CONTRAVÍA

Apología de un hiperactivo

POR EDUARDO ESCOBAR

Nada será fácil, pero Uribe representa la penúltima oportunidad de realizar una gran labor terapéutica en un país enfermo.

Nuestras costumbres políticas prescribían, como recuerda la historia patria próxima, que los futuros gobernantes, al salir victoriosos del agotamiento de las campañas con aguardiente a cuarenta grados a la sombra, sancocho de gallina saraviada, leche de cabra en totuma, abrazos de caciques regionales y besos con negritos para el fotógrafo a sueldo, fueran a remojarse los talones cansados en las playas de Miami y las lenguas cansadas con whisky en las rocas o a descansar de promesas en el Prado o el Louvre, según su formación y su color político. Si no fue verdad debió ser. Y se obvió, para disminuir el magnífico ridículo.

Mientras tanto, hacían con sus allegados, trincas de bellacos hartas veces, la contabilidad de los negocios pulpos en las aguas removidas de los siguientes mil días. Y gozaban de la poesía secreta del contrato.

Álvaro Uribe rompió la norma rancia. Para empezar, en la campaña pasó por las verdes y las maduras y al cabo de bombazos de veras y plomazos de calumnias acabó por realizar una virtual, mediática, de espíritu puro, de acuerdo con una vocación eléctrica. Y a tres semanas de elegido, aclamado por la esperanza y el cansancio unánime del intenso desorden, hizo lo que muchos tardaron en no comenzar un amargo, honrado, tal vez, cuatrienio. Por la candidez del ignorante. O por la impotencia precoz del vanidoso.

Ya diseñó un vasto plan de asepsia para vacunar el Estado contra parásitos, antes de posesionarse del corazón de la orquídea podrida de este país sembrado en esmeraldas. Puso a trotar a sus ministros futuros en jornadas de once horas en un lánguido país que se mata entre bailes y charlas veleidosas. Alistó un vasto tejido de contactos internacionales basado en la claridad conceptual, no en la retórica venial de la venia ni en la sumisión mortal del compromiso. Y completó la maqueta de una inmensa reforma del alma colombiana en la que todos estaríamos obligados a colaborar si fuéramos lógicos. O tan solo sensatos.

Sin embargo, ya comienza a sufrir las mordeduras de los poderes lastimados. Las nubes de moscas de los juanes sin tierra. La mezquindad antigua como el día cuando salimos de los pelos ariscos de un mono.

Porque nombró demasiados funcionarios antioqueños y huele a carriel en exceso. O demasiadas señoras y huele demasiado bien. Porque puso a una ex modelo a manejar generales, lo que no es más que un golpe de imaginación. Porque fusionó unos ministerios pero dejó otros intactos.

La inercia conocida de las cosas nos permite esperar que las insidias manifestadas aún con la timidez del que estrena hieran e infecten la vasta reforma anunciada del Estado y las costumbres que nos condujeron a esta postración. Nada será fácil. Pero Uribe representa lo posible, no hay duda. La penúltima oportunidad de realizar una gran labor terapéutica en un país enfermo.

Él mismo declaró que no se las sabe todas. Porque sabe que el vanidoso está paralizado por la imagen prepotente de sí mismo. No se trata de entregarle un cheque en blanco, como dijo un maquillador urbano. De disminuir la vigilancia, como dijo el otro. O de renunciar a la oposición propia de una sociedad saludable. Desde los tiempos impíos de Maquiavelo, el peor enemigo del regente es el adulador que envenena su corazón con mieles y se introduce en su alma por los laberintos complacientes del oído.

También es cierto, desde Sócrates, que la oposición debe comenzar contra nosotros mismos antes de merecer el privilegio de ejercerla contra el prójimo. Que el mezquino en el juicio del otro termina por ser cruel consigo mismo.

Los bufones de las obras de Shakespeare fueron la expresión festiva de la crítica del poder. Descomponían la autocomplacencia del soberano enfrentándolo con su sombra. Y recordaban entre chistes y chanzas que el Estado no es más que una institución encaminada al desarrollo de la personalidad humana. Y que si las circunstancias exteriores derivan de la estructura anímica de las personas su función no es contratar sino educar.

Tomado de El Tiempo, martes 30 de julio 2002, página 1-13


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