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“Civilización a caballo” por Gonzalo Arango
El Tiempo, Lecturas Dominicales, mayo 16 de 1968,
página 6.
(Fragmento)
La vida en sí misma carece de importancia
si es un accidente y no un destino; si no se da en relación a la conciencia de
ser, que es lo que glorifica la existencia.
Alguna vez, refiriéndose a esta crisis de
la modernidad, Lawrence expresó que Londres era una ciudad viva en tanto los
caballos erraban desbocados levantando de sus empedrados nubes de chispas.
Esta imagen que encierra un esplendor de
vitalidad radiante, nos hace evocar un pasado de palpitante belleza en que el
caballo encarnaba un símbolo de heroísmo conquistador, de potencia creadora; en
que jinete y caballo eran cómplices de la misma aventura: Cristo y la Redención,
Bolívar y la Libertad, Don Quijote y el Espíritu…
Pero los hombres ya no caminan, ruedan.
Y sus viejos caminos desertados, que eran
rutas del corazón, ya no sonríen al paisaje porque los hombres perdieron la
virtud del diálogo de mirar el horizonte, de caminar bajo los cielos.
Esas vías embreadas, laberintos de púas y
espejismos centelleantes, conducen a la soledad, al exilio y algunas veces a la
Muerte…
Ahora que recuerdo, oprimido por esta
soledad del cemento y el rascacielos, siento una entristecida nostalgia del
mundo natural, ese en que ahora podría ir con la amada ceñida a mi cuerpo
pisando flores o arena, buscando una palma de coco para acostarnos a amar de
cara a los planetas, como animales puros.
Para que no se hagan ilusiones, diré que no
soy hostil al progreso si en sus formidables conquistas el hombre es dignificado
como ser vivo, y no degradado a una ínfima condición de subalterno y esclavo de
sus terroríficos engranajes, que es lo que está sucediendo.
“El infierno de la belleza” “13 poetas
nadaístas”, por Gonzalo Arango
El Tiempo, Lecturas Dominicales, 25 de agosto 1963,
página 6.
(Fragmentos)
La poesía es así, como la vida: visceral y
animada como un organismo cuya raíz se hunde en las convulsiones, y crece
respirando el aire envenenado del siglo hacia un cielo sin salvación. Crece
hacia el cielo, pero ella misma es el infierno.
Cada poeta, en cada tiempo y lugar,
advirtió de otra manera el fenómeno singular de su existencia. La poesía es la
respuesta de esta percepción…
Cada generación tiene su turno para
expresarse en términos de rechazo o de reconciliación con el mundo humano y el
divino, con la libertad o con el destino.
La ciencia ha robado su encanto al misterio
del Cosmos. Los cielos ya no son objetos arcanos de la inspiración… El
conocimiento ha entrado triunfante en la belleza de la realidad misteriosa.
Nada termina nunca, nada empieza. Todo es
presencia. Todo existe en trance de revelación. También lo que no existe, existe
en las posibilidades infinitas de la Nada. Y la belleza es inextinguible para
nombrar el nuevo rostro de las cosas…
El prestigio de la palabra nunca está
cancelado. Resucita de las tumbas y de sus viajes por las tinieblas, y regresa a
la luz del sol, fiel a su misión de comunicar lo incomunicable, y dar sentido a
lo inexplicable.
Por eso la poesía es aquello que intenta lo
imposible: certificar que este mundo es el mejor de los mundos posibles y el
único.
Por eso la función de la auténtica poesía
no es otra que reclutar los seres a la existencia.
Poesía fue siempre y también es hoy, vida y
libertad. No es otra la misión del poeta: asegurar la vigencia de estas dos
palabras en el mundo de la opresión y de la muerte.
“La belleza insuma" por Gonzalo Arango
El Tiempo, Lecturas Dominicales, 16 de junio de 1963,
página quinta.
Se escribe con libertad, y cuando se
publica, se vuelve una servidumbre. Ya no se es libre pare defenderse de él. El
escritor queda sometido.
Sucede que el libro se independiza del
escritor y recorre solo su aventura, para el fracaso o el triunfo. su porvenir
ya no le concierne, escapa a sus decisiones y justificaciones...
“MI VIDA EN EL ARTE: origen de una vocación
literaria”
El Tiempo, Lecturas Dominicales. Dic. 19, 1965, página
3.
Hay un hecho fundamental que, si no es
válido para definir una vocación literaria en términos de anécdota y ubicación,
se refiere a mi profunda crisis religiosa. Yo había sido educado para hacer de
este mundo un episodio efímero, de la vida algo estoicamente desdeñoso, y del
cielo un Absoluto. Mi alternativa no dejaba opción a una libertad que no
coincidiera con la elección de mi destino ulterior. Mi vida no sería más que una
vida de renunciamientos, sacrificios y prácticas piadosas para ganar el
beatífico honor de salvar mi alma.
Pero mi contacto con cierto racionalismo
filosófico fue socavando los estamentos sagrados de mi fe de carbonero, y una
doliente duda hacia los valores Eternos, me puso en el umbral de la
desesperación. Náufrago entre la Redención y la vida, no osaba abandonar el
mundo de la fe por las deslumbrantes evidencias de la Nada.
En esta lucha que duraba atrozmente en mi
espíritu religioso, un hecho casi trivial, de una dramática ingenuidad, me
empujó al vacío. Aquella tarde fui expulsado del cielo.
Sucedió en Aranjuez, un barrio de Medellín,
donde llegué en tranvía. Según una devota costumbre antioqueña, lo primero que
hice fue entrar a la iglesia a rezar tres padrenuestros para que el cielo me
concediera una gracia… En la penumbra, cerca al altar, oscilaban tres sombras
místicas: eran albañiles.
Mientras me dedicaba a la oración, los
obreros encendieron furtivamente cigarrillos y se dedicaron a charlar. Me
pareció el colmo del sacrilegio. Sofocado de cólera, me acerqué y les dije: “No
fumen, porque ofenden a Dios”. Uno de los albañiles me miró como un piojo, me
sonrió sarcársticamente y escupió…
Salí del templo hecho un mar de lágrimas y
me dirigí a la casa cural, que estaba al lado. Un cura vino y le conté entre
hipos y suspiros la iniquidad de los albañiles. Me dijo: “Véte tranquilo, hijo
mío, ya mismo, voy a castigar a esos impíos”, y cerró la puerta.
Supuse que llegaría por la sacristía, y
volví a la iglesia para ser testigo de las maldiciones de restituirían al Buen
Dios en su trono de gloria. Esperé al vengador de sotana pero nunca llegó, y los
obreros siguieron fumando y charlando como en cualquier burdel…
Me apasioné entonces por esta religión de
la inmanencia con tal fervor, que ya no era nada si no practicaba el culto de la
poesía, esa cara luminosa del cielo en que la salvación no era Dios, sino el
pleno goce de la Tierra.
Agregaré, a manera de síntesis, que
pertenezco más a la vida que a la literatura, y que a la hora del Juicio Final
me gustará más encontrarme con las mujeres que amé, que son los libros que
escribí.
Nadaísmo y estética
“El nadaísmo es una hecatombre” por Gonzalo Arango
El Tiempo, Lecturas Dominicales, mayo 9, 1965
(Fragmento)
En cuanto al nadaísmo, desde sus orígenes
ha venido representando en la cultura una implacable impugnación a las estéticas
tradicionales; la rebelión contra todo lo que ellas representan como inhibición
del impulso creador; la aniquilación hasta el delirio de esas tiranías morales
que fundan la existencia en apriorismos y fatuos sistemas de razón.
El nadaísmo fue, frente a esos carceleros
de la conciencia, la dinamita de la sedición.
Por otra parte, el nadaísmo no es una
escuela literaria, lo que no supone que su proyecto fundamental sea la Estética.
A pesar de que la contiene, desborda ese presupuesto hacia implicaciones de otro
orden. Dentro de sus inmensas posibilidades, un policía, un bandido, un banquero
pueden ser nadaístas, aunque en un plano más delictivo lo sean el poeta, la
ramera y el santo.
Por eso el nadaísmo se abstuvo de formular
una estética, de instaurarle al espíritu un nuevo régimen, al arte nuevos
esquemas dictatoriales. Nacía dejando libre el horizonte de lo prohibido y lo
fantástico, para no limitar el ámbito ilimotado del Misterio y dejar al azar el
encuentro de las nuevas verdades. Antes que todo, su propósito era ofrecer un
ámbito espiritual, desintoxicador, ser un movimiento de expansión espontánea
para el libre desarrollo de las ilusiones y la sensibilidad. Irrumpir como un
asalto en el umbral de una nueva vida y secuestrar a los inquisidores de la
ciudadela de la conciencia para que el hombre retomara entre sus manos esa única
cosa que lo hace hombre: su libertad.
Con perdón de Platón, nuestra esencia es
ser de este mundo.
Soy de esos desesperados de la salvación
como Cendrars: “No hay verdad, sino la vida absurda que mueve sus orejas de
asno”.
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