CONTRAVÍA

Banderas

EDUARDO ESCOBAR

La bandera flamea. Es simulación del fuego. Lo único más triste que una hoguera apagada es una bandera abatida.

Entre todos los estorbos que nos agobian, las banderas son los más vistosos y los que nos obligamos a poner más altos. En la aldea confusa del mundo empedernido de bienes y peligros globalizados, uno esperaría que se resignaran a pasar de moda entre los trastos de las colecciones históricas, como las tazas con bigotera y los aguamaniles de porcelana. Pero son tozudas.

Todos los días aviones embanderados con las insignias de una orden imperial bombardean en el nombre sacrosanto de una bandera, otra. Es congruente y no con los lujos de una civilización tan sofisticada en las artes de la matanza como la nuestra, que sigamos necesitando tantas protección y aprobación, pertenecer a un grupo, afiliarnos a una quimera. Uniformes, escudos, pendones, nos ayudan a escapar de los tormentos inestables de la singularidad en la seguridad de lo gregario.

Una bandera suma contenidos difusos. Su vano azotar el viento, que es su elemento natural como el agua para los peces, arrulla y anuncia holocaustos. En el pasado la caída del estandarte, voz de origen germánico como casi todas las que sirven al español para nombrar la guerra, que se clavaba en el campo durante las batallas, espantaba los ejércitos. Era premonitoria de derrota. La bandera hablaba. Estaba viva.

El abanderado ha merecido homenaje de poetas y pintores. Hay nobleza en la imagen de un joven inerme enarbolando su trapo en medio de una humareda y que al caer arroja a sus compañeros al sacrificio. Las banderas estimulan los impulsos primitivos del carnicero que inventó el traje y la escritura y fundó una civilización sobre el fratricidio y la conquista.

La bandera flamea. Es simulación del fuego. Lo único más triste que una hoguera apagada es una bandera abatida.

Las banderas son los disfraces del horizonte. Gallardetes, pendones, lábaros, guiones, banderines, separan un grupo del cuerpo complejo de la tribu humana, en el viejo empeño inútil de simplificar el abandono confinándonos en la prisión de unas fronteras, poniéndonos bajo el cobijo de una ondulación multicolor.

Walt Whitman en un Canto del estandarte al amanecer agota el registro de sus ambigüedades. Recuerda que se asocian con los redobles, las clarinadas, los cañones. Mientras más belleza suscitan, mayores horrores acogen. Yo canto a los demonios y la muerte, dice el estandarte en su poema.

Otro poeta, colombiano y revoltoso, dijo hace años que las banderas son trapos cosidos con las tripas de los hambrientos. En todo caso, tienen un aspecto ridículo y siniestro a la vez, como los payasos que primero nos sorprenden, repugnan y asustan y después aprendemos a reír de sus gracias antes de compadecerlos. Al fin de cuentas, la flor de una bandera, anunciadora de desgracias, conflictos y confusiones, representa también el hogar, el pequeño lugar donde hemos ido sembrando nuestros muertos con dolor y desdén y tenemos depositados los recuerdos preciosos de la infancia, del primer amor y del penúltimo beso.

Desde el romanticismo hasta los experimentos de Jaspers Jones con la bandera de barras y estrellas de la plutocracia yanqui y los del incalificable Álvaro Herrán con la bandera colombiana hasta hoy, los artistas de la modernidad no han cejado en el intento de desencantarlas. Si la tendencia sigue, el optimismo es razonable. Tal vez la magia del arte acabará por transfigurarlas en motivos de diversión y reinvención, desconstrucción, fiesta y sorna.

Todos aguardamos en secreto la hora cuando descansen de sus orgías en las urnas de los fetiches en los museos de historia o en las paredes de las galerías de arte: amansadas, su brutalidad reducida a los goces de la geometría, el concepto, el color y el espacio, desarmadas de hechizos. La hora de arriar y amorronar, de jubilar gonfaloneros, portaestandartes y grímpolas, simples catavientos, flámulas, oriflamas, tricolores, bicolores, horizontales, verticales, de raso o seda. Tal vez entonces la verdadera vida comience bajo la bandera única del cielo. Siempre voluble. Pero siempre imparcial. Y el mundo será humano y redondo por fin.

Tomado del Tiempo. Martes 4 de Junio de 2002. Pág. 1-15


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