El Pentágono ha hecho muy bien, o muy mal, las cosas para las cuales fue creado. La guerra sucia. Y la mentira limpia.
POR EDUARDO ESCOBAR
La noticia publicada en EL TIEMPO el 20 de febrero de 2002 dice que el Pentágono habría ideado un proyecto a cargo de la Oficina de Influencia Estratégica, creada después de los atentados del 11 de septiembre, con el fin de difundir falsas informaciones, como una estrategia contra el terrorismo. Contra el eje del mal, en el lenguaje técnico de la nueva teología. Algo así como un Ministerio de la Mentira.
La información evidencia una cosa. Que la esencia del poder es la mendacidad. Al anunciar que comenzará a mentir, el Pentágono envía el mensaje falaz de que una vez dijo la verdad. Pero el Pentágono ha hecho muy bien, o muy mal, las cosas para las cuales fue creado. La guerra sucia. Y la mentira limpia. Y al revelar que en adelante mentirá sigue falseando. Todo poder se asienta en dorados embustes. Los reyes se coronan para fingirse más altos. Se visten de armiño para parecer más anchos. Y, claro, mienten al hablar. Cuando los periodistas norteamericanos comenzaron a denunciar espantados las atrocidades del ejército de su país en Viet Nam, torturas, muertes sin juicio, uso de drogas pesadas para enloquecer la soldadesca, bombardeos de escuelas, ancianatos y hospitales (lo que hoy se llama con eufemismo indoloro, daños colaterales), el general Westmoreland declaró: mi gobierno tiene derecho a mentir para salvarse.
Las crónicas de la posguerra mortecina, intensa y tensa -pero tal vez fue otra farsa - cuentan que los diplomáticos yanquis filtraban en los tratados expresiones ambiguas del inglés que pasaban desapercibidas para los extranjeros. La diplomacia es el arte de los prestidigitadores, que esconden pañuelos en el cubilete para sacar palomas y esconden palomas para sacar espadas. Por eso es ceremonia secreta.
El poder miente siempre. El realismo político que distingue a los plutócratas posmodernos, usa del fingimiento y la traición, como en los tiempos de los chamanes y Diocleciano.
Un mito que el mundo moderno convirtió en certeza atribuye a los católicos latinos la invención de la mentira. Según esta marrulla, los anglosajones luteranos serían propensos a la veracidad. Otra falacia en la maquinaria de las imposturas culturales de Occidente. Su candidez famosa, su buena fe de superficie, ejercen una manera sutil del mentir: la seducción. Y cuando falla, recurren a la piratería. Esto no quiere decir que sean los padres de la mentira. Ni los inventores de la piratería. Ni más faltaba. La mentira es un recurso de la vida en todas partes. Entre ladrones y políticos. Entre los amantes y los sacerdotes.
La astuta mariposa usa la artimaña de sus alas, que nosotros, animal aranero por excelencia, confundimos con la belleza, para asustar con monstruosos ocelos sus predadores. La flor matinal atrae a su vulva perfumada las abejas polinizadoras. Nuestro perro con su cola adulona nos ablanda el corazón para someternos. Y el payaso nos pone a reír, por la taquilla, de nuestros fracasos multicolores.
El mundo hoy tiene por fundamento una formidable armazón. Los publicitarios prosperan en la hojarasca de nuestras ilusiones y deseos de galletas, canciones y amos. La civilización refina las mentiras de Caín, nuestro secreto héroe cultural. Trajes, maquillajes, adornos, son formas de la simulación. Las palabras, un desvío de ocultamiento. Peor las más sonoras. Las imponentes modelos que nos proponen como arquetipos de la feminidad, volúmenes inobjetables, son silicona sin alma, hechuras de peinadores. La evolución es un terco entramado de engaños. La verdad en su pureza sería la bestialidad antigua de la que tratamos en vano de alejarnos por el vestido, la palabra de doble fondo y la retórica de los ministros de la mentira.
Todo es mentira. Menos esta afirmación. Y el amor de la patria lo mismo que tu amor. Parodiando al poeta francés.
Un funcionario añadió, a modo de consuelo: el Pentágono dirá siempre la verdad aun cuando utilice tácticas engañosas. Que nos sigan mintiendo pues. Que nosotros seguiremos fingiendo que creemos en sus mentiras, para sobrevivir en la gruesa bernardina de este mundo.