POR EDUARDO ESCOBAR
Los anarquistas encarnan un sueño poderoso, frágil y antiguo que se remonta a los primeros taoístas. No importa si es un sueño vano.
Contra los absolutismos de su tiempo y el centralismo creciente favorecido por la concentración de la riqueza, surgieron en el siglo diecinueve y prolongaron su influencia mística sobre el veinte un puñado de intelectuales salidos de la Internacional o recogidos por la marea de la historia en las playas oscuras de Hegel. Rusos, franceses, italianos, españoles. Los anarquistas. Una aristocracia del espíritu jurada sobre la enemistad con el Estado.
Suele resaltarse el aspecto sombrío de este movimiento de conspiradores frenéticos que sembró de bombas el camino de los soberanos europeos, ministros y duques, inmolándose muchas veces ellos mismos por su diosa altanera: la libertad. Sin embargo, en su tentativa de inventar una nueva, crecida en el suelo de oro de la solidaridad, no en el invernadero de la norma impuesta por la policía, los anarquistas duplicaron la utopía de la fraternidad, del manso comunismo que los discípulos de Cristo fueron incapaces de crear con sus parroquias.
Hablaban con entusiasmo religioso de fundirse con el otro en el ágape de una tierra convertida en abrazo. Fueron más que los horribles destructores de un orden, que formidables incendiarios como Bakunin, aunque escribiera más tarde esa carta al zar, famosa, triste y apagada, no exenta de alguna dignidad en uno que está de rodillas por fuerza. Pedro Kropotkin, ideólogo mayor del anarquismo moderno, dejó una moral elevada y noble basada en la bondad humana. Y una crítica radical del darwinismo para probar que el hombre no es fruto de la lucha y el triunfo del más fuerte sino de la unión, el apoyo mutuo, el encuentro. Aunque sea una simplificación, es verdad: fuera de un espacio para la expresión y el descanso, para el cuerpo y la sombra que lo sigue, tenemos necesidad del límite del prójimo, de su charla, su apoyo y su confrontación amorosa. Por algo el amor ha sido comparado con una lid tantas veces.
Los anarquistas en la vacaloca del siglo veinte no fueron más sanguinarios que los ejércitos de las democracias representativas, las monarquías o las dictaduras de derecha e izquierda. Pero siguen siendo apreciables sus recreaciones del poder aunque fueron experimentos efímeros, las experiencias de andaluces y vascos, como el padre Arizmendiarrieta, en tiempos de la revuelta española que aplastó el generalísimo Franco. El descarrío romántico que representaron, el derroche de gasolina y dinamita, fueron concesiones al estilo del diecinueve.
En su tendencia lírica cuajaron en los suburbios de la nación más poderosa de la Tierra en las alegres comunas jipis de artesanos y baladistas. Y el ideal hizo posibles hombres con la entereza de Toreau, padre de la resistencia pasiva y profeta del jipismo, y como León Tolstoi. Paul Valery, poeta funcionario del ministerio de defensa francés, en unas preciosas notas sobre anarquía pura y aplicada, escritas en un rapto de inspiración y publicadas póstumamente, llama a Pascal un anarquista radical. Pero es Einstein el más eminente de los enemigos del Estado. En Colombia, Fernando González llamó a su primera obra, El derecho de no obedecer.
Los anarquistas encarnan un sueño poderoso, frágil y antiguo que se remonta a los primeros taoístas. No importa si es un sueño vano. De cualquier modo depositan, con una fe conmovedora que necesitamos hoy, una inmensa confianza en la bondad humana y en la posibilidad de una sociedad de hombres y mujeres que lleven la alegría en sus actos, sin vanidad, faltos de ambiciones superfluas, entregados al trabajo común, el ocio creador y la fiesta del arte.
Tal vez, frente a los peligros vivos, reales y ciertos del control multinacional sobre los individuos, de ser arrastrados por la fuerza ciega de las cosas, transfigurados en monigotes unidimensionales y globalizados, peligros señalados por los filósofos del anarquismo jipi, Marcuse y Adorno, queda la esperanza de un estado sutil y transparente que no estorbe ni lastime, de comunidades singulares y pequeñas de amigos que ignoren la guerra y la compasión y la injusticia y la envidia al mismo tiempo.
Tomado de El Tiempo, martes 23 de julio de 2002