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Medellín - Antioquia,
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El siguiente premio fue para Aire de tango, en 1973. El primer manuscrito se perdió con el robo de un maletín. Recompensas, llamados de auxilio en estaciones radiales sin resultados. Le tocó volver a escribir la novela, con rabia y con éxito. Ganó el Premio “Vivencias”. Resucita para nosotros el Barrio Guayaquil de antes. Las novelas de Manuel Mejía Vallejo son siempre de varios planos, construcciones con pasadizos, apenas visible está el hilo que nos lleva por su obra. En la Plaza de Cisneros de Medellín, se reúnen los campesinos que vienen de Jardín, de Jericó, del Suroeste. Personajes que habitan otras novelas y aluden a sus historias y luego encontramos, como si fueran antiguos conocidos, en Tarde de verano, Y el mundo sigue andando, La Casa de las dos Palmas, Los invocados, en los cuentos Las noches de la vigilia y Otras historias de Balandú. Jairo, personaje central, silueta bailarina, armada de sus cuchillos, Gardel, dios y brujo con altar y vigilancia de los destinos de su súbdito Jairo, Ernesto que se confiesa al final y lleva el relato entre calles y celdas de la memoria. Guayaquil peligroso con sus bares, sus prostitutas, sus malevos, el tango, barrio donde es necesario “vivir a la enemiga”. Sin embargo se forman grupos de amigos, existe la solidaridad, la ternura para esas mujeres venidas de sus pueblos, enfermas y solitarias. El desarraigo, las canciones y memorias de los pueblos, la nostalgia. Y el argot del barrio, con esa destreza y naturalidad propia de un escritor maduro. Allí también, el destino y su fatalidad. Aire de tango es un homenaje a su generación, a los artistas que lo acompañaron. Es la historia de un tiempo que fue. Es parte de su historia: ”Don Bernardo y el Profesor en ‘Aire de tango’ soy yo” afirmó Manuel Mejía Vallejo.
Estación de Cisneros (Viztaz)
Llegamos a la obra maestra de Manuel Mejía Vallejo La casa de las dos palmas. Todos los caminos llevan a ella, todos se refugian en ella y finalmente encontrarán la paz. Durante quince años, Manuel Mejía Vallejo trabajó ese libro. De noche se iba para el páramo, sin moverse de Ziruma, volvía a Balandú, conversaba con los Herreros, Medardo, Zoraida, el maestro Bastidas. Los habitantes de Las noches de la vigilia, se reunían con él: Roberto el Juglar, los animales fantásticos, la vida detrás de los espejos se conjugarían para crear un mundo fantástico y sin embargo verosímil que nunca olvidaríamos. Son dos los planos en el páramo: uno de vida cotidiana, de veladas, relatos, alimentos compartidos, Navidades, reuniones con vecinos. Recuerdan las fiestas de los castillos medievales. El segundo sería la atmósfera. Incita a lo sobrenatural, lo onírico, lo mágico. Zoraida, Asdrúbal, Escolástica y Roberto participan de los misterios. Zoraida, la ciega, saldría de los sueños, de una figura tal vez vista en otra época. Manuel Mejía Vallejo se documentó acerca de la ceguera, se vendó los ojos, caminó en la oscuridad de su finca, se tambaleó y lloró. Personajes que se volvían compañeros de viaje, de viajes de la escritura, entre realidad y sueño. Manuel Mejía sentía tanto sus desgracias que más de una vez lo encontraron apesadumbrado por la suerte de los que vivían en su obra. Y por eso el lector entra a la lectura como a una casa, a un mundo en el cual todo es posible y real. Ganó el premio “Rómulo Gallegos” el 25 de julio de 1989. El veredicto fue firmado por Abel Posse, Osvaldo Larrazábal, Caupolicán Ovalles, Mario Torrealba: “Es un libro raigal, con personajes de gran hondura existencial, revelado por un lenguaje poético y analítico que demuestra la presencia de un escritor de madurez creativa”.
En 1991, saldría una novela Los abuelos de cara blanca. Tres manuscritos en el Archivo Personal atestiguan su fecha de creación y de correcciones: 1966, 1966, 1990. Un relato Los humaníacos, despertar del primer indígena, su descubrimiento de la palabra y del mundo, data de 1970, y en la misma fecha un manuscrito de cuentos fue enviado al Concurso de la Casa de las Américas. Se titulaba “ Los abuelos de cara blanca” y contenía, entre otros, un texto “ Que despierten sus sueños” punto de partida de una novela que primero tendría ese título, luego tomaría el de Los abuelos de cara blanca. Hace parte de ese camino recorrido en Centroamérica. En otra “Advertencia inútil”, tan útil al lector como una guía de viaje, Manuel Mejía Vallejo precisa: ” La amistad con otras culturas me fue resaltando la importancia de lo indígena, su originalidad y trascendencia, aunque alguna vez en Guatemala Miguel Angel Asturias me reiterara lo difícil que resultaba para un escritor más o menos mestizo captar ese mundo y sus rasgos esenciales, con tan diferentes enfoques y tan opuestas maneras de concebir el más acá y el más allá de su vida cotidiana y de su otra vida, donde aguardan los muertos, los antepasados, los abuelos de cara blanca”. Es un concierto de voces antiguas que se unen y forman el mundo con sus diversas tonalidades. Es oración, es poesía pura que se sostiene durante doscientas sesenta y tres páginas. Es la Biblia del continente americano, de los ancestros con sus leyes, sus pensamientos filosóficos, sus fábulas, el conocimiento de la muerte: “No dos veces se vive, y saberlo es ignorarlo”, el bautizo al nombrar, los relatos extensos de las leyendas Cherokee, mejicana, Katío - acerca de la lumbre -: “...se la ponía de noche en los ojos para ver más lejos “(el lagarto Baicamia), las bebidas rituales, la siembra del algodón. Luego llega Juan Paramuno, transición al hombre americano, se diversifican los dioses: del bien, del mal, la idea de paraíso en el Pielroja, del Guajiro, del Kogui, la leyenda del Zipa y la doncella china. Se intercalan poemas Nahualt, de los indios Paeces, las danzas, canciones de cuna de una mujer guaraní, ritos de embriaguez sagrada, una pequeña oración: ”¡Oh tierra, a tu hijo, el inca, tenlo encima de ti quieto y pacífico!”[1]. En toda Biblia no puede faltar normas ni organización del pueblo. Aquí los oficios a través de las culturas, el alfabeto del quipu, la enseñanza de la agricultura, los utensilios, el conocimiento de los árboles y de las plantas para la medicina, la pesca, la música también oficio, los instrumentos: “Sin la música se dislocaría el mundo “. Añade: “Como el mundo era ritmo, todos los ritmos posibles se basaban en la música”. Pero llega el tiempo de la conquista.”Castrar al sol” a eso vinieron los Dzules. Es la fatalidad, nadie escapará. El engaño, la esperanza de que esos dioses serán buenos. La evangelización y sus extravíos. La exterminación y el suicidio. Pero El Kogui tiene la última palabra: “Sólo podremos vivir si el recuerdo de quienes nos sigan es un recuerdo leal”. Así fue el de Manuel Mejía Vallejo. Dio una segunda vida a esos pueblos que se resisten a morir, viven a escondidas con sus dioses, sus verdades. El camino de Guatemala no llevó directamente a Los abuelos de cara blanca, se detuvo en un páramo primero. Las criaturas y la flora fantástica de “Las noches de la vigilia”[2] pertenecen a ese mismo mundo. Los indígenas viven rodeados de regiones desconocidas, habitadas por muertos, animales que se transforman en hombres o vice versa, por la noche y los temibles fenómenos naturales. Imaginarlos, hablar de ellos es conjurarlos, hacerlos entrar a su círculo familiar, luego a la memoria ancestral. También interrogarse sobre la creación, las facultades del hombre. No es extraño entonces el relato de los Andoques[3] “ La búsqueda del sueño”. A la abuelita, doña Sueño, madre del sueño y de la noche, Garza-de-centro manda al murciélago Noé y a su hermano Soe a buscar el sueño: ”¡ Abuelita, abuelita, abuelita, abuelita! Y nada que se levantaba. Le golpearon la rodilla con la coca. Ahí sí contestó: - ¿Qué fue mis hijos ¿ Qué quieren?” Ellos le preguntan si hay sueño, y ella contesta: “Sí, mis hijos, hay sueño. Pero¿ en qué se lo van a llevar?- Traemos una hoja de una mata, larguita y tiesa”. “ Ella cogió el sueño del párpado derecho, y luego del párpado izquierdo. Lo echó en la hoja y la dobló. Se la pasó a ellos y les dijo: -¿ Cuál será ese hombre que no duerme? Rompa la pared de su maloca por la parte de atrás y por la otra parte sóplenle en la nuca para que le llegue el sueño. Al rato comenzará a bostezar: entonces sí suelta la hoja”. Luego los murciélagos curiosos abren el paquete, caen dormidos y: “El sueño se volvió a donde doña Sueño, a donde su mamá”. Uno se puede enterar, también, así por casualidad, de alguien que capturó el viento y lo tuvo en una jaula o de otro que amarró el sol en el cielo con una llama para que no termine el día. ¿Y no les han contado de un padre que tenía la noche en su casa para que no se perdieran las cosas o de un caballo que se volvía chiquito cuando lo miraba un niño? Y terminar frente al fuego: “Como lo sé te lo conté; lo que contaba mi abuelito te lo conté. Esto que hablé, mi abuelito me lo contó”. Así se mezclan en la obra de Manuel Mejía Vallejo caminos del sueño, la epopeya indígena, la historia de Colombia y del continente. En La casa de las dos palmas, Enrique Herreros revive la Guerra de los Mil Días, el General Rafael Uribe Uribe y sus valientes, escucha el paso y el relincho de los caballos muertos; en “El día señalado”, la perpetua guerra interna entre guerrilla y pueblos; en “Los abuelos de cara blanca”, la dolorosa desaparición del indígena y sus costumbres, su aniquilación y miseria. En el Perú, Manuel Mejía Vallejo subió al Machu Pichu. Contaba que había visto el reflejado el templo en los ojos de una vicuña.
Machu Pichu, Perú (1987) Manuel Mejía Vallejo guardaba todavía un libro sin publicar: Los invocados. El final de La casa de las dos palmas, la meditación de Efrén Herreros frente a las montañas, ese vuelo parecido al del águila sobre su vida, la última mirada: …él amaba la piedra y la montaña, los lagos y los precipicios; él arrendaba potrancos y muletos y en ellos recorría caminos suaves y caminos difíciles; él hacía cantar viejas canciones y les marcaba el ritmo de su corazón; él celebraba la luna menguante y alababa el poderío de la luna llena; él se entretenía en las tempestades con relámpagos y truenos, y daba gracias a la brisa que apenas alegraba las hojas; él bebía de su vino y saboreaba su café a la hora de recordar. Y era el amor suyo: aleteaba en las mariposas, silbaba en los pájaros, florecía en las plantas, crecía en los árboles. Era nube si miraba las nubes, y era flor y luna y estrella distante. Corría en el río, se hacía invisible en el viento, verdecía en los montes; era brioso en la potranca y manso en los terrenos mamantones; era cauteloso en la serpiente y eterno en la peña de su farallón. Él creía en el hombre y todas las criaturas. Él acariciaba la áspera corteza de los robles y pesaba en sus manos la dulce dimensión de las frutas. Él recreaba el mundo con su mirada nueva y propiciaba el vigor de la piedra y la montaña. Él sabía que iba a morir. [1] “Los abuelos de cara blanca ”Bogotá, Planeta Colombiana Editorial S.A. Colección Autores Colombianos, 1991,p.93, 113, 124 [2] “Las noches de la vigilia” Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1975, p.162. [3] “Tradiciones de la gente del hacha ”. Mitología de los indios andoques del Amazonas .Instituto Caro y Cuervo//Unesco, 1984,p.59. |
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