Eduardo Escobar
Todos los días al crepúsculo, cuando el sol funde las piedras en jarabes de rosas, pasa por la autopista detrás del camuro, hacia la casa con una precaria cubierta de cinc. El camuro va adelante unido al lazo flojo, hecho esa costumbre curada. El hombre obedece al ritmo del animal. Lo conoce de sobra.
Si viene, en lógica debe marchar en sentido contrario bajo la leche del alba, por la curva de la carretera, hacia la casa del patrón, abajo. El camuro adelante, señalando el camino con la resignación de los cuadrúpedos que conducen un bípedo triste llamado Pedro. El camuro se llama Pepe. Tiene una semejanza remota. Son las arrugas altas, profundas, que les entristecen las caras. Es la expresión de los boxeadores viejos, retirados.
A veces, raras, cuando la tarde arde, el hombre ata el camuro al poste en la berma de la autopista, entra en la tienda y bebe una gaseosa amarilla con lentitud, ojos vacíos. A veces, también, cruza unas palabras, tímidas siempre pero plenas, densas de sentido, con algún cliente. Suele sentarse lejos del interlocutor cuando habla.
Los dicho para cualquiera me ha proporcionado lo que sé de esta vida particular. Su hijo menor está en licencia del Ejército. Y se regresa. El mayor también anda de soldado. Tal vez se queden en la guerra. No tiene miedo de lo que les pase. El miedo se aprende. Y él jamás fue a la escuela. Además, ahora solo se consigue para vivir haciéndole el trabajo sucio a la muerte.
Habita un espacio de error del siglo. Lejos de sus lujos y sus refinamientos. Si acaso un día le tocarán los del cilindro de gas preparado por unos terroristas internacionales o una bala norteamericana a mansalva vendida por un judío en Guatemala. La máquina siniestra del estado deforme de cosas, sórdida, innumerable, le devuelve en basura la ofrenda de necesidad y de amor por sus hijos, el cuidado de un camuro, la poda de rosas. Basura de televisión que ve, podredumbres de las emisoras populares que oye, la música comercial que lo envilece con su torcida educación sentimental, la pornografía de la información frívola o valseada: las pobrezas espirituales del siglo sin ninguna de sus ventajas.
El camuro no es suyo. Pero lo quiere más que propio. Es consciente de que le pertenece como a nadie. El patrón ni siquiera pregunta siempre por el camuro cuando llama. Él, en cambio, no lo despinta desde que se levanta hasta que se duerme. Estuvo más gordo. Pero lo mordió un perro llamado Salomón y dejó de progresar para ajustar se volvió huraño y agresivo. Por la noche se mete en las cocinas. Destapa las ollas. Quiebra los platos. Él terminó por encariñarse con sus defectos. Aunque sabe que un día habrá de matarlo.
Habla con indiferencia del día ya marcado. Para matar un camuro como se debe se pone a hambre primero, después se le hecha un brandy en el cogote y se desangra colgado de las patas traseras antes de despellejarlo. No tiene tanto almizcle como la cabra.
El camuro parece no conceder importancia a sus charlas, ni siquiera cuando se refiere al día futuro como si fuera un recuerdo ya. Y cuando calcula que se ha deshogado, le hace una señal con el hocico y se marchan. El camuro adelante, soberbio. El tipo detrás con su propia dignidad.
Para despedirse, el hombre entrega el terrón de una mano. La de un dios en la miseria. No sabe que avergüenza mis privilegios (mi estilográfica, mis libros de Shakespeare y Platón, mis discos de Bartok y Schomberg, mis recuerdos de Bergman. Aunque yo no sería capaz de hacer un nudo seguro para el camuro, ni sé podar un rosal como él ni cuándo trae agua la luna). Mientras se alejan en la penumbra de la noche incipiente. Y sus sombras se disuelven en el escándalo de los grillos del anochecer bajo la indiferencia de las estrellas.
Tomado de El Tiempo, martes 7 de mayo de 2002, página 1-15