CONTRAVÍA

Las sombras del bien

POR EDUARDO ESCOBAR

Enseñarnos a desconfiar de la mujer, de la belleza del mundo, de los consuelos de las formas, cuando apenas nos asomábamos a la vida, fue más inclemente que las cruzadas. Y más pernicioso que todas las guerras religiosas.

Hablo como cura suelto. Además, el oficio de poeta tiene prestigio sacerdotal. Hace años me aparté de la iglesia exotérica, formal, ritual, arrastrado por los pensadores del ateísmo militante, Marx, Nietzsche, Sartre. Pero al cabo de una infancia entre sacristías, procesiones y roquetes, la mente y la sensibilidad quedaron contaminadas para siempre. Aún, mis lecturas predilectas tocan con las tradiciones místicas del mundo: el taoísmo, el sufismo, el budismo zen, Nagarjuna, y claro: Teresa, Juan de la Cruz, Hildergarda de Bingen, Hugo, San Benito.

Inútil insistir en el papel civilizador de la Iglesia. En la fuerza de gravedad de su obra. Todo es católico en nosotros. Hasta nuestras ideas de libertad, justicia y novela y la noción del Estado y el surrealismo. Todo aquello que sustenta nuestros desórdenes perpetuos y nuestros afectos más imprescindibles. El enredo barroco de la conciencia de nosotros mismos. Y el barroco.

Como siempre sucede con las cosas humanas, el gran hechizo de veinte siglos proyecta una sombra sobre el alma. Y muchas veces surge en nuestro interior sin que podamos evitarlo un espíritu de oposición, saludable, supongo, al Dios arisco del desierto que convirtió la existencia en metáfora y en cuyo nombre nos envenenaron las fuentes de la vida. Por lo menos en mis tiempos, si bien recuerdo, la benevolencia aparente, los valores de luz y piedad y la pompa de la Iglesia, ocultaban una podrida animadversión contra muchas cosas buenas en nosotros. Su discurso paralizaba nuestros impulsos más humanos, o mejor dicho, más animales e inocentes. Lo peor fue que nos pusiera en contradicción con nuestros pobres deseos. Y convirtiera los besos de amor en basura y la piel en enemiga, condenando este pobre mundo de carne y sueños, en un juicio criminal e injusto, sin apelación posible.

Recuerdo mis tiernos diez años en el seminario de misiones de Yarumal (quise ser mártir y santo y si no me alcanzaban las fuerzas, Papa), las grotescas predicaciones azufradas de demonios y espectros en la miseria que marcaban con carbón los baúles de los seminaristas impuros. Nos hacían temblar ante los primeros encabritamientos de la joven carne, paja o caña para Pascal, cuyas dichas efímeras merecían por alguna razón excesiva un castigo imperecedero. Sobre todo, fue injusto que escondieran el principio mal en las mujeres. Eva fue la sombra de la creación. El peor obstáculo en el camino de los seminaristas. Menudo problema. Yo salí corriendo. Fue injusto magullar el corazón de ese modo. Enseñarnos a desconfiar de la mujer, de la belleza del mundo, de los consuelos de las formas, cuando apenas nos asomábamos a la vida. Más inclemente que las cruzadas. Y más pernicioso que todas las guerras religiosas.

Sin embargo, los eclesiásticos siguen ejerciendo una inmensa atracción estética para mí. Sus actividades reguladas protegiendo el embrión de un alma en el silencio de la oruga, su vida entregada al estudio, la oración, el trabajo, a catequizar pirañas y vestir negritos, detrás de sus breviarios, consolando beatas y arreando diablos. Y me dan mucha lástima sus fracasos. Sé por experiencia que detrás de sus pretensiones de santificar el tiempo y de vencerse a sí mismos hay una inmensa soledad, un abismo inhumano. Había algo absurdo, orgullo y terror, en el orden masculino del seminario, recuerdo. En el negocio loco de cambiar las humildes glorias terrestres por las promesas de inmortalidad de un dios oriental, sin nombre, remoto, cuyo vicio es hacerse esperar.

Los escándalos sexuales del clero no son novedad. Un rumor de sábanas corre la historia de la Iglesia desde las amas de llaves de los párrocos medievales y los papas jocundos del Renacimiento. Eso no quiere decir que no agradezca a mi educación católica el regalo poético del diablo, la horrible certeza de que vivir tiene sentido y el montón de lecturas deliciosas que he debido hacer para llegar a un arreglo razonable con el Dios de la infancia.

Un místico chistoso dijo: Dios te llama. Contesta al teófono.

Tomado de “EL TIEMPO”, Martes 9 de abril de 2002, pág. 1-15

 


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