POR EDUARDO ESCOBAR
Alguien es amigo de veras cuando podemos estar juntos como si estuviéramos ausentes.
Un filósofo envigadeño dijo que amigo es aquel con quien tenemos secretos y no negocios. La amistad es un sentimiento indefinible. Para empezar, no depende de la asiduidad del contacto. Muchos han sentido el frío de permanecer junto a una persona toda la vida sin vislumbrar su alma, nada querible ni reconocible o compartieron una mesa con un grupo de contrabandistas, banqueros o simples ladrones de calle o campesinos rasos y siguieron siendo los mismos al levantarse, desde los años de la Magdalena.
Todos hemos tenido la experiencia feliz de hallar un amigo que se diluye luego entre los seres indiscernibles de este mundo deleznable. Todos hemos tropezado por azar una persona que parecía antipática de lejos, por su aspecto, los gimientes zapatos o algún vicio aparente de carácter, que se fue embelleciendo hasta convertirse en compañero infaltable, a medida que penetramos en su ser, su sensibilidad y su clima. La amistad es un microclima. Se habla del calor de la amistad.
Por la magia de la amistad vencemos de algún modo sutil a la muerte. Esta vuelve incorruptibles a los amigos muertos. Yo mismo tengo unos pocos amigos idos de quienes jamás me aparto. Que van conmigo siempre. Y me ayudan a sobrevivirme.
Existen amistades enigmáticas. Entre personas que jamás se vieron las caras. Quién no estableció alguna vez una amistad epistolar, amorosa o intelectual. Internet ha multiplicado la posibilidad de esta clase de correspondencias. Esto probaría que lo que importa no es el cuerpo, sino el espíritu. Lo que pensamos. No lo que pesamos. Pero, además, la amistad no está hecha siempre de meras concordancias. De hecho, todo encuentro se produce en la diferencia. Para lo otro existen los aduladores y los espejos.
La forma más indigna de expresar la devoción por otro es empuercando a sus adversarios. Hasta para odiar se necesita grandeza. El que es enemigo mezquino será amigo pequeño también.
Quienes hicimos de los libros una vocación contamos con las amistades entrañables de nuestros autores predilectos. Siempre volvemos a Montaigne para entender la cobardía, la amistad y la ecuanimidad. A Montale, para la luz de los limones. A Nietzsche para afinar la desconfianza. Sartre dijo que la literatura es una comunidad con los muertos.
La amistad es también una reunión de solitarios. Alguien es amigo de veras cuando podemos estar juntos como si estuviéramos ausentes. El silencio es un tesoro que solo se puede compartir entre amigos viejos. No hay nada tan opresivo como el silencio de un extraño. Fuera del ruido del insensato.
Lo que a veces llamamos amistad por ligereza son uniones superficiales, roces sociales. Uno dijo que la felicidad es un bosque de amigos. Pero un bosque de amigos es imposible. Eso es una asamblea. O un linchamiento. La amistad es un jardín de invernadero. Es decir, si tienes una suerte endemoniada. Los griegos creían que un solo amigo es un privilegio que los dioses no conceden a todos. Nietzsche, el aristócrata, despreciaba al hombre de muchos amigos porque, decía, estaba a la altura de muchos. Aristóteles dijo: oh, amigos míos, no hay amigos.
La insidia suele ocultarse bajo el honesto traje de la moralidad. Pero es una vieja ley sicológica válida desde los tiempos de David y Urías, que los pecados que más nos escandalizan en el prójimo son los propios. El escándalo no hace más que revelarnos. Como los chistes que nos hacen reír.
La palabra amistad es misteriosa. Cómo pueden ser amigos una mosca y un elefante, nadie sabe. Pero vemos cómo abusan de las ambigüedades de la noble palabra, amigo para lanzar, envueltos en recuerdos eruditos de cartilla, dardos estercolados, gaseosos, gargajos gratuitos, contra un adversario político, los que esconden bajo las casullas de los principios el rencor de oficio del amargado y el interés de una camarilla. Pervirtiendo de este modo la actividad política y el periodismo al mismo tiempo. Sin aportar algo, que es lo peor, al antiguo y difícil arte de la injuria.
TOMADO DE “EL TIEMPO”, ABRIL 30 DE 2002, PÁGINA 1-15