Ahora nos toca una porción del horror humano en el absurdo negocio de vivir la guerra y la muerte.
POR EDUARDO ESCOBAR
En este país implacable y extraño que nos toca vivir, por gracia o por desgracia, los hechos de bulto han conseguido convencernos de habitar en un lugar muy desdichado de la tierra. Los columnistas, en su humilde sabiduría, los meros transeúntes, niños y viejos, analfabetas y letrados, en los tertuliaderos, buses, almuerzos familiares, mesas redondas y academias, hablan de las mismas miserias. De los chismes leprosos de esta república en miseria física y moral. Y ella lo corrobora con sus desmanes. Todos los días esperamos lo peor desde que nos bajamos de la cama, con cualquier pie, no importa. Siempre, dice una voz, nos irá así de negro como ayer. La pedagogía antigua predicó que la letra entra con sangre. La educación entonces era entendida como una tortura, una cadena de tormentos, frustraciones, reprimendas infinitas y golpizas. Un niño sometido a la crítica y el miedo y las prohibiciones se marchita. Hasta para crecer se necesitan ánimo, alegría y confianza. Tal vez somos como somos porque en vez de educarnos nos lastimaban.
Este país atrabiliario es niño vocinglero y pugnaz. Pero necesita, como los anturios, aunque sea de cuando en cuando, los niños díscolos son por norma los más inteligentes y prometedores, el abono de la autoestima, un poco de consuelo por sus torpezas memorables, una pizca de ternura.
No somos el peor lugar de la tierra. Y si lo somos, no será por siempre. El máximo desorden anuncia a veces la armonía. Es cierto que representamos una comedia de vergüenzas desde la patria boba. Pero ningún sainete, por bobo que sea, es eterno. La estupidez también se agota. Y el mal tiene un límite.
Parece que el mundo hubiera enloquecido en nosotros. Y lo humano se degradara a nuestras costillas. Es una impresión superficial. El mundo arde siempre por algún lado. En todo caso, tenemos derecho a justificarnos para no caer en el autodesprecio.
El siglo veinte fue una carnicería feroz desde su amanecer. La Alemania de Hegel, Holderlin, Bach; la Francia de Descartes, la España de Juan de la Cruz, los Estados Unidos de Whitman, se entregaron a sus propias indecencias y demencias a su hora. Nosotros, pobres y jóvenes, tenemos derecho a desbarrar y avergonzar la criatura divina, aunque sea en barroco.
Ahora nos toca a nosotros una porción del horror humano en el absurdo negocio de vivir la guerra y la muerte. A cuenta de nuestra vocación centenaria de país tóxico. No somos más malos que los otros. Somos ensoñadores, divertidos, astutos, picantes y paradójicos. Buenos para la cumbiamba y la matanza, al mismo tiempo, los reinados y los chanchullos. Peligrosos y simpáticos. Charlatanes tristes. Que asesinan a los apóstoles y les rezan a los lobos y los asesinos.
Por eso necesitamos tanto la esperanza. Las ilusiones de la paz hasta que aguanten. Como esos náufragos que reman hacia los espejismos con un muñón de acacia. Mantengamos a buen recaudo, por si hay futuro, la leyenda de El Dorado de la larga tradición democrática, los dos mares, el mito de la tierra de leones sin leones, el paraíso de poetas, las esmeraldas más bellas del planeta, las mariposas más azules, tan efímeras por desgracia. Y la fama de buenos trabajadores que nos cobija. Hasta que Dios se digne redimir esta nación martirizada, hija bastarda del majadero de Bolívar. La Virgen nos haga el milagro de convertirnos en un país menos plagado de anormalidades. Y San Miguel Arcángel nos deje descansar de sus furias de cruzado.
EL TIEMPO, martes 19 de marzo de 2002, página 1-15.