Contraía

Febrero

Febrero tiene el regusto de la fatiga después de dos meses de comilonas, tumultos, carreras y luminotecnias. 

POR EDUARDO ESCOBAR

El diccionario es más obvio que sabio cuando define el año como el espacio de tiempo que invierte la Tierra en una revolución completa alrededor del Sol. No todos los años son de la misma clase. Sirio, Saturno y Marte tienen sus propias formas de comérselos. Y existen los años del corazón, que son amargos. Algunos pueblos corren las cuentas de su vida por años lunares. 

Los celtas los comenzaban en noviembre. Los chinos, en febrero. T. S. Eliot, el poeta católico, escribió que abril es el mes más cruel. Pero febrero es misterioso. Es el más corto, para empezar, en la docena. Y el único que puede estirarse. Cada cuatro años sufre un estiramiento, arrastrando uno nefasto, de su resorte, con la uña del día de sobra. Los diccionarios que se respetan ponen febrero muy cerca de fe, del latín fides; de feble, que significa flaco; de febrático, relacionado con la fiebre; de febrera, palabra de origen desconocido y mal documentado, que es la zanja que conduce el agua para regar. Corominas cree que debe descender del semiculto februarius. Y afirma que la expresión popular, frecuente en los clásicos, es hebrero. De hebra, tal vez. Febrero enhebra. Pegar la hebra es iniciar una charla. 

Febrero tiene el regusto de la fatiga después de dos meses de comilonas, tumultos, carreras y luminotecnias. Y exige coraje para comenzar el ascenso hasta San Juan. Prepara con desencanto el campo para las rosas de mayo y sus viles claveles. Los barrenderos uniformados, overoles, tapabocas, gorras, guantes grasientos, zapatones, acarrean con indiferencia a los carromatos que van a los basureros los pinos espurios, las estrellas de cartón dorado, las escarchas de diciembre, las siluetas de los camellos de reyes y los toros patasarriba de las corridas pasadas. Y, claro, los buenos, grandes y purificadores propósitos de enero como zanahorias viejas o trajes que desechamos sin estrenar. 

Contención, piedad, lealtad con aquel que no somos pero que contiene el ser al que nos debemos y de quien nos ocultamos con pavor, pide enero, de dientes para afuera. Gentileza con el pobre mundo peregrino, con el frágil vehículo del cuerpo prestado, con el alma con ínfulas de inmortal. Los fumadores empedernidos prometen abandonar el cigarrillo. Los mártires del matrimonio, una mujer que los lastima. Los gordos y los dipsómanos se juran que en adelante solo comerán lechugas y tomarán solo agua. Cada cual bautiza con un nombre distinto la especiosa empresa aplazada y prometedora de su vida imaginaria. En las difusas reformas de las resacas de enero. 

Ahora terminó el alboroto que sucede entre la Candelaria y la Epifanía y volvemos a ser reales, los acostumbrados en sus hábitos inalterables. Regresamos a la miserable rutina. Como los rizos, tenues e imperceptibles, de la música de los minimalistas, sobre el resabio del tiempo. Nuestra peor desgracia es la incapacidad para cambiar. Nuestra mayor pobreza, ser demasiado previsibles. En compensación, inventamos la vanidad de los milagros. Y la fantasía de lo inesperado. 

Ahora, acabados los cierres por inventario, los almacenes respiran de nuevo a puertas abiertas y regalan los saldos invendidos. Regresan al lujo de sus norias los funcionarios de cinco estrellas. Los pobres, a sus palustres. Los muchachos mustios después de los excesos de vacaciones, seguidos por las jorobas de sus morrales y las muchachas doradas a conciencia en las playas, abrazando las mariposas plegadas de los cuadernos de colores, rumbean a los mataderos del alma. A los liceos, las academias, las universidades, las escuelas y los institutos de capacitación, que es donde capan, reproductores de las perversiones sistemáticas, del odio moderno por la verdad, la pereza antigua de saber y el razonable terror de siempre de pensar. Que es lo que en esencia estimula nuestra educación. 

Pues a juzgar por el mundo que padecemos, los dirigentes que aguantamos, la condición general de los sometidos y el carácter malévolo de los sublevados, nuestra educación resulta bastante pobre. Peor: perniciosa. Y cara, por añadidura. 


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