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Medellín - Antioquia,
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Con Noemí hasta el finJOTAMARIO ARBELÁEZ Cada que uno se enfrasca con un político se equivoca. Lo sabemos los nadaístas por experiencia, pues aunque desde un principio dijimos que íbamos a sacar al país de la politiquería, de alguna forma hemos resultado embarcados en campañas de candidatos, o porque resultaban de nuestros personales afectos o por compromisos ajenos a la voluntad. La primera vez fue en 1970, cuando Gonzalo Arango y Jaime Jaramillo Escobar, adhirieron -a través de la revista Nadaísmo- a la candidatura de Belisario Betancur, por su probada devoción por la cultura. Elmo Valencia y yo, más populistas que el pope, nos enrumbamos con el general Rojas Pinilla, y a pesar de que la Anapo no nos aceptó el slogan gratuito que le proponíamos, de que “la yerba es verdem, pero la esperanza es Rojas”, decidimos viajar de Cali a Bogotá a denunciar el fraude electoral que condujo a Pastrana a ser el sucesor de Carlos Lleras, y así escribimos el libro rojo de Rojas a imitación del de Mao, que nos resultó un fiasco editorial por la letra diminuta con que lo levantó el editor (tuvimos que ponerle como banda: “Un libro para leer con lupita”) y sólo nos sirvió para allanar el camino a la conformación del M-19. La segunda vez Elmo y yo nos fuimos con López, “el candidato providencial de la segunda oportunidad”, como lo llamó García Márquez, quien en ese tiempo era más izquierdista que nosotros y nadie lo regañó. En cambio a nosotros si se nos vino el mundo encima. Yo acababa de recibir del ex presidente un premio nacional de poesía y me sentí comprometido a apoyarlo. Escribimos tremendas pastorales contra Carlos Lleras y contra Galán. El poeta Eduardo Escobar nos dedicó un sedicioso editorial en El Tiempo con un curioso trabalenguas del que quedaba en claro que “no comía coco”, defendiendo a Álvaro Gómez de ser tal fruta. Ya siendo un importante creativo en una gran agencia publicitaria se me encomendó la campaña hacia la Alcaldía de Bogotá de un joven apolítico que un día debía ser presidente. Le confeccioné el impactante eslogan “Diciendo y haciendo” que lo hizo alcalde y lo proyectó hacia el primer cargo de la Nación que hoy ostenta. No sé de nadie que no se haya arrepentido de haber votado por alguien que llegó al solio, salvo los recalcitrantes seguidores de Gaviria, que ahora le reclaman el dejarlos solos después de haber llenado su aspiración. Me he convencido de que hay que trabajar la política desde el corazón, para evitarnos descalabros. Hay que enamorarnos de quien queramos que nos gobierne, para no sentirnos tiranizados. Podemos hasta perder el corazón en la jugada, pero no la apuesta ni la vida. Estoy con Noemí, como le escribí a mi mujer desde Mompox, acompañándola en su empeño que percibo sincero de cambiar el corrompido maridaje político. Me ha capturado con su belleza y con su coraje. Me ha presentado en el estrado con un poema que no promete nada, en vez de hacerse preceder de un político avezado en el turbio tejemaneje. Nunca había tenido, como ahora, la posibilidad de ofrecer mi voto por amor. Con Noemí, hasta el fin. * En el vuelo de retorno de Mompox leemos en la prensa que Pablus Gallinasus estuvo acompañando a Horacio Serpa en su proclamación en Santander. Nueva ocasión para que nos vapulee Eduardo Escobar, a quien tanto le gustan los alvaros y quede protocolizado para siempre que los nadaístas -en política- somos tres y estamos divididos en cuatro. Tomado de El País de Cali. |
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