Por Jotamario Arbeláez
Con una mano de votos liberales y otra mano de votos conservadores y otra mano de votos independientes ganó Uribe, se dice que ganó Colombia y que hasta los que perdieron ganaron.
Con excepción de Serpa, que de la dirección del Partido Liberal saldrá a sombrerazos, como última cuenta de cobro por su lealtad con el innombrable, con la aquiescencia de los esos sí derrotados ex presidentes liberales que lo sostuvieron. A quienes incomoda desprenderse de la torta del poder, que nunca empalaga. La historia tarda pero cobra. En este caso no tardó tanto, pero cobró dos veces.
Noemí se acoge al corazón grande y Lucho advierte que estará vigilante porque no se le vaya la mano firme con las medidas de seguridad anunciadas hacia una nueva noche de los lápices como la del cono sur, o la de nuestras caballerizas, que dejaron tantos inocentes tajados. Pero ya el doctor José Fernando Isaza, a la velocidad de un Mazda, nos ha aclarado que estas medidas serán contra los violentos a ultranza, y no contra los melenudos, teatreros, bibliófilos, parlamierderos de café y usuarios del arete en no importa qué oreja.
Los derrotados en las urnas electorales el pasado domingo de antes o después de la guerra también te saludan, señor Presidente de los colombianos, y hacen votos de los buenos por que las hermosas palabras de reconciliación del discurso de aceptación del triunfo tengan cabal cumplimento.
Hay que empezar por creerle -y no por amargarle la luna de miel que ni siquiera ha empezado-, a un presidente que, según el perfil de EL TIEMPO, "es capaz de recitar de memoria los versos de León de Greiff o de entregarse a la lectura de poemas de Ernesto Cardenal". Y según el de El País: "Declama de memoria los versos de nadaístas como Gonzalo Arango y Jotamario Arbeláez (amigos de su familia) y lee con frecuencia los poemas de Darío Lemus y Jaime Jaramillo Escobar, entre un buen número de vates". Debo aclarar que no soy amigo -aún- de tan ilustre familia.
Dice Eduardo Escobar que los candidatos presidenciales suelen confundirme. En esta ocasión debió ser con él. Quien tuvo el tino de acompañarlo con su presencia y con su pluma, perfilándolo como el cordero de la convivencia tal como pinta en su discurso. Para empezar, ha hecho el milagro de que la pluma de Eduardo se endulce en el tratamiento al pueblo colombiano, por lo general indolente e intonso, y ahora, en las urnas, tan sufrido como glorioso.
Lo que quedó más en claro fue que el triunfo se lo llevó el poema -que hasta dio para comercial- de Gonzalo Arango, que él en su tiempo llamaba Revolución, con el que el actual Presidente terminó la presentación de su plan de gobierno, y que transcribo porque es apenas justo que todos lo memoricen y lo declamen: Una mano / más una mano / no son dos manos / son manos unidas / une tu mano / a nuestras manos / para que Colombia no esté / en pocas manos / sino en todas las manos.
Qué cambio desde los tiempos en que Gonzalo Arango, en esta misma página editorial, saludara con la palabra pedo el triunfo espacial, y fuera mandado a las tinieblas exteriores, aunque el tiempo se encargaría de que fuera de nuevo acogido y desagraviado.
El poema del profeta, que también se usó en la campaña de Noemí, servirá para que todos, con las manos unidas (¿incluidas las de guerrilleros y 'paras'?), cumplamos nuestro compromiso con la Colombia que aún queda. Para empezar, pongámosle música, maestro. Yo diría que es el nuevo himno nacional que desde hace tiempos estamos buscando.
El Tiempo, Contratiempo, miércoles 29 de mayo de 2002, pág. 1-15