra mojada. Llega, saluda monosilábicamente a su esposa y a su padre que un poco separados acallan sus sentimientos, y se sienta sin quitarse el poncho como si cumpliera un rito secular ante el paisaje. Con el ruido de los pasos, el niño, que dormía sobre un burdo petate, empieza a llorar. —Tiene hambre el chirís... —dice Francisco como si dijera: —”Está amaneciendo”. Y mientras la mujer toma al niño para darle su pecho, mira él la lluvia que cae sobre los esteros, sobre el rancho pajizo, sobre las matas de maíz, sobre los güisquilares y las hojas de los árboles. La mujer levanta el güipil, saca un pecho y arrima al hijo que empieza a manotear como si modelara un cántaro de greda oscura. —Puro cierto: hambre tenía. Una blanda mansedumbre rocía el ambiente. El humo del cigarrillo de tusa se tiende calmo al aire de la tarde. Afuera los árboles se encogen ante las gotas que resbalan por sus ramazones. La cordillera, sin sol a la distancia, tiene olor de madre joven recién bañada en el río. Esfumados por la neblina, los picachos distantes más parecen un recuerdo amable de recordar. —¿Ydiay? —Pregunta su padre sin desviar los ojos de la lluvia, como si quien hablara no fuera él sino alguien que dentro de él estuviera, menos ausente y menos vegetal. Rostro parecido a un nudo, pies deformes, todo su padre se le antoja un ídolo brotado del monte, un tronco o una raíz en forma humana. —La tierrita es de nosotros —responde Francisco Pat con lentitud satisfecha. —”Tendrás un pedazo de tierra, serás el dueño...” —les habían dicho, y no supieron dónde ubicar esa alegría exenta de vocablos. Tierra para ellos es algo claro e incomprensible a un tiempo. Es trabajo sin condiciones, y mujer, y un rancho de horcones en suelo, y unas matas, y un sol encima de los montes. A ratos se quedaban mirándolos sin extasiarse en su belleza antigua, pues ellos mismos forman parte del paisaje, son otros árboles, la milpa querenciosa, los troncos mutilados en la tala. Sus antepasados fueron tierra y a la buena tierra volvieron. Ante su esposa, su padre y su hijo, siente un contento sosegado. Difiere de otros colonos que se emborrachan hasta embrutecerse remedando al ladino y envileciéndose al copiarle lo peor de sus costumbres. Tampoco se resigna a la manera de los viejos que todo lo dejaron a sus dioses cuando subían para hablarles de cerca en la montaña. Aquella sabiduría tradicional de su gente se le hace absurda y desgarrada. Pat ha carecido de ese desgonzamiento ancestral pero se veía impotente para hacer algo, pues ignoraba el alcance de sus deseos. También sus dioses estarían marginados por otros dioses ladinos. La resignación mata la esperanza y destruye elementales deseos de vivir. Y la vida merece vivirse, da milpas fértiles, da esposa, da un hijo que se aferra al pecho generoso. Los ojos de la madre, fijos en los baches que deja la lluvia, parecen los de una estatua antigua. Francisco continúa pendiente del hijo ahora en tibia quietud. También parece algo natural el espectáculo de su mujer y del niño hechos una persona con dos corazones en reposo. —Es bueno verlo chupar y hartarse que da gusto —habla. Su esposa espabila por única respuesta. Gotas de leche resbalan por las comisuras del niño. Vuelven los ojos a la lluvia, y las bombas que forma ésta en los charcos se les antojan diminutos senos que estallan amorosamente. Piensan entonces que el hijo crecerá dueño de su vida, bajo techo propio, labrando su parcela. —”La tierra es tuya, compadre” —dijeron voces que sonaron amigas. Pero callaron hacia adentro según vieja costumbre. Sabían remotamente que las cordilleras y las riberas de los ríos y las faldas montañosas pertenecieron a sus antepasados, pero se les hizo natural trabajar para otros, nacer, envejecer y morir curvados ante la greda y ante sus dueños. —”La tierra es tuya...” —les dijeron, pero aún no podían creer aunque aquella tarde notaron sabroso el pan, despejado el rancho, menos cenizos los horizontes. Quizá vieron posible un renacimiento, un regreso a la dignidad, un goce de caminar por los trillados senderos que conducen a las sementeras de café y plátano. —”La tierra es tuya” —se repite a media voz Francisco Pat, y la frase nace de adentro, algo tan suyo como un brazo o la espalda. O como el hijo que vuelve a succionar, menos impetuosamente, el pezón donde el amor se transforma en leche. Pero su padre —bueno, su padre está viejo—, exclamó en aquella ocasión defendiendo lo que creía derecho de otros aún contra su urgencia de existir en calidad de ser humano: —”Esta tierra es de ellos. No quiero tierra robada”. Fue una manera de permanecer escéptico, de seguir viendo con naturalidad la miseria: sufrirla era un deber impuesto por los nuevos amos. Y aunque era de cabeza dura, aceptaba la vida tal cual se le venía encima, sin preguntar si había una existencia distinta a la arrastrada por él. Mas, cuando, ante la insistencia de los delegados hubo de presentarse para recibir lo que, decían, era suyo, se fue convenciendo por las bromas de sus vecinos mientras caminaba azorado: —”Sos rico, viejo Pat”. —”¿Volverás a saludar, compadre?”. Miraba a lado y lado hasta que llegó al sitio donde se encontraban reunidos los agraciados con la repartición. Advirtió que algunos estaban borrachos y que otros hacían proyectos con el vigor del hacha contra los troncos. El alboroto general le fue sacudiendo viejos servilismos. Caía en la cuenta de que algo amanecía allá dentro y le despertaba voces de independencia condicionada por el trabajo sobre los pajonales. Sin embargo volvió a decir, con menos énfasis en el recalcar de las sílabas: —”Yo no quiero tierra robada”. Toda la vida habían conocido al viejo por su testarudez. Mirándolo cerca, Francisco Pat deja campo a una sonrisa respetuosa nacida de algo que averiguó años atrás y referente, en parte, a él mismo: un día, su padre fue al amo para decirle: —”Me cansé de la indie, patrón”. —”No puedes abandonarla. Cuando la pediste la querías”. —”La quería, pues, patrón. Ahora es la Aguste...”. El amo veía en la cabeza de obsidiana del viejo Pat al más constante de sus colonos. Sería inútil tratar de persuadirlo de otra cosa distinta de la que el indio cazurro se había propuesto, firme entre su aparente humildad. Así, aprobó malhumorado: —”Te daré otro rancho para que lleves a la Augusta”. —”Hay más, patrón. El hijo...”. —”Déjaselo a tu mujer. No puedes quitárselo, ella lo quiere”. —”Yo también, pues”. —”Ella lo necesita. Déjaselo, es de ella”. Y terco, imperturbable: —”La semille es míe, patrón. La semille es míe”. En vano explicó el otro que el hijo era por igual de ella y de él. Sola nada hace la semilla: sin el vientre de la hembra no habría hijo; el grano necesita de la tierra para que la milpa eche mazorca, y... No valieron razones. —”La semille es míe, patrón...” —continuaba inexorablemente el indio marrullero. Y ese hijo en disputa era el que ahora, junto a su mujer y su pequeño, encuentra nuevo sentido al diálogo del padre con el patrón. —”La semilla es mía”. O: “La tierra es tuya, indio, para trabajarla y quererla como a la mujer sobre el rudo tapexco de cañas cruzadas. Tuya para que la mantengas en la buena y en la mala”. A Francisco le parece estar viendo al viejo junto a quienes le entregaban el pedazo de tierra que antes labrara para otros. Adquirieron viveza sus ojos, aceptó un poco de aguardiente a boca de botella y se atrevió a mirar a los vecinos que seguían cordialmente burlones ante su actitud desconfiada. Todavía alcanzó a decir antes de acercarse a la comisión encargada de adjudicar parcelas: —”Yo no quiero tierra robada, no quie...”. Pero saberse propietario ya no tanto de la tierra cuanto de su propio destino le dio una sensación de plenitud. Y deslumbrado de pronto alzó los brazos al firmamento, inclinó su cuerpo hacia el suelo, agarró un puñado de tierra para refregársela en la cara, y al levantarse, todos notaron la transformación en el viejo Pat. Como si le hubieran quitado siglos de sometimiento. Ahora Francisco se encierra en un mutismo de voz interior. Su mujer sigue con la mirada inmóvil y con su bondad en la curva de los labios apretados. Al calor de la choza vive su afecto sin palabras. Imperceptibles chispas de lluvia se desmadejan en el aire. Le suena alegre hasta el canto del espumuy que en los matorrales apacienta el silencio. Es tan serena la tarde, tan sin brisa, que puede escucharse el sueño del niño, ahora dormido con el pezón en su boca entreabierta. Impasiblemente desgonzado parece prolongación natural del seno, algo inseparable de la mujer, inseparable de la tarde que comienza a diluirse en noche. Guatemala, enero de 1954. |
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