Contravía

EDUARDO ESCOBAR

Cena entre amigos

Una tertulia literaria, con recital de Álvaro Uribe.

Teléfono Rosa, la sección dominical de El Tiempo destinada a los rumores de nuestro 'jeep set' , pocas veces toca con los chismes del mundillo cultural. En compensación, el pasado domingo incluyó tres notas sobre escritores.

La primera se refiere a la biografía de Álvaro Uribe Vélez, titulada El señor de las sombras, que prepara el periodista norteamericano Joseph Contreras con la asesoría tortuosa del 'Señor de la Mosca' , Fernando Garavito. Es inevitable percibir por anticipado el olor de carroña. El amargo Garavito es esencia que goza hace años de un merecido desprestigio en el ambiente literario bogotano. Como sus rabietas mezquinas.

La otra nos ilustra, como el exilio de Garavito, por supuesto, sobre el respeto que Colombia concede a sus escritores. Cuenta que Pardo Llada cuenta, así ruedan chismes, de me contaron en me contaron, que un personaje de la sociedad caleña propinó al novelista y columnista Antonio Caballero dos tremendas bofetadas, por haber irrespetado la memoria de Álvaro Gómez Hurtado. Un gesto digno del mejor laureanismo. Del estilo del predicador del atentado personal, que así nos tiene, en los días incendiarios de su aguerrida juventud y de su monstruoso padre.

Además, según Teléfono Rosa, Pardo habría calificado a Caballero de escritorzuelo miserable. Con arrogancia evidente. Y peor injusticia. Es imposible llamar escritorzuelo al autor de Sin remedio, que se convirtió hace años en una especie de conciencia crítica del país, en un lenguaje de una sencillez y una claridad admirables. A riesgo de parecer cómico y repetitivo. Y miserable a uno con su independencia. Jamás Caballero usó sus palabras para otra cosa distinta de hacer una diatriba saludable contra el poder, en un país de trepadores, condenado a sus hechizos infames.

La tercera reseñó una tertulia literaria, celebrada el jueves pasado en Bogotá en la que Álvaro Uribe Vélez recitó a De Greiff ante distinguidos representantes de nuestro poetariado como Mario Rivero, Federico Diazgranados, Alexandra Samper y Margalida Castro. Y Roberto Posada, Fernando Gaitán, el libretista de Betty la Fea, Adriana Ricardo y Álvaro Osorio. Yo fui, por hambre de compañía de lobo estepario en menguante.

Además, me intrigaba saber por qué el candidato disidente del liberalismo había rematado el discurso programático o de postulación presidencial, carezco de discernimiento para estas mecánicas, con un poema de los últimos días de santón de Gonzalo Arango: una mano más una mano no son dos manos son manos unidas. Etcétera. Uribe me explicó: su padre, me dijo, había sido amigo de Gonzalo. Andinos ambos. Me pidieron que definiera el nadaísmo. Como es indefinible, hablé de Fernando González, el precursor, del fundador gonzaloarango, de las calidades humanas de los dos, de su valor y hombría.

Dije que eran de esos hombres raros hoy, que son uno solo en palabra y acción, en alma y obra. Un pernicioso trajo a colación momentos oscuros del nadaísmo en Medellín, como el incidente del falso sacrilegio de la Basílica Metropolitana que inventaron dos borrachos en trance místico y una beata empapada en el agua bendita del amanecer. Avergonzado en medio de tantas señoras recién bañadas y refinados ejecutivos proclives a los ocios de la poesía y el candidato abstemio, hice un relato somero de los desmanes de nuestra juventud atrabiliaria, cuando quisimos cambiar el mundo y salvar a Colombia de sí misma con manifiestos y poemas. La dulce Gloria, la anfitriona, haya perdonado mis imprecaciones y mis añoranzas escandalosas. El recuerdo del cigarrillo en la alfombra le impedirá olvidarme.

Cuando salí, los alrededores del edificio atestaban de escoltas y carros policiales. Me dio lástima por el país. Y por Álvaro Uribe, que sabe que los asesinos acechan. Pero sobre todo, que este joven de corazón decente y frágil apariencia, que recita a De Greiff y ama los caballos, haya decidido echarse la cruz de este país inamansable que tanto amamos y nos duele. Y además, así de miope: me calculó, ofendiendo sin querer lo más sensible de mi orgullo, once años más de los que tengo.

Tomado de El Tiempo, abril 23 de 2002, página 1-15


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