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Medellín - Antioquia,
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FUIMOS A VER A EL, MUERTO
Por Jaime Espinel In Memoriam Amilkar U
Rígido y enlagunado, su cuerpo que antes fue explosivo y voluntarioso nos disparó a quemarropa el dolor de su muerte.
Lo vi vivo y está en el recuerdo del Junín de nuestra juventud como una bala alocada, cuando teníamos la certeza de que íbamos a cambiar la faz del planeta con nuestra detonante literatura. Lo recuerdo en plena brillantez jugando poker o hablando de literatura en las noches invernales de New York de los años sesentas, o en las escasas mañanas de chocolate caliente bajo el mustio sol bogotano, trashumando con orgullo ese valor temporal que exige la vida. ¿ Dónde está ahora el valiente, adónde ha ido su gesto altivo, su soberbia, su mente poderosa como un crisol hirviente, su rampante escepticismo, la desobligante convicción que tenía de su propia sapiencia? Amilkar U ha muerto. Pero antes de zambullirse atraido par el magnetismo siniestro del calmo lago de "La Oculta" dejó, como último olvido de su puño y letra, este poema desgarrador y premonitorio que parece escrito par un alter ego letal. ¿Cuáles son esas oscuras fuerzas que iluminan los pasillos de la muerte próxima con tanta y tan insensata intensidad que un hombre hipersensible como Amilkar U. no puede evadir la minuciosa descripción de lo desconocido? !Aadiós, U! "Vana Stanza" EL ULTIMO POEMA El acre sabor de su carne incandescente me ahoga hasta el fondo nítido de un amanecer espléndido que se derrama sin clemencia sobre los despojados cuerpos. El día como un guerrero inesperado nos insta a la lejanía, a un desprendimiento evasivo que nuestros pedazos no logran. Nos hemos confundido, nos hemos perdido en ese estanque donde flotan los besos como nenúfares de sangre desteñida. Barre la brisa el bosque y se lleva el olor de su carne deflagrada. El MUNDO.- Semanal.- Febrero 23 de í985
LOS DIAS DE NUESTRA VIDA El fin de semana pasado murió trágicamente el escritor antioquefio Amilkar Osorio, más conocido en la onda na daista como Amilkar U. De él se dice que fue el verdadero cerebro del movimiento aunque la bulla la hiciera Gonzalo Arango. Publicaba muy poco. Casi toda su obra quedó inédita. El SEMANAL consiguió para sus lectores un escrito de la "Obra Negra" de Gonzalo Arango en la que refleja muy bien la personalidad de Amilkar, testimonios de amigos y sus últimos poemas. Por Gonzalo Arango Nunca diré por última vez que me gusta más vivir que escribir, la vida que la literatura. No es mi culpa, estoy hecho de un alma bastante biológica. Recuerdo que hace diez afios, recién fundado el nadaismo, iba con Amilkar U, Jotamario y Elmo Valencia en una gira por todo el pais dictando conferencias y recitales. Habíamos actuado en cinco ciudades con el terrorismo que nos caracterizaba entonces. Nos habían metido a la cárcel en Manizales. Por venganza, los pereiranos nos hicieron un recibimiento apoteósico, como de libertadores. En Buenaventura nadie nos entendió, pero nos emborrachamos como grumetes hasta que se acabaron los anfitriones. Finalmente llegamos a Cali para reposar los esqueletos y seguir a Popayán. Ese reposo duró tres meses porque se me ocurrió la idea genial de enamorarme, y no hubo poder humano ni divino que me arrancara de "La Sultana". La gira que estaba programada para terminar en una toma triunfal de Bogotá, se disolvió mélancólicamente. Se fue al diablo. Mis amigos estaban desolados y alicaidos, sobre todo Amilkar, que vivía en Medellín como yo. Había renunciado a un puesto de maestro de escuela para acompañarme. Tenía 18 años y ésta era su primera aventura lejos del hogar. Creo que tenía nostalgia de la familia, porque aunque nadie lo crea, log nadaistas son los tipos más tiernos del mundo. Eso me apenaba, claro está, pero ¿ qué hacer? Ni siquiera teníamos plata para regresar en bus. Se nos habían agotado los doscientos libros de "HK-111" que yo acababa de publicar en Medellín, vendiéndolos a los amigos al precio de "póngale usted el precio"; pero los amigos, menos idealistas que nosotros, casi siempre le ponían precio de quema, y teníamos que vender diariamente 5 libros para pagarnos un cuarto de hotel en los bajos fondos, que generalmente se llamaba "Pensión Estación" y era un burdel de mala muerte, con las pulgas más sanguinarias del nuevo mundo. En Cali, bendito sea Dios, dormíamos en una estera muy limpia en el cuartito del poeta X-504, convertido por milagro de su corazón en nuestro paciente anfitrión vitalicio. Como era imposible ser más pobre, la hospitalidad del poeta se reducía al techo, nescafé y una libra de azúcar diaria. El nescafé lo tomaba yo amargo, para que espantara el hambre, y Amilkar lo pasaba todo el día con agua de azúcar. Creo que no todo fue negativo en esos meses, pues mientras Amílkar esperaba contra toda esperanza que a mí se me ocurriera la brillante idea de desenamorarme, se leyó 50 libros de la biblioteca del poeta, especialmente la sección de místicos y filósofos orientales. A causa de estas disciplinas estóicas y budistas no se murió de hambre, pues a duras penas el aguita azucarada alcanzaba para alimentarle el espíritu. No, no todo era melodía. Par esos días apareció un angel extraviado que hacía años buscaba su camino y al fin llegó. Para ese joven el nadaísmo era su tierra prometida, y para nosotros representó una especie de rey mago, porque todas las mañanas venía a despertarnos con un cartuchito de empanadas que su mujer hacía para nosotros. La ternura, solidaridad, esa sonrisa feliz de nuestro apetito saciado, eran la recompensa a su infalible fidelidad matinal. Se llamaba Alfredo Sánchez, pero nosotros le decíamos "Melchor" como un homenaje al color moreno de su realeza, de su nobleza indecible, que una estrella mística nos había regalado. No era siquiera un gran escritor, pero era de esos espíritus tenaces, obstinados, serenos, a quien en medio de la tormenta se le podía confiar el timón, con la seguridad de que llevaria el navío a su destino. Más fiel que un juramento. En suma, un raro ejemplar humano, de esos que habrian apagado la linterna de Diógenes y merecido una sonrisa del escéptico filósofo. Desde mi laberinto interior, miro atrás con gratitud ese rostro colmado en su pobreza, con su cariñosa bolsita de empanadas para los pobres "profetas de la osouridad", radiante de dicha en la luminosa primavera caleña, con su invasión de sol que entraba por la ventana del cuartico del monstruo X-504, reino de soledad y ascetismo en que los sueños forjaban la palabra de acero de sus Poemas de la Ofensa. Una de esas mañanas estalló la paciencia de Amilkar U. en un reproche desolado, infeliz: - Gonzalo, basta: el nadaismo o el amor… - El amor -dije-, ustedes pueden seguir la gira, yo me quedo. - Te doy cinco días para que lo pienses: o me iré solo, estoy harto... Hiciste fracasar todo. - No hay nada qué pensar: el amor es mi manera de ser nadaísta. Compréndeme, no puedo dejarla. - Está bien, de todas maneras parto dentro de cinco días, contigo o sin ti… La víspera del plazo me sentí desgarrado por una lucha interior entre la felicidad y el destino, la amistad y el amor. Cualquiera fuera mi elección, elegiría contra mí, en un sacrificio que no tenía el coraje de hacer, y cuya indecisión me ponia al borde de la angustia. Busqué por la ventana un signo en el cielo, pero salvo la belleza opresiva de ese crepúsculo, todo estaba vacío. Sentí que la muerte debería ser semejante a esa ausencia y a esa dulzura, más el silencio del cuarto en que Amilkar U., acostado en la estera, miraba con una tristeza aterradora el cielorraso vacio. Mientras yo buscaba un signo, él esperaba una respuesta, la que yo estaba buscando en el cielo, y que solamente estaba dentro de mí. 0í que entró al baño y lanzó una protesta dirigida a sí mismo porque se había terminado el azúcar. Se maldecía con una especie de autocompasión par la miseria o desgracia a que había llegado su vida. En el fondo era una queja y me sentí culpable. Me preguntó que si tenía plata para comprar azúcar. No tenía. El dijo: "Tranquilo, Profeta, bendito sea Dios y su Santo Nombre". lo dijo sin ironía, con una resignación tan tierna y desdichada que me empañó el paisaje. Entonces apareció el signo que buscaba, en mi alma: era ese desamparo y esa infelicidad sin odio, sin rencor: la imagen apacible y sufriente de un rostro humano, de la amistad misma. Tomé mi hermosa chaqueta de pana y salí. Fui al almacén de trapos donde trabajaba Melchor, le presté su cedula de identidad y fuimos a dar un paseo por el barrio de los tangos y los montepíos. Al anochecer regresamos a nuestro cuarto con una libra de azúcar y una botella de aguardiente. Al otro dia, muy temprano antes de que saliera el sol sobre las Tres Cruces que abrazan a Cali, el poeta Amilkar U. y yo caminabamos en silencio por el andén del ferrocarril, cada uno con su tiquete verde en la mano, que nos acreditaba pasajeros de tercera clase con destino muy lejos... Oh, qué lejos... Me quejé del frio de aquel amanecer. El se quedó mirándome, extrañado: - Y tu chaqueta, ¿dónde está? Abrl la mano y le mostró el cartoncito verde perforado en una estación que se llama Medellín… El siempre decía Bendito sea Dios y su Santo Nombre, manía que se le había quedado del seminario… El Mundo. – Semanal.- Febrero 23 de 1985. |
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