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Jaime Espinel


  

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Medellín - Antioquia, Viernes, 8 de Mayo de 2009  
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Medellín - Antioquia,
 
 

LACA NADA POR JAIME ESPINEL

Hace muchos años que mi generación tuvo que tomarse la palabra como cualquier muchacho sin cédula; hoy por hoy nos la piden y entonces toca hacer buen uso de ella tosiendo, porque no hay nada comparable con la intoxicación que produce una tacita de plata tapada hasta el cogote. Pero hace veinte años que Medellín fue la virtuosa doncella abatida por una peste de camisas camusianas: los nadaístas, esa generación de los años sesenta. Detrás de lo que fuimos entonces, los resortes reprimidos de un montañerismo escapulárico pugnaban por romper el forro de una aldea entregada a los padecimientos del dinero, y contra la infabilidad de estos “santos visibles” más próximos a Londres que a Roma, como lo ha demostrado su comportamiento, esgrimimos el ariete de nuestra rebeldía, fuimos cronistas vitales de aquel martes azul que laceró al país como este miércoles marrullero le casca.

Hoy, acaballados en la publicidad, los nadaístas usan corbata y siguen dando bomba cada veinte años en Cromos. ¡Pobrecitos! Aunque mi alternativa es EL MUNDO, comprendo que aún sin empezar a envejecer, los hombres de mi generación hemos elegido o encontrado esta manera de ganarnos la vida, tan vital y hermosa como la del Hemingway cuando fue cronista y publicista, les digo, ¿y qué? Por eso cuando después de violar a una muchacha borracha e indefensa, algunos imbéciles dicen que antes que nada yo soy un vendido, puedo decir que sí estoy vendido, hipotecado al trabajo para comer y comprarme así las horas silenciosas de la noche, cuando hasta los zafios duermen con sus zoilas o sus madres y los pensamientos de la ciudad se tienden como una cobija lela e interpretable a la espera del escritor que habrá de atraparlos.

Muchos de los amigos que compartieron con nosotros las mesas de Santa Clara, el Metropol, los parques de Bogotá y Cali con hambrunas, han muerto. Devienen del más allá y se me transforman en figuras veladas como de cuadro impresionista: Mauricio, Iván, Ricardo, Hugo, Gonzalo, ya pagaron lo que le debían no sé a quien. Algunos de ellos perecieron atrapados por el pistoletazo suicida, otros accidentalmente. Ninguno lo hizo de muerte natural porque también hubo los héroes que cayeron en la montaña, fusil en mano, arrastrados por el soplo libertador que después de Cuba sacude a América Latina. Parece que nuestra generación, cruel transición de la violencia a los narcotraficantes, como corderos hubiera sacrificado a mis amigos. Hoy por hoy, los más de nosotros nos dedicamos a morir esta muerte lenta y asombrosa y desleal que implica vivir en Calvinia, donde los valores sucumben aplastados por un país con pies de plomo.

Pero hay una muerte lenta que me asombra, un degradante regreso a la semilla que no deja de escocerme interiormente. Hace poco, como a las diez de la noche, caminaba yo por lo que dejaron de La Playa sintiendo ese temor indescriptible que acompaña al habitante de las ciudades inseguras cuando, de repente, casi bajo el busto de uno de los varones epónimos diAntioquia hombe, vi un hombre mojado por la lluvia que, al verme, trató de incorporarse de su banca pero no pudo hacerlo. Temí el atraco y busqué instintivamente la orilla de la acera para echarme a correr como un cobarde confeso cuando bajo el pelo grasiento del vagabundo, descubrí los ojos del Genet, del drogado, del derelicto, del ladrón, del detritus, del Villon, del out-sider, del rebelde, del poeta que hace veinte años le enrostró a Calvinia sus basuras en el rostro y escribió algunos de los poemas más hermosos y olvidados de mi generación. El casi cuarentón poeta Darío Lemos, señores, que como Calvinia se muere muy despacio entre el vicio, sumiéndose más y más en su gloriosa abyección.

Tomado de la columna “El Ton Tocotudo”, “El Mundo” Medellín, abril 23 de 1979, p. 2

POEMAS PUBLICADOS EN PRENSA

SEÑAL TRECE

Se alzó la báscula y gimieron los enfermos

con su llanto encerrado en una concha puesta

abierta al infinito.

Fue yermo el valle salobre y la encina exige una tercera

Categoría. No se encuentra en la llanura un eco para amarrar

a su pecho las condecoraciones.

Está muy duro el pan y todavía permanece el centinela.

como permanecen los genes que deben aplastar trozos de eternidad.

Jamás orgullo alguno transitó el interruptor de las doctrinas.

Del abismo sube el grito sofocante:

es la petición de los vínculos, es estar de acuerdo

y construir mejores puertas

y hacer en los muros mayores huecos para los cristales

de ventanas inmensas.

Afuera habita la fuerza de los tiestos rotos o

los ladrones enfundados en talegos de joyas

y dedos que anonadan.

Debe ahogarse el habitante de la isla mayor

que me responde agitando un pañuelo amargamente

sobre los senos rodantes de la historia.

El nombre del cristal es gigantesco como una mina pobre,

se arrodilla y nos habla de filibusteros cuyo canto

pertenecía a todas las playas,

cuyos labios dijeron del éxodo y de los desgarrones de los guphis

que avituallaron por mucho tiempo

los 17 espasmos predecesores de la carcajada.

…Y zozobrar en algún sitio puro y complicado

(no latifundio), con flancos de cordilleras y sentir

el miedo que nos obliga a correr y no mirar atrás;

y no fatigarse

y no tomar café…

Boletin Cultural y Bibliográfico Número 1, Volumen XXI, 1984

Protagonista: Medellín

Agua de luto

Jaime Espinel

Universidad de Medellín,

Medellín. Vol. 35, 1982

Con agua que no ahogue y vino que no trastorne cualquiera hace buen mundo.

Macedonio Fernández

Marginalidad dentro de la marginalidad, podría sentenciarse sobre la obra narrativa de Jaime Espinel. Pues si en algún momento el nadaísmo fue medianamente marginal, en su seno había, como en un bolsillo secreto, otra marginalidad: escritores casi inéditos como Espinel o como Cachifo Navarro, gestaban una obra mucho más silenciosa que la de sus compañeros del grupo nadaísta, y, quizás, con relación a la escasa narrativa del movimiento, más ambiciosa.

Los dos libros de Jaime Espinel fueron publicados mucho tiempo después que pasara el tropel nadaísta. En el 75 publicó su primer libro de cuentos: Esta y mis otras muertes, y, más recientemente Agua de luto (1982). Sin embargo, la obra de Espinel no resulta lo suficientemente conocida, no obstante ser punto relevante en la casi siempre monótona llanura narrativa del país.

Un tono acezante recorre estos cuentos de Agua de luto, algo que reproduce el acelerado corazón de la ciudad, y que se siente en cada uno de sus siete cuentos. El personaje central de estos cuentos de Espinel, en realidad, es la ciudad. Una ciudad poblada de fantasmas, a la sombra del fantasma de Gardel. Hombres que escasamente ríen, porque ya han recibido, como en el poema de Brecht, la terrible noticia, el inminente desalojo del cuerpo.

Como en una galería de espejos deformes, una legión de seres y de sombras chinescas deambula por la ciudad de Medellín, por sitios vedados donde el hampa canta una canción de olvidos. Barroco, poblado de alusiones que podrían ahogar el texto, Espinel salva sus cuentos de la asfixia gracias al hilo secreto con que teje sus historias, un hilo fuerte como el cáñamo. La gran virtud narrativa de Espinel está acaso en esa manera de encarar la realidad, con un sesgo burlón y a la vez amoroso. Textos que proceden acaso de una tradición oral de barrio, de la crónica roja, de esos héroes marginales que alternan fútbol y bar con bandoneón de fondo, hombres fronterizos que oscilan entre sueños de gloria, cuchillos o disparos.

Cuentos, pues, que reconstruyen parcialmente un mapa de la ciudad de Medellín: los bares de Guayaco, las noches del billar y el tahureo, la vieja ciudad que ya entraba al olvido. Acá, en este libro de Espinel, el testimonio, la crónica de una época mejor narrada, más sentida que el fallido Aire de tango de Mejía Vallejo.

Pocas veces se da en la narrativa colombiana un tono tan personal, tan sugestivo, y que vaticine en sí mismo una continuidad, literatura que registra de una nueva manera la violencia y el dolor, las canciones de un país limítrofe entre la idiotez y la locura. En Agua de luto nos encontramos con un escritor cuya raigambre parte directamente de su entorno, de la exaltación de la cultura popular, pero que sabe cuidarse de dosificar su argot, pues la temporalidad de la jerga marginal, a cada momento renovándose, también acecha volviendo transitorios lenguajes que se consideraban vigentes.

JUAN MANUEL ROCA

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Última modificación: 04 de junio de 2007


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