EDUARDO ESCOBAR
En una droguería deberían vender cualquier cosa entre las que conforman el árbol de la alquimia del hombre, si queremos ser lógicos.
Siempre volvemos a caer en la tentación de enredarnos la vida con las normas. Unos días nos obsesiona el espacio público. Y los humildes chaceros de cigarrillos al menudeo y los voceadores de baratijas son desplazados con promesas de burócrata o por la fuerza bruta de la policía, que en vez de adaptar y facilitar la convivencia de los discursos anula y ciega. Los voceadores de cosas también figuran en lo público. No ocupan el espacio que quieren. Si no el que pueden. O les queda.
La manía se extendió contra los pobres poseedores de automóviles, acorralados como criminales. El automóvil es odioso. Pero para los hombres modernos de cierta condición ha llegado a representar algo como el alma para los antiguos. La ciudad es congruente con el carro. Es artificio. Antinatural. Como el vehículo. La grúa es agria.
La doliente verdad es que nuestro héroe cultural no es el justo Abel sino Caín: padre de la agricultura, la muralla, el domicilio, el homicidio, el disimulo retórico. La rueda y la carreta.
Reglamentar en contra del trabajo infantil tendría sentido si hubiera escuelas para todos los niños y trabajo para todos sus padres. Mientras tanto, muchos en nuestros suburbios necesitan mayaliar. Acarreando leña. Trasquilando ovejas. O haciendo mandados. El trabajo educa. De hecho es la única educación de los niños más pobres.
Ahora plantean un alboroto nuevo. Si las droguerías pueden vender perfumes, licores, tabacos. Una funcionaria pregunta en los medios si no es un contrasentido que vendan cigarrillos y licores. Pues bien: no es un contrasentido. El ácido acetilsalicílico del sauce llorón, que llora por nosotros, los vinos sonrientes arrancados a la uva y al tiempo y los tridestilados pertenecen a la misma familia de cosas. Como el yagé revelador. Y el ambil del tabaco que los aborígenes del Amazonas emplean como medicina para los sueños y la carne al mismo tiempo.
Todos los droguistas que dispensan los polvos contra los gases y las dispepsias, los excitantes contra la abulia, el valium contra el pánico nacional, las diazepinas contra el insomnio vampiro, los perfumes y el brandy, son hijos decaídos de los mismos, antiguos alquimistas. Bisnietos de Quirón. Sanador e instructor al mismo tiempo de otro asesino arquetípico para nosotros: el hosco Aquiles.
En una droguería deberían vender cualquier cosa entre las que conforman el árbol de la alquimia del hombre si queremos ser lógicos. Y simples. La norma, según San Pablo, es causa del pecado. La mejor prueba somos los colombianos. Un país tan normativo y legislado. Y anormal al mismo tiempo. Loco desorden dentro de la jaula de un reglamento barroco y farragoso. Y flexible. Que nadie cumple.
El barbitúrico macera las exigencias de la realidad en el desprendimiento, el cigarrillo de Virginia descansa el alma y pudre los pulmones, los antiparasitarios purgan el vientre pero provocan el sueño de las lombrices. Todo cumple un papel necesario en el vasto mercado de los droguistas. El cianuro y el éxtasis. La aspirina, que también mata. El expectorante. Y los pañuelos de papel.
Keith Morris, ex embajador de Gran Bretaña en Colombia hasta 1994, enemigo del prohibicionismo, afirmaba, en EL TIEMPO del 31 de mayo pasado, que los gobiernos deben permitir a los devotos de las drogas malditas procurarse sus venenos predilectos en las farmacias. El cloral de Nietzsche, el opio que fomentó los delirios de la filosofía occidental, la literatura romántica, los hermanos Grimm, la marihuana de Daniel Santos, la coca del Inca y la cocaína del señor Freud, que nos heredó el sicoanálisis, una biblioteca de sospechas y una larga cola de seguidores, que no acaban de sicoanalizar el fuego, el juego de dados, la morada, los pantalones estrechos de los personajes de Kafka y los besos maternales.
Si las droguerías no pueden vender perfumes, tampoco deberían dispensar los preservativos ni los tónicos sexuales de moda para apéndices perezosos. Al fin y al cabo, todo hace parte de la máquina de ilusiones del amor.
Tomado de El Tiempo, junio 11 de 1002, página 1-13