Medellín - Antioquia,  

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Número 10


  

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Anónimo.
Escuela antioqueña.
La Santísima Trinidad.
Óleo/tela, 70 x 60 cms.
Siglo XVII - XIX
Colección particular, Medellín

* Una Santísima Trinidad diferente

* Benigno A. Gutiérrez, caricaturista y fotógrafo

* "El libro de los oficios de antaño"

* Las paredes hablan

* "Lugares ajenos. Relatos del desplazamiento"

* Los artesanos, pieza clave de la nacionalidad

* Poemas de Elkin Restrepo, Edgar Trejos, Everardo Rendón

* "Fatum", de Pedro Arturo Estrada

* Noticias

caricat4.jpgBoletín informativo de la Sala Antioquia,
dependencia de la
Biblioteca Pública Piloto
de Medellín para América Latina.
No. 10, Abril 2001
Editor: Jairo Morales Henao
Coordinador Sala Antioquia
Colaboran en este número:
Luz Posada de Greiff,
Pablo Guerrero,
Roberto Burgos Cantor
Elkin Restrepo
Edgar Trejos
Everardo Rendón
Javier Mario Franco Ossa
Gustavo Vives Mejía
Jairo Morales Henao
Diseño: José Gabriel Baena
Asistente: Claribel Chalarca

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bpp

Biblioteca Pública Piloto
de Medellín para América Latina
Directora General:
Gloria Inés Palomino Londoño
Jefe División Información y Cultura:
Miguel Escobar Calle
Carrera 64 No. 50-32, Medellín, Colombia
Tel: 230 24 22 Fax: 230 53 89
Sala Antioquia: Tel: 230 45 38
E-mail: compiloto@epm.net.co
Impresión:
Editorial Marín Vieco Ltda.

luz posada de greiff/CARICATURA

Benigno A. Gutiérrez, caricaturista

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Don Benigno A. Gutiérrez también colaboró con caricaturas en los periódicos sonsoneños donde hacía, además, de administrador, articulista permanente y hasta de tipógrafo. En El Gato Negro, cuyas caricaturas resalta Heriberto Zapata Cuencar como "una de sus secciones más interesantes", fueron publicadas xilografías de su autoría, siete de las cuales logramos encontrar en nuestras búsquedas, no así ejemplares del periódico. ¿Será posible que fuera el mismo don Benigno quien en 1931 firmaba sus caricaturas en El Bateo con el dibujo de un gato negro? Personajes de Sonsón constituyen el tema de estas xilografías, cuya calidad y sello original son patentes. Al pie de la caricatura escribía una semblanza del personaje, donde el afecto y el interés por estimular la obra pedagógica, musical o literaria que ellos cumplían, no impedían, para fortuna de biógrafos del futuro, que se filtraran datos concretos sobre sus vidas y trabajos.

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La publicación de esta nota y la reproducción de las dos xilografías busca señalar que el trabajo de Benigno A. Gutiérrez como caricaturista es una tarea pendiente de nuestros investigadores, un capítulo por escribir en la historia de la caricatura en Antioquia.

 

 

 

NOTICIAS/

ADQUISICIONES ESPECIALES:

  • Correspondencia inédita de Elías González, referente a la Concesión Aranzazu y a la Sociedad González Salazar, fechada de 1828 a 1850.

Este fondo documental está compuesto por más de 150 cartas y 27 documentos públicos, datados entre 1841 y 1850, que se encuentran en proceso de organización, análisis y procesamiento antes de ser puestos al servicio de los investigadores. Tanto los especialistas y estudiosos del tema de la Colonización Antioqueña como la comunidad académica universitaria, comprenderán que se trata de una adquisición excepcional por el peso que tuvo dicha Concesión en el proceso colonizador, como factor de confrontación.

Foto14.JPG (24434 bytes)Plano de Manizales, 1850

 

  • Varios centenares de volúmenes de la biblioteca personal del escritor Adel López Gómez, donados por sus familiares en el mes de enero de 2001. Este fondo se suma al archivo personal del escritor, entregado a la BPP hace algunos años.

  • 293 tomos empastados de prensa del siglo XX, principalmente de Medellín y liberal. Títulos como La Organización, El Heraldo de Antioquia, El Correo de Antioquia, El Diario de Colombia, El Correo, El Tiempo y El Correo Liberal, hacen parte de esta adquisición.

  • Edición facsimilar del Libro de registro de adjudicación de solares a los pobladores del área de población de Manizales, editado por BANCAFE y con autoría del investigador Albeiro Valencia Llano. Acompañan la publicación de este documento excepcional sobre el nacimiento de la ciudad y el proceso colonizador; un catálogo explicativo sobre el contenido del libro de registro, su historia y contexto histórico, y un volumen con una historia sucinta de la ciudad.

  • Artículos y fotografías de Eladio Vélez.
  • Noticia Bibliográfica: El libro Introducción a la historia económica de Colombia, del historiador antioqueño Alvaro Tirado Mejía, ha llegado a su vigésimo primera edición. Si se tiene en cuenta que su aparición data del año 1971, lo que indica una nueva edición cada año, es claro que, dentro de las condiciones económicas y culturales del país, y teniendo en cuenta el carácter del texto, es un hecho que estamos ante un verdadero éxito editorial. Y es claro también que si ha ocurrido así es porque tiene calidades que lo han impuesto aun entre públicos distintos al de los investigadores y especialistas. La claridad expositiva, la perspectiva crítica, la fundamentación seria del estudio y la aproximación, aunque panorámica, muy completa al desarrollo económico del país desde sus orígenes hasta el siglo XX, constituyen las bases de ese éxito.

 

jairo morales henao / LIBROS

"El libro de los oficios de antaño"

En nuestro medio, las aspiraciones de un escritor principiante son, de manera predominante, las más altas. Si se propone ser un narrador, el fuego de sus fuerzas emuladoras tendrá como horizonte lo cimero: Melville, Flaubert, Proust, Kafka, Mann, Joyce, Faulkner, y, por supuesto, los grandes de la novela latinoamericana contemporánea. Aspirar a "menos" lo considerará una concesión inaceptable, un proyecto mediocre. Lo mismo ocurre con quienes aspiran a obtener algún día el laurel del reconocimiento poético: Dante, Shakespeare, Byron, Keats, Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Verlaine y Rilke, serán algunos de los nombres entre los que nuestro autor novel comprendió que estaban sus pares, aun antes de sentarse a emborronar su primera cuartilla.

Quien estrena armas literarias en el país compartirá también con su época la fe en que por fuera de la novela, el cuento y la poesía, no hay salvación. Valorado en las capas cultas en el mismo rango que éstos géneros, la verdad es que la tradición y dignidad del ensayo son dejados un poco de lado por el amplio público lector. Y si esto sucede con el ensayo, ¿qué podrán esperar el escolio, la estampa, la crónica o las impresiones de viaje, que en muchas literaturas europeas son el sustrato de la llamada literatura "menor"? En lugar de menospreciarse, en Europa esa escritura se ha ejercido siempre con esmero y eficacia, aun por autores de primera categoría (recordemos los libros de viajes de Goethe y Stendhal), hasta hacer de ella una tradición respetable, una añeja, constante y brillante capa dentro de la totalidad del discurso literario, a cuyo cultivo se dedican de manera exclusiva durante toda su vida muchos y excelentes escritores, y sin mala conciencia, es decir, sin pensar que tal proyecto sea inferior, carente de verdadero estatuto artístico, y que por eso pueda ejercerse de cualquier manera. Todo lo contrario. Julio Camba, escritor y periodista español del siglo XX, es un buen ejemplo europeo, entre muchos posibles.

Países, ciudades, cocina y viajes, fueron temas preferidos por la pluma de don Julio Camba. Libros como Londres, Alemania o La mesa de Lúculo, son magníficos en su especie. Cosmopolita, bon vivant, gastrónomo y buen lector, estaba dotado y preparado para escribirlos como pocos. Su cultura, sensibilidad y trabajo, le posibilitaron elaborar una prosa moderna, ágil, precisa, extraña a toda ampulosidad y a estrecheces nacionalistas; una prosa chispeante de humor y autoironía, incisiva, irreverente, y dueña de ese control y mesura que sólo pueden brotar de la experiencia y la cultura. Al igual que quienes escogieron ese segundo plano, tampoco quiso cargarnos con su "mangnum opus", con su respectivas "Montaña Mágica" o "Fausto". Hay que agradecerle que haya preferido a toda pretensión de trascendencia, la voluntad de buscar el placer del lector dentro de un horizonte de escritura ameno y culto, sin engarzar sus asuntos a estructuras ficticias, sino de la manera como lo hace todo buen cronista, que elige un objeto, un tema, y lo verbaliza como asunto central, no como momento de una estructura episódica más amplia, de tal manera que sus posibilidades de sentido puedan desocultarse, que logren una intensa expresión poética, bien sea por lo que representaron como experiencia con nombre propio en la vida del autor o por el valor general que éste ve o establece en él. Un viejo, en particular, o la vejez, en general; un panadero tratado en la infancia o el oficio de hacer el pan; "un viaje" o "el viaje", o el sacudimiento de nostalgia que nos mete un atardecer.

A pesar del prejuicio contemporáneo señalado arriba, sobre lo que no sea cuento, novela y poesía - de donde deriva la ilusión de creer, digamos, que una novela, por serlo, es de entrada superior a un libro de crónicas, independientemente de toda comparación a nivel de los textos - , en el país se escribió en el pasado abundante y buena crónica, y también prosa poética, semblanzas o notas sobre esto o aquello, desbordantes de eficacia literaria. Era

Foto6.JPG (27662 bytes)un placer dominical, o de entre semana, leer los textos de Luis Yagarí, José Gers, Adel López Gómez, Eduardo Mendoza Varela, Jaime Paredes Pardo, Lino Gil Jaramillo, Blanca Isaza de Jaramillo Mesa, Hernando Téllez, Eduardo Caballero Calderón, Eduardo Guzmán Esponda (un agradecimiento tardío me amontona sus nombres en el teclado) o las reediciones de los de Luis Tejada. Los anticuarios de Bruselas, una abuela sobre un desvaído fondo de égloga, una mujer vieja que se acicala en el vagón de un tren, el encuentro con un óleo en la sacristía de una capilla doctrinera, un animal doméstico, un patio de infancia, los senderos que acompañaban un río o el fumar en pipa (elaborado el texto con tanta delicadeza que más parecía que la escritura fuera soñada y las palabras ascendieran azules en el humo), se trasmutaban en sus plumas en brasa de reflexión poética, en pulsación que hacía cantar hasta las cosas y seres más comunes y anodinos. Con las diferencias naturales que imponían sus particulares sensibilidades, todos ellos _ y los que con toda seguridad escaparon a nuestra memoria _ llegaron a escribir una prosa que tenía vuelo poético, originalidad de imágenes, equilibrio en la composición, textura melódica en cuidado tono menor y ámbito de pensamiento, lo que era posible por la voluntad de estilo, la recursividad verbal y la cultura que los animaba. Horizonte que contrasta con la pobreza y hasta torpeza estilística de no pocas novelas y libros de cuentos de actualidad, incluso muy promocionados.

El libro de los oficios de antaño es una buena muestra de que la tradición de la buena crónica literaria no ha desaparecido entre nosotros. Y tampoco la estirpe de los impecables, talentosos, modestos y cultos escritores "menores". A Eduardo Santa se le deben libros tan leídos y releídos como Arrieros y fundadores, El mundo mágico del libro, Rafael Uribe Uribe, La provincia perdida o El pastor y las estrellas. Los textos agrupados en el volumen que hoy nos ocupa, se nos antojan vitrales iluminados por un común fulgor poético; y en tanto son imágenes evocadoras de una franja de una vida que fue, los anima un mismo impulso narrativo y descriptivo. De ahí que cada uno pueda leerse por aparte: encierra en sí mismo un fragmento completo porque hace memoria de un oficio y de su ámbito físico y humano; y que pueda también asimilarse en su condición de parte de la composición total que recoge y recrea la melodía y materialidad de la vida en los pueblos y pequeñas ciudades en la Colombia de las primeras décadas del siglo XX. La poesía de cada crónica contribuye a la de las restantes y del conjunto de esa manera indefinible que tiene la poesía de hacerlo. Y hablamos aquí de poesía en un doble sentido: como espacio verbal en el que las imágenes de la gramática literaria no son huéspedes extraños, como veremos _ lo que establece un horizonte estético, un canon - , y en el de apresamiento y fijación eficaz de un paisaje humano que caracterizó nuestra provincia hasta hace no muchas décadas, lo que consigue la crónica desde el ángulo opuesto al tratado, que es exhaustivo, desde la evocación de lo esencial, y lo esencial es la cifra humana, los gestos diarios que definen un oficio y por lo mismo un destino, porque el oficio es la naturaleza de nuestros vínculos con el mundo y con los otros, y esto es en últimas nuestra realidad más específica, nuestro ser.

¿Qué origen distinto a la nostalgia pudo tener este libro? "Muchas veces en mi vida me he detenido a pensar en todos aquellos oficios que fueron tan comunes y corrientes en mi época de infancia, en todos nuestros pueblos, aldeas y veredas, y los evoco con inmensa nostalgia, sobre todo cuando pienso, también, que casi todos ellos han desaparecido pro completo, arrollados por el paso inclemente de una tecnología que, aunque se proyecte en progreso materiales, ha venido deshumanizando al hombre..." Pero en este "pequeño libro" esa geografía humana ha sido recuperada del olvido al ser fijada en imágenes perdurables por lo eficaces en su convincente potencia recreadora. Que la infancia del autor estuvo hecha en mucho de un contacto diario con los personajes evocados, es una de las raíces de la atracción que el libro le impone al lector. Lo que se nombra se vivió. Seguramente _ como le sucede a todo aquel que recurre a la crónica o la estampa _ inventa aquí o allá algún dato, un episodio (como la ficción, la crónica es seducida por el deseo de mejorar la realidad), pero el libro impone la seguridad de que se escribe sobre cosas vividas. La otra fuente de su vitalidad es, por supuesto, la escritura, cuyos rasgos son los mismos que señalamos como los de la buena crónica poética. La imagen del vitral nos ha parecido que encaja muy bien con la apacible luminosidad aldeana de estos cuadros, con su precisa representación figurativa y narrativa. Sólo que son vitrales dotados del movimiento episódico de la anécdota y de la textura de lo verosímil que entregan los nombres propios de seres y cosas tanto como los acontecimientos, que abundan. Esta materialidad histórica aleja el peligro de lo que sólo podrían ser vaguedades liricoides, invocaciones fantasmales. El símil, la metáfora, brotan adheridas como la hiedra a la piedra de lo histórico, de lo que tuvo rostro y nombre propios. En suma, pues, vitrales que reactualizan su realidad originaria, exultante de humanidad que pisó la tierra _ algo más entonces que una pintura _ en el acontecimiento de la lectura. Realidad que, por serlo, incluye lo delicado y lo áspero, la alegría y la pena, el sudor y el canto, la malicia y la inocencia, lo generoso y lo mezquino, es decir, tanto la prosa como la poesía de la vida.

Más o menos medio centenar de oficios se reúnen en las 160 páginas de este libro. Todos estos hombres invitan por última vez al poeta a Foto8A.JPG (15638 bytes)

sus talleres y a las calles del pueblo donde él los viera de niño. No hay un orden preestablecido para las visitas. Le han aconsejado que se deje llevar por el mismo azar que guiaba sus callejeos de niño. Sólo le piden que lo haga sin afanes, dentro del mismo sosiego del tempo de antes. El poeta acepta esa condición y hace más que verlos, se sienta a mirarlos trabajar, va tras ellos por las calles del pueblo, los acompaña a sus trastiendas, palpa lo que hacen, escucha otra vez su parla habitual y entorna los ojos para mejor seguir los pregones de sus ofrecimientos. Por eso la poesía aparece "como el agua que fluye", brota con suave movimiento para redimir con su luz lo que hasta ese momento permanecía indiferenciado, opaco, común entre las demás cosas; no, pues, la poesía entendida como adorno, como exterioridad, como sonoridad superflua. "La figura del farolero, alta y delgada, como una sombra tendida en su camino, envuelto en aquella capa oscura con la que trataba de protegerse del frío, de la lluvia y las escarchas, con su larga vara, portadora de la luz y las tinieblas... " "Al afilador de mi aldea siempre le sobraron. Porque era un hombre triste que sólo sabía producir aquella música para domesticar las tardes melancólicas y para adormecer los balcones coquetos y ponerlos a soñar con las mañanas lluviosas" "Como si el humo que salía de sus pipas ordinarias, lanzado al aire con la lentitud y el cansancio de sus vidas gastadas, les fuera dibujando en torno suyo las rutas inescrutables

Foto7.JPG (43238 bytes)de todos los caminos por andar", escribe sobre los gitanos que pasaban por su pueblo. "El alfarero de mi pueblo era tan silencioso como todos los dioses del mundo. Prefería hablar con aquellos dedos que tenían la agilidad sensual de los amantes en celo. Y de aquel contacto entre el calor de sus manos y la docilidad de la arcilla iban saliendo, lentamente, brillantes de humedad y de luz, aquellos seres apacibles que tanta semejanza tienen con el hombre: las grandes y pequeñas ollas y los esbeltos cántaros. Porque en ellos cabe la transparencia del agua, al igual que en el hombre la transparencia de su espíritu. Así, siempre silencioso y pensativo, el alfarero comprendía, en lo más hondo de su ser, que todo el universo había sido hecho con esos dos elementos: agua y barro. Quizá, también, con un poco de fuego. Por eso el tenía también en su taller ese otro elemento. Lo veía crepitar en su pequeño horno, pero también lo sentía arder entre sus propias manos". Y en palabras fundidas en el mismo horno de su taller de poeta nos hablará del boticario, el herrero, el jaulero y pajarero, el talabartero, el deshollinador, el carpintero, el peluquero, las costureras domésticas, el organillero, el fotógrafo, el toldero y otras decenas de oficiantes del trabajo artesanal y otros oficios. Para todos y cada uno el ardor de sus dedos y su corazón fue el mismo.

La pérdida de que Eduardo Santa habla en el prólogo: "Ellos ya no volverán a decorar con su presencia las calles de nuestras pequeñas ciudades y poblados. Se fueron con los tiempos, silenciosamente, sin despedirse siquiera, de una manera inadvertida, como se van desprendiendo las hojas de un calendario, a medida que pasan los días", ha sido conjurada por la realización del libro. Por eso el aparte final constituye el cierre que el libro necesitaba:

Ahora sé que están aquí, todos ellos, reunidos como si este pequeño libro fuera la plaza de la aldea. Sé que aquí puedo encontrarlos, porque este ha sido el lugar de nuestra cita. Y he podido verificar que todos ellos han acudido a mi llamado, con la humildad con que vivieron sus vidas silenciosas y amables. Sé que cada vez que recorra estos apuntes, puedo volver a recordar sus nombres, sus características personales, sus vidas, sus vicios, sus virtudes, sus intereses y sus sueños. Y sé, también, que todos mis lectores podrán encontrarlos, de igual manera, siempre dispuestos a contarles la verdad de sus oficios.

Eduardo Santa ha escrito este libro por muchos y para muchos colombianos, cuyas infancias están pobladas con todas o algunas de esas presencias. El libro de los oficios de antaño es una recuperación, existencial y poética, de la memoria colectiva. Nuestra experiencia lectora nos secretea que cuando muchas novelas, hoy publicitadas, yazgan en un justo olvido, este librito seguirá encontrando avezados y fervorosos lectores. Le sucederá lo mismo que a los libros de prosa no ficcional de Azorín, que durante décadas han enterrado centenares de novelas españolas, incluyendo las del propio Azorín. Esta reflexión nos consuela de un deseo _pregunta que nos rondó al terminar la lectura: ¿por qué en lugar de un libro de prosas como éste, no escribió Santa una novela de infancia?_. En sus páginas ronda la inminencia de una novela que hubiera cumplido fundamentos como dominio de mundo, personajes complejos e individualizados, cosas que contar y verosimilitud _ si no argumental, sí vivencial - . Sin embargo, tal vez como novela el libro hubiera perdido. En este sentido es posible que el autor haya tenido presente una frase magnífica de Ramón Gómez de la Serna, que citamos en otra oportunidad ante un libro similar: "Nada de poner en ordencito las cosas cuando se trata de dar la sensación de la vida caudal".

Eduardo Santa. El libro de los oficios de antaño. Santafé de Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1998.

 

POESÍA

De este lado

Al levantar la vista,
allí, en el balcón,
del color de las flores,
el instante perfecto.

Tuyo, tarde, es este
pliego luminoso.

Como si alguién supremo
hubiera escogido
el lugar para descender.

El rubor de las pequeñas hojas.

El azogue encarnado en la ventana.

Tal presencia
me estremeció.

Y por mirar, quedé en vilo.

Un parpadeo.

Y un instante,
que al dudar de su realidad,
enseguida pasó.

Elkin Restrepo

Borges

Centinela del sueño imaginado
En un jardín de páginas brillante,
Duende del verbo, buscador errante
Por sendero de dioses olvidado.

Afilando palabras como espadas
Abraza a su Leonor eternamente,
Otra mujer jamás cupo en su mente,
Sólo fue suyo el reino de las hadas.

Sus ojos apagados bajo el cielo
Conocieron las luces y la sombra;
No más forjar el verso fue consuelo.

Hoy el trono amarillo de la historia
Erige monumentos y lo nombra,
Pero él sabe que es vana toda gloria.

Everardo Rendón Colorado

Encuentro

Con regocijada lengua
con regocijado corazón a veces
escribo entre días de humo y alba incierta
levanto palabras de silencio de miedo
para que la miseria
-este rostro de impotencia que me vive-
no deje más olvido
bajo los árboles de sueño y de alegría
que transitan despiertos en la sangre.
Toda la vida he ignorado el fracaso, este insomnio,
porque he querido encontrarte
he querido un encuentro sabes
una pasajera esclusa de la noche
para restaurar la ausencia
y aunque nada augure tiempo amable
desde siempre:
algún día
algún día muy pronto quizá
arrancaré el ancla que tiene atado a mi navío
para hallarte.
Con regocijada lengua
con regocijado corazón
lo anuncio.

Edgar Trejos

 

PATRIMONIO / javier mario franco ossa

 

Las paredes hablan

¡Alto! No me derribes, soy el muro, tengo mucho que decirte, esculca bajo mi piel y tendrás la historia de mi alma, la de los humanos. Te diré cómo fueron, cómo son y cómo serán...

Siempre ha existido un "saber hacer" en las tradiciones arquitectónicas locales, que ha permitido durante siglos habitar y desarrollar la vida material y social de los hombres. Este conocimiento ha dado como resultado la formación de un tejido arquitectónico en entornos urbanos y rurales que refleja la "manera de ser" de la sociedad que lo produce.

La formación de ese tejido urbano ocurre con la superposición, a lo largo de los tiempos, de sucesivas capas construidas sobre tramas urbanas preestablecidas, que producen como resultado un "collage" de diferentes arquitecturas, reflejo de los estados del desarrollo de sus autores. La construcción de esos rasgos que conforman la imagen actual de los pueblos se dio mediante una dinámica de transformación lógica y coherente, o al menos dentro de una escala de proporciones domésticas hasta hace relativamente pocos años. De esta manera conviven en los pueblos fragmentos que contienen el germen primitivo de una calle en las afueras, de trazado sinuoso y bordeada por cercas vivas y fachadas discontinuas de bahareque; con plazas de planta rectangular, inscritas en un trazado de calles rectas, flanqueadas por fachadas planas de paramentos continuos. Estos espacios fueron construidos bajo códigos comunes como balcones, zócalos y aleros que le dieron unidad y armonía al conjunto, como resultado de una "forma colectiva de hacer arquitectura".

"Siempre en obras tus calles, tus aceras. Aquí abro, aquí lleno y cavo de nuevo en el mismo sitio y remuevo y vuelvo a rellenar". Guillevic

La experiencia vívida de la evolución de la imagen urbana la presenta entre nosotros el Parque de Berrío en Medellín, donde seguramente sus primeras casas de bahareque de un

Foto5.JPG (13887 bytes)solo piso y cubiertas de paja fueron reemplazadas por otras más elaboradas de dos pisos, balcones corridos, muros de tierra pisada y cubiertas de teja. A esta trama le fue superpuesta una cubierta republicana con una profusa ornamentación y se incorporaron nuevos materiales como el hierro, el vidrio, el yeso y el ladrillo. En esta etapa la transformación se limitó a la piel más que a la proporción de los volúmenes. Posteriormente aparecen en escena edificios como el de la Bolsa de Medellín, que a pesar de tener un diseño desarrollado en altura, supo generar un dialogo formal y volumétrico con la iglesia, apartándose [en altura ] y retrasando su fachada del paramento determinado por ella. En este gesto, con la importancia simbólica del templo de Nuestra Señora de la Candelaria, todavía se podía leer una continuidad en la evolución espacial del parque.

Pero el equilibrio de esta dinámica de transformación se rompió y aparecieron en el paisaje nuevos componentes de grandes proporciones que alteraron la escala doméstica del escenario que aún prevalecía después de los numerosos cambios. Ya las imágenes que dominan el paisaje no son colectivas, ni albergan actividades de interés común y significado simbólico para la mayoría. Los rasgos que hacían reconocible la ciudad se borraron, dejando a las personas sin referentes a los cuales amarrar la conciencia de

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ser quienes son. "Una casa pertenece tanto al que la mira, como al que la habita". Proverbio chino.

La importancia que posee el medio físico en la conformación de la identidad colectiva de quienes lo habitan, se ve reflejada en las múltiples referencias que se hacen en la música popular de todos los objetos y lugares que conforman el escenario donde el hombre pasa su vida. Así, hemos escuchado canciones del folclor argentino como "Caminito que el tiempo ha borrado"..., o "Barrio plateado por la luna, rumores de milonga son toda mi fortuna: Hay un fuelle que rezonga en la posada milonga, mientras que una pebeta linda como una flor, espera coqueta bajo la quieta luz de un farol...".

El folclore costeño canta: " Vivo aquí pintando el paisaje sabanero, porque aquí fue donde quedaron todos mis recuerdos..."; o "Allí decía del ruido de una quebrada que rugía en la montaña, cerca del pueblo mío, me suplican que vaya, a ver el viejo bohío cerca de la cascada... hablaba de la selva, del viejo bohío, del camino sombrío donde se encuentra Imelda...". Estas letras, nos hablan de lugares y objetos cotidianos, del paisaje, de cascadas y montañas, de barrios, de pueblos, de baúles y faroles, evidenciando la producción cultural de origen popular, como fundamento esencial de la identidad colectiva.

La conveniencia de preservar, bajo una dinámica de transformación coherente, todo el patrimonio arquitectónico vernáculo que hoy conforma gran parte del tejido urbano de nuestros pueblos, se confirma si consideramos que un gran porcentaje es de tapia o de otros materiales tradicionales, cuyo reemplazo supone un gran costo ambiental y ecológico debido al desgaste y contaminación a que se somete el planeta para producir el cemento, hierro y ladrillos necesarios.

Hoy surge la oportunidad de recuperar un rostro propio para los pueblos, a partir de los fragmentos. De planear un futuro en función de la memoria y del desarrollo del conocimiento tradicional. De preservar los patrones que rigen la formación de los rasgos del entorno construido. De fortalecer los símbolos y revitalizar los lugares y sectores con mayor significado para todos. De propiciar un desarrollo de las formas y de los espacios en función de la historia propia.

"Nadie ama a su patria porque sea grande sino porque es suya". Séneca.

 

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Ilustraciones
tomadas del
levantamiento
arquitectónico del templo de Santa Gertrudis en
Envigado.

 

FOTOGRAFÍA / pablo guerrero

Benigno A. Gutiérrez, fotógrafo

Con motivo del segundo centenario de la fundación de Sonsón, la Sociedad de Mejoras públicas de dicha localidad acaba de publicar un bello libro titulado Imágenes de una ciudad, testimonio gráfico de lugares y episodios que sugieren su devenir histórico. Nueve nombres, todos meritorios, componen el grupo de fotógrafos que aporta las setenta fotografías que trae el volumen. Entre ellos se encuentra Benigno A. Guiérrez. Editor, folclorólogo, caricaturista, músico, líder cívico, tipógrafo, periodista, e ignorado fotógrafo. Por esto último es por lo que he querido rendirle en esta nota mi reconocimiento y admiración.

Don Benigno nace en la ciudad de Sonsón el 1 de abril de 1889. "Hizo sus primeros estudios en Sonsón y salido del colegio Torres, aún muy joven, se dedicó al estudio de la literatura y a las tareas periodísticas en semanarios y revistas de ésta ciudad... ", dice Mercedes Ramos Toro en una semblanza publicada en la revista Sonsón Histórico (N° 4, 1976). Su educación autodidacta se prolongó toda la vida y estuvo ligada a una multifacética e intensa actividad cívica, investigadora y cultural. Autor de la primera monografía estadística sobre Sonsón (1917), fundador, administrador o director de periódicos como La mañana, El Gato Negro, El Alba, Matinal, Senda Nueva y Notas Regionales, investigador del folclor de su región como lo atestiguan los volúmenes titulados Antioquia Típica (1937), Ají Pique (1942) y De todo el maíz (1944), compilador (Prosas del Indio Uribe) y editor (como ejemplo basta la mención de la edición de las Obras Completas de Tomás Carrasquilla, realizada en la Editorial Bedout con motivo del centenario de nacimiento del escritor en 1958), también halló tiempo para la fotografía.

Las fotografías suyas incluidas en este libro constituyen un testimonio selectivo del pasado sonsoneño, más que mero documento reporteril: imágenes de lugares, seres y episodios que definían un ámbito de identidad. La aparente inmediatez de una toma se revela como lo contrario para un examen atento: como la captura de lo que en la geografía, la arquitectura, el paisaje _ natural o creado por el hombre _ , el trabajo o las costumbres, encuadraba la aventura del hombre hasta el punto en que éste se sabía hecho de esas calles y fachadas, de esos horizontes, de esos rostros.

Fascina la fotografía del monóptero coronado con ondulante pabellón; emociona la portada vetusta del antiguo cementerio; encanta el interior de la fundición donde los trabajadores elaboran piezas para trilladoras de café; produce admiración la plaza principal, a cuyo sello particular contribuyen tanto los balcones como las carretas; sobrecoge como la pedrería, las lentejuelas y las sedas de una bailarina fastuosa, la caída vertical del río Sonsón; enamoran los atuendos de las damas en un día cívico.

Este libro le hace justicia en parte al Benigno A. Gutiérrez fotógrafo. Sólo "en parte" porque se sabe que su obra fotográfica es más amplia. Parodiando alguna frase de Octavio Paz sobre Homero y Grecia, podríamos decir que sin ese tejido histórico llamado Sonsón, los aportes de don Benigno a la cultura de su pueblo y de la región hubieran carecido de impulso y materialidad; mas también es cierto lo contrario: sin esos libros, investigaciones, periódicos y fotografías de don Benigno, Sonsón no sería lo que es: uno de los pueblos antioqueños con más conciencia de identidad y generador de una de las contribuciones más caudalosas y significativas a la cultura antioqueña y nacional.

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Benigno A Gutiérrez. Taller de Fundición Central de Emiliano Álvarez. Sonsón, 1911. Tarjeta postal.

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Benigno A Gutiérrez. Plaza de Ruiz, Sonsón, 1911. Tarjeta Postal.

Estas dos imágenes aparecen en el libro "150 Años de fotografía", publicado por la Biblioteca Pública Piloto.

 

LIBROS / roberto burgos cantor

Lugares ajenos. Relatos del desplazamiento

Palabras del escritor Roberto Burgos Cantor durante la presentación de este libro del Fondo Editorial Universidad EAFIT

.

La generosidad obstinada de Leticia Bernal y del Fondo Editorial de la Universidad EAFIT me tiene, una vez más, con esa duda que persiste en la conciencia de los escritores y que se expresa con la pregunta: ¿qué agrega al texto literario la palabra de su autor cuando ya la escritura es una fatalidad inamovible?

Traté de consolarme con los motivos de la cortesía que, en la buena ley no escrita de la existencia y sus ritos arrasados, postulan los gestos de bienvenida para con aquello que se agrega a la vida y ennoblece su vocación de indestructible y obligan al consuelo de las despedidas cuando las distancias son inevitables.

Bien visto, para el escritor de ficciones, su texto es algo que se desprende, que se va, que deja de pertenecerle. Y para el probable lector algo que llega a sus manos o a sus ojos con la libertad intacta con la cual fue escrito. Se encuentran con él en medio del océano de su época a cuyo oleaje fue lanzado, como una botella al mar, sin brújula, sin ruta y sin destino.

Una idea así, del texto literario como una botella arrojada al mar, con el sólo lastre de su libertad y el incierto muelle de su arribo a una intimidad distante a la cual entregará sus secretos, me conmovía y me mostraba la rigurosa moralidad que hace de la bienvenida a los textos literarios, al libro, un acto de renovación de la redomada terquedad que convierte al ser humano en una figura que trasciende sus propias vergüenzas y miserias, el horror que sus codicias y vanidades han generado, para insistir en que el sueño es aún posible.

Pensé, entonces, que compartir con ustedes las confidencias que resultan de enfrentar el escritor una realidad devastadora, sugerida por el editor como materia de tratamiento narrativo, podría resultar de interés para nuestro encuentro. Al ser esas ocurrencias previas a la escritura, quizás evitaban las interpretaciones privilegiadas que pretenden imponer un sentido al relato literario después de su realización. Las denomino privilegiadas por cuanto al ser el escritor el primer lector de su obra y ser esa circunstancia inocultable, podría influir como una voz que se cuela en la íntima comunicación que establece con el texto quien lo lee. Una sociedad que aspira en su modelo o su deseo de convivencia a la igualdad, debe rechazar los privilegios, aun el descrito, que en definitiva no tendrá más valor que el de cualquier lector.

Yo me encontraba sumido en el infierno y el paraíso de escribir una novela. Me exaltaba con el rendimiento satisfactorio y me deprimía con los instantes de abismo. El escritor de novelas aprende pronto que la única manera de escribir las novelas es amarrarse como Odiseo al palo mayor de la nave y navegar y navegar. Que no puede abandonar el mar cuando el viento fecundo deja de inflar las velas. En ésas estaba cuando recibí la invitación de Leticia Bernal y el Fondo Editorial que preside en la Universidad.

Distinguir entre la irresponsabilidad y el compromiso no es un hábito frecuente. Pero algo, todavía indefinible, me tocaba. Como si la posibilidad de indagar una voz en un territorio de despojo total fuera una imposición sin obligatoriedad, una de esas formas de justicia de las que participa el arte.

Con frecuencia los escritores nos hemos interrogado sobre las dificultades del texto que se produce mediante un encargo. No hay duda que mucha de la literatura que hoy disfrutamos surgió sin mayores obstáculos de una petición.

Al examinar el antecedente de la experiencia que nos convoca, es decir, los cuentos reunidos bajo el título y la temática de El Recluta, durante la guerra de los Mil Días, no podemos menos que observar un hecho interesante. Tal, está dado por la perspectiva que sugirió el director de la revista El Cascabel al proponer a algunos escritores de la época, comienzos de 1900, que mostrasen su visión de los soldados que, reclutados a la fuerza, volvían a su casa.

Ustedes recordarán una crítica, demoledora por cierto, que se hizo a la literatura llamada de la violencia, en Colombia. Se refería ella a los cuentos, narraciones y novelas cuyo tema estaba anclado en la violencia de los años cincuenta. La expresó Gabriel García Márquez al plantear que una narrativa sumida en las truculencias de las formas de exterminar de entonces no era más que un inventario de muertos.

Esto me hizo reflexionar en que el punto de vista planteado en los cuentos de El Recluta y anunciado en la propuesta narrativa del director de la revista, abrían un camino que de haberse continuado, en su exploración y perfeccionamiento, constituiría una tradición sólida con el efecto, a lo mejor, de ahorrar aquellas aventuras plenas de buena intención, de legítimas iracundias, pero frustradas en su solución estética.

Por qué se fracturó ese inicio de 1901será asunto al que responderán con hipótesis y conjeturas diversas los investigadores de la literatura. Tal vez yo pueda advertir que en ese desprecio, a lo mejor olvido, por una tradición cercana, se evidencia algo de la catástrofe de un conflicto social tan prolongado: la supresión de la memoria y lo endeble de la voluntad que conduzca a reconocernos.

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En cada ocasión en que un escritor inicia su texto se le plantean las incertidumbres, aumentadas, de la primera vez. Nada de lo que ha escrito antes le sirve para resolver lo que acaba de comenzar. Y nada le será revelado sino en la medida que lo conquiste con su escritura. Sin embargo, el territorio que vislumbraba ofrecía las incitaciones de un reto y la dureza de un testimonio. Una manera de destruir el peso de la actualidad con sus espejismos engañosos consistía en establecer lejanías. Para mí, hasta que conocí el libro "Lugares ajenos", el mes pasado de febrero, no sabía quienes más participaban en la bella y de alguna manera atormentadora experiencia.

A lo mejor deparará provecho y más de una sorpresa a los lectores y críticos establecer similitudes y diferencias en las concepciones de la literatura imperantes en cada momento en El Recluta y el conjunto de catorce cuentos reunidos en "Lugares ajenos". En éste, haber evitado el síndrome de corresponsal de guerra no es la menor de sus virtudes. Sin concierto previo, se puede observar, cómo los autores han asediado de una forma implacable y honesta, sin los artificios de la truculencia, sin conceder a los cantos de sirena de la retórica de la denuncia, sin una idea moral preconcebida, un tema, una realidad que aún nos estremece. Se ha logrado con dignidad estética y sin parcialidad ideológica una muestra que no pasma, ni fosiliza el drama, sino que por el contrario deja abierta para el lector una baraja de sentidos y significaciones. Ello, desde la contenida ironía del relato que inicia el libro, "El metro más limpio y ordenado del mundo", hasta esa especie de fresco, de mural invasivo contenido dentro del orden rigurosos del género, en el cuento que cierra a "Lugares ajenos" titulado "Desde la torre los veo pasar".

Es probable que el lector de "Lugares ajenos" se vea confrontado por una sensación curiosa, como si el texto literario al indagar y plasmar en la ilimitada condición humana, determinado aspecto del drama que lo corroe o la rabiosa esperanza que lo empuja a sobrevivir, tuviera el poder _dicho texto- de rescatar la realidad.

Me preguntaba por qué sucedía esta sensación, extraña, y la razón de entenderlo me pareció una paradoja. A fuerza de repetirse el acto violento queda de repente sin una explicación convincente, se "afantasma" por nombrarlo de alguna manera y su sombra de horror adormece la conciencia o la excluye. Parecería que todos somos víctimas. Anónimas víctimas. Abstracción del dolor. Y después un insensible deslizamiento en la banalidad del titular de periódico, de la noticia sin eco, de la estadística creciente y sin consecuencia. De ese tremedal de pánico congelado, de sentimientos acoquinados, de cobardías innombrables, viene la fuerza ética y el logro literario de "Lugares ajenos". Rescatar la realidad, devolverle mediante la palabra y la voz de personajes que increpan y cuestionan un destino adverso que a todos nos implica, su naturaleza de real a una realidad tramposa y oculta, es quizás una ambición no deliberada de este libro.

Con ello, a lo mejor, tenga un entendimiento aquella idea del escritor polonés Witold Gombrowicz, quien decía que la realidad posee un poder purificador. Entonces, literatura como talismán de lo real.

No sé si con un deliberado propósito editorial, se incluye en "Lugares ajenos" un cuento de Arturo Alape. Es una presencia que me agrada porque pone en diálogo a un autor que ha dedicado con persistencia su trabajo literario y de investigador social desde hace muchos años a algunos aspectos de las manifestaciones de la violencia colombiana. Eso permite contrastar una larga entrega especializada con la sensibilidad y el tratamiento de los nuevos y jóvenes escritores que están en el libro.

Tengo la ilusión de que un libro como "Lugares ajenos" reclama un espacio propio en la construcción de una memoria colectiva. Reconocimiento de la tragedia o rechazo es la disyuntiva. Pero ante todo memoria porque no hay ya inocencia. Sea lo que fuere, a los escritores y a la Universidad editora nos cabe la satisfacción de ofrecer esta libre lectura.

ARTE RELIGIOSO / gustavo vives mejía

Una Santísima Trinidad diferente

Por muchas generaciones los católicos recitaron la definición casi sacramental de la Santísima Trinidad del Catecismo del Padre Astete: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Al mismo tiempo vieron su representación como aún se ve: en ella aparecen Jesucristo, el Hijo, como hombre maduro y barbado; la paloma, símbolo del Espíritu Santo, y un anciano con cabello y barba blanca, el Padre Eterno. Esta imagen no siempre fue la misma. Los cambios en la teología católica sobre el dogma más inaccesible de la religión, incidían lógicamente en la interpretación que los artistas hacían de él en sus obras.

Una versión muy rara y escasa es el cuadro de la Trinidad facial de una colección particular de Medellín, publicado ahora por primera vez. (Ver ilustración en carátula de este boletín). La figura tiene una cabeza con rostro triple y lleva en sus manos un triángulo, alegoría trinitaria en cuyos bordes se lee un texto en latín, que dice así: El Padre no es el Hijo; el Hijo no es el Espíritu Santo y el Espíritu Santo no es el Padre. Hacia el centro se lee: El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Los cuatro ángulos de la obra presentan un libro con los nombres de los evangelistas.

Se trata de una pintura primitiva y plana pero con el encanto de los trabajos ingenuos. Su autor debió conocer un grabado sobre el asunto que le sirvió de modelo. Por sus calidades técnicas se puede datar en las primeras décadas del siglo XIX y resulta, para la época de su realización, un anacronismo al igual que otras expresiones tardías que se dieron en la región antioqueña. La imagen de una cabeza con rostro triple se remonta a los dioses prerromanos Triglav, de los eslavos y Lug o Visitus, de los galos, y a Seraphis y Hécate, de los romanos. En los siglos XII y XIII de la era cristiana se utilizó en elementos arquitectónicos y en la ilustración de libros miniados, con distintos significados. Durante este período apareció por primera vez la figuración realista de la Santísima Trinidad en Francia y el norte de Italia, que ganaría amplia divulgación después del Renacimiento. Es de anotar que el tema está ausente en el arte de los primeros siglos de la Edad Media, quizá por la resistencia de la Iglesia a representarla.

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Grabado anónimo europeo, ¿siglo XVI?

Una de las primeras variantes que se adoptó fue la trifacial, común también en España y los Balcanes. En 1491se publicó en una xilografía de la edición florentina de la Divina Comedia; en 1506 en una portada del Derecho Canónico, de Lynwood y en 1524 en un Libro de Horas impreso por el flamenco Simón Vostre. Entre 1565 y 1570 el artista español Jerónimo Cosida pintó una Trinidad inspirada en el Códice de Manresa.

Esta forma de representar a la Divinidad y la que muestra a los tres personajes trinitarios con figura humana, fue prohibida por el Papa Urbano VIII en 1628. En América se conoció a través de grabados europeos, los cuales fueron copiados por los pintores nativos a pesar del veto papal, pues había cierta tolerancia doctrinal con los indígenas. En Colombia se descubrió hace pocos años dicha imagen trifacial cuando se restauró una pintura de Gregorio Vásquez Arce y Ceballos (1635 _ 1711), del Museo de Arte Colonial de Bogotá.

* El autor de este artículo es funcionario de la Dirección de Cultura de Antioquia, Área Patrimonial

jairo morales henao / LIBROS

Los artesanos,

pieza clave de la nacionalidad

 

"... los sentimientos del honor y del deber artesanales amenazados por el mundo capitalista y el necesario reacomodamiento de los detentadores de los oficios tradicionales dentro de la esfera industrial y mecanizada. Éste es propiamente el hilo conductor de los seis capítulos de este libro, en apariencia dispersos en cuanto a su temática, aunque, si se examinan con detenimiento, tienen ese trasfondo común...", declara el autor en la presentación del libro. Lo cual, sin embargo, es discutible, porque si bien la insistencia en el tema es cierta, también lo es la detenida y hasta minuciosa exploración de otros asuntos, como el papel de las escuelas de artes y oficios en la incipiente modernización industrial del país en el siglo XIX o las relaciones entre los artesanos colombianos y los ingenieros y técnicos extranjeros vinculados a minas, ferrerías, talleres de mecánica y centros de enseñanza.

La amplitud del proyecto investigativo del que se desprenden estos seis capítulos y lo que en ellos es puerta entreabierta a futuros estudios _ del autor o de otros historiadores _ hacían muy complicado el mantenimiento de un hilo conductor. A pesar del gran desarrollo de la historiografía colombiana en las últimas décadas, los vacíos en el conocimiento de nuestra historia que reclaman ser llenados son tantos y anchurosos que la pretensión de que sus libros sean un cuerpo compacto es difícil de cumplir. Pero la franja de nuestra historia que recupera esta investigación es tan valiosa por la masa de información y por la importancia histórica del artesanado colombiano, que detenerse en exceso en el problema de su unidad sería mezquino. No sólo no puede ponerse en duda su condición de notable aporte historiográfico sino que además es necesario resaltar su significación para lo que pudiera llamarse conciencia del país sobre sí mismo.

Desde experiencias inaugurales como la lectura de Pinocho y las visitas al taller de un tío carpintero y de un zapatero lector, el mundo de los artesanos ha sido siempre un imán para nuestra curiosidad. Su tradición libertaria, crítica, marginal a los valores burgueses, creadora de hechos alternativos a la educación confesional y al individualismo capitalista, su espíritu de estudio, lectura y vida sobria, y también los vínculos con la masonería, tradición conocida en otras lecturas, hicieron de la simpatía un cierto conocimiento y, sin duda, una expectativa constante. Y si bien la afirmación del autor en el sentido de que "los sentimientos del honor y del deber artesanales " constituyen el hilo conductor del libro no nos parece precisa, sí lo es el que el artesanado colombiano es el eje del libro. De acuerdo con esta apreciación el corazón del libro Cabezas dura y dedos inteligentes lo conforman el capítulo 5: "El taller como escuela: los sastres políticos de Medellín" y el 3: "¿De artesanos a técnicos?". Y es desde ahí que se puede justipreciar cuáles entre los capítulos restantes contribuyen en forma decisiva al logro de éstos dos, a su fundamentación y a sus esclarecimientos. Y también qué tanto de los datos allegados es imprescindible y cuál podría considerarse un tanto sobrante, excesivo, farragoso, no esencial.

El primer capítulo es un planteamiento apropiado sobre las raíces históricas del perfil de los artesanos colombianos y, en particular, de los artesanos antioqueños. La Ilustración española, en cabeza del tratadista Campomanes, y específicamente de su discurso Discurso sobre la educación popular de los artesanos, de 1775, fue, según lo argumenta Mayor Mora, la inspiración ideológica de la Instrucción general para los gremios, publicada dos años después. Pertenece a Francisco Robledo y Francisco de Iturrate, funcionarios de la Corona Española en Santa Fe de Bogotá. Esta "Instrucción" no habría sido otra cosa que una paráfrasis del texto de Campomanes. Se señala como otra punta de lanza del proceso de corrección de "los defectos del artesanado criollo" a José Celestino Mutis en su taller de dibujo. Se buscaba disciplinar a los artesanos nacionales, hacerlos responsables, "hombres de honor", organizados en el taller y en su vida personal, estudiosos, dotados de conocimientos teóricos y técnicos, en otras palabras, más confiables, más productivos. Sólo así se podría pensar en estabilizar y acrecer una demanda en el mercado. Que no fue algo fácil lo reconoce el investigador: "No sabían ellos, a pesar de su visión anticipatoria, que habrían de pasar más de dos siglos antes que el estamento artesano hiciera del honor el elemento esencial de su estilo de vida. Y aún hoy es dudoso que lo sea".

Foto9.JPG (23577 bytes)Octavario de la Virgen en Medellín.

La segunda parte del primer capítulo aclara muy bien el papel cumplido por el gobernador Francisco Silvestre y el oidor Mon y Velarde, a fines del siglo XVIII, en el asentamiento de las bases de algo que daría sus mejores resultados en el siguiente siglo: "Una serie de características del artesanado antioqueño del siglo XIX resultaría inexplicable si Mon y Velarde no hubiese tenido éxito en inducir ese cambio cualitativo..." Las 21 disposiciones de la Ordenanza de Mon y Velarde que reglamentan la actividad artesanal (de las que el texto cita 13 o 14) abarcan requisitos de obligatorio cumplimiento legal para la apertura de talleres; régimen de jerarquización y de exámenes para maestros, oficiales y aprendices; nombramiento de alcaldes y protectores de gremios; obligaciones salariales; estímulos económicos para los veedores de los gremios; normatividad para el cumplimiento de contratos y hasta restricciones en materia de jolgorios. Que las políticas de Silvestre y Mon y Velarde dieron resultados a mediano plazo, es algo que Mayor Mora ve en datos proporcionados por otros investigadores, relativos al aumento en el número de gremios y artesanos, a la estabilización en la estructura jerárquica de los diferentes oficios artesanales y a la vigencia de las disposiciones reglamentarias impulsadas por Mon y Velarde.

Como ya lo anotamos, los capítulos 3, 4 y 5 están amarrados directamente a éste primer capítulo. Políticas como la vinculación de ingenieros y técnicos extranjeros a la actividad económica y a la enseñanza, la educación con bases científicas y técnicas modernas, los nexos orgánicos entre la esfera de la enseñanza y la de la producción económica, y la apropiación de una ética de vida y trabajo que le diera piso firme a la producción de los bienes de uso producidos por los talleres artesanales, que en esencia fue lo que pretendió la Ilustración española para el mundo artesanal colombiano, son los grandes asuntos a los que el historiador sigue el rastro básicamente en el curso del siglo XIX en Colombia. Con base en una documentación muy amplia sobre las primeras y más importantes empresas mineras, de fundición y ferrería que surgieron en el país en esa época, la lupa sigue el complejo y contradictorio proceso _ proyecto de las élites intelectuales, políticas y empresariales que pujaban por la modernización industrial del país _ de industrialización, y el entramado de relaciones que aquello suponía entre los ingenieros y técnicos extranjeros, de un lado, y los artesanos, técnicos e ingenieros colombianos del otro, esfera de vínculos donde enseñanza y producción tenían una relación permanente, o deberían tenerla, porque las citas indican que, con excepciones, lo que primó no fue precisamente una transmisión amplia y sistemática de conocimientos. Fue la práctica del trabajo la academia de los colombianos que se formaron como técnicos en diferentes oficios durante el siglo XIX, hasta que las escuelas de artes y oficios y la Escuela de Minas en Antioquia comenzaron a graduar técnicos e ingenieros, quienes no sólo asumieron la dirección de empresas y ejercieron la cátedra universitaria, sino que escribieron tratados sobre temas relacionados con las industrias que surgían. Uno de los logros más relevantes de Cabezas duras y dedos inteligentes lo constituye este capítulo: esclarece con mucho detalle el encuentro entre la estructura artesanal tradicional y el mundo de la industria mecanizada, que imponía y requería un revolcón tecnológico, comenzando por la necesidad de contar con técnicos y toda clase de personal experto.

El capítulo cuarto, "Las escuelas de artes y oficios en el siglo XIX: un ejercicio en cronología", es una consecuencia orgánica entonces del que acabamos de reseñar. Es claro para el lector que obedecieron a una necesidad del desarrollo económico y que reflejaron, por supuesto, la puja entre lo viejo y lo nuevo, entre la enseñanza de los oficios artesanales tradicionales y la necesidad de la enseñanza de las técnicas que requería la incipiente industria mecanizada. Los datos reunidos y comentados en este capítulo permiten entender las líneas generales de esa dialéctica de la enseñanza en dichas escuelas, a pesar de la modesta declaración del autor: "En este capítulo se intentará simplemente hacer un rastreo cronológico de los orígenes, las vicisitudes y los éxitos de dichas escuelas.... " Las figuras del metalúrgico bogotano Juan Nepomuceno Rodríguez y la Escuela de Artes y Oficios de Medellín, son la base principal del seguimiento de ese aparte de nuestra pedagogía decimonónica. La continuidad que tuvieron sus proyectos, la vinculación de la tecnología extranjera en ellos, las innovaciones técnicas que originaron y los valores personales y laborales que consolidaron poco a poco, y que tocaron y en mucho se impusieron más allá de los muros donde se enseñaba, es decir, en talleres y fábricas, hicieron de ellos la vanguardia de ese proceso de enseñanza durante las últimas décadas del siglo XIX. Que mucho del aprendizaje, sobre todo de los oficios tradicionales (sastrería, carpintería, etc.), había transcurrido, por supuesto, en los talleres, vía vínculos familiares, en principio, y que también allí ocurría esa transmisión de valores que fueron diseñando el perfil histórico de lo mejor del artesanado colombiano y antioqueño, es algo establecido con precisión por este texto.

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La Escuela, pues, no fue el origen pero sí un centro poderoso de difusión y consolidación de unas habilidades laborales y de una ética que constituyeron el eje del prestigio de un sector social.

Otras actitudes, que incubaron durante décadas en las penumbras propicias de los talleres, hicieron de los artesanos _ y con mayor condensación de rasgos, en los artesanos antioqueños _ lo que significaron en la política, el periodismo, la educación, la masonería, la lectura, el espíritu de gremio y la vida familiar e individual en el país. Por eso el capítulo 5: "El taller como escuela: los sastres políticos de Medellín", se vincula con los precedentes, los amplía e ilustra con las particularidades de lo que fue la historia de los artesanos antioqueños en la época de su apogeo. En términos sencillos, este capítulo ofrece en el detalle del acontecimiento personal, social, político, periodístico, pedagógico, familiar o de la cotidianidad del taller, la encarnación de unos valores, que se detentaban y transmitían a conciencia, como lo señala la importante reproducción de los principales apartes de la "Carta a los hijos", del sastre Miguel López, unas normas de conducta, resultado a su vez de una reflexión autónoma, es decir, de una ética, normatividad que es mucho más que laboral, como que se trata, en pocas palabras, de una conducta general ante la vida. El valor y papel de la educación en el mejoramiento de las condiciones materiales de vida y como fundamento del sentido del honor, la actitud ante el dinero, la honradez, los patrones y los poderosos, el trato con los subordinados y valores como la responsabilidad, la ecuanimidad, la austeridad, la solidaridad, y las que con razón destaca el autor como aquellas que subyacían en la base de aquella estructura ética: la independencia y la libertad, sustentadas en la autonomía económica que daba el oficio, y también en la educación, la dignidad, la temperancia, la marginalidad respecto de los valores burgueses y la libertad de conciencia.

Foto12.JPG (13504 bytes)En rigor, ahí termina el libro, y los capítulos comentados son los que componen su estructura sólida. Como se habrá notado, silenciamos el capítulo segundo. Consideramos, como lectores interesados, que lo que cuenta de éste para los núcleos principales de la investigación, pudo haber sido dicho en cuatro o cinco páginas. Esa reproducción minuciosa, prolija, superflua, de las cuentas de los dineros recogidos por los artesanos de Medellín para la fiesta de la Concepción de la Virgen María en octubre de 1818, sobra. No convence la justificación del autor de que lo ha hecho porque en ese escrúpulo para rendir y pedir cuentas hasta del último tomín o castellano, él cree hallar una muestra de los orígenes remotos del sentido del honor que caracterizaría a los artesanos en la segunda mitad, en éste caso en relación con su actitud ante el manejo de dineros públicos o colectivos. Unas consideraciones y unas cuantas cifras hubieran sido suficiente, y dentro de otro capítulo. Es posible que sea asunto del estadio en que se encuentra la historiografía colombiana esa voluntad _ casi una manía para quien lee desde afuera de ese establecimiento académico _ de no perdonarle al papel hasta el más mínimo de los datos hallados en la investigación. Parece que renunciar a ello les doliera tanto como la partida de un hijo para el ejército. No tienen ninguna consideración para el pobre lector culto pero no especializado. Y también parece que padecieran un mal común: el mal oído. Al publicarse, una investigación se convierte en un libro. Y un libro, sea del saber que fuere, impone resolver el problema de su unidad, de su composición, de su estructura como un algo compacto. Si lo que sobra es un párrafo o unas cuantas páginas, el asunto puede no ser muy notorio y a más de una novela buena o aceptable pieza teatral, se le podría hacer ese reproche. Pero si se trata de un capítulo entero, como ocurre con este libro de Mayor Mora, ya la cosa es otra cosa. ¿Qué de fundamental a los ejes principales de la investigación agrega el capítulo final? Ese seguimiento, con base en las declaraciones recogidas en el sumario, de la gestación y ejecución del asesinato de Uribe Uribe, a manos de los carpinteros Galarza y Carvajal, no pasa de ser un agregado anecdótico, perfectamente sobrante al cuerpo de la investigación. Es forzar con mucha evidencia las cosas decir que el vínculo se encuentra en el sentido del honor perdido de que dieron muestras los dos artesanos al cometer el asesinato. Para decir eso, que pudo ser una afirmación de paso en otro lugar, no se requería de la reproducción minuciosa, casi hora por hora, de lo dicho y hecho por los asesinos en los días inmediatamente anteriores. Pareciera que los nuevos historiadores colombianos hasta el momento han aprendido la mitad de la lección de la moderna historiografía europea, en especial de la francesa: partir de una investigación lo más amplia y minuciosa posible en fuentes primarias y secundarias. Pero les falta la otra mitad, la que está implícita en la realización escrita de los libros de aquellos autores: la de la voluntad de estilo y de composición. ¿Por qué no demandarles a nuestros historiadores que escriban con ese sentido del relato que nos acoge en un párrafo como este de Duby, en su libro Damas del siglo XII:

En los últimos años del siglo, quizás en 1186, se terminaba en París la redacción de un libro singular, un tratado: De Amore, "Del Amor" o De honeste amandi, "Cómo amar con distinción". Su autor, André, pertenecía a la iglesia. Al parecer había comenzado su carrera en la corte de Champaña, cerca de la condesa María, esa hija de Leonor de Aquitania a quien, para agradar a su marido, el muy poderoso Henri le Libéral, los poetas homenajeaban sin cesar...

y aun que sus libros se puedan leer, por qué no, con el agrado que nos entregan, digamos, la biografía de Fouché, de Zweig, o la de George Sand, de Maurois, quienes evidentemente agotaron archivos y bibliotecas donde consultaron montañas de libros y de documentación varia, muchos de cuyos datos les fueron economizados a las páginas definitivas, buscando ese equilibrio tan francés entre rigor y lectura agradable?

Sin embargo, la crítica que acabamos de hacer no equivale, sería torpe interpretarlo así, a borrar con una mano lo que hemos afirmado en esencia en nuestra reseña crítica: que se trata del rescate, muy documentado, del origen, formación y papel histórico del artesanado colombiano, con énfasis en los artesanos de Antioquia. Además, no sobra agregar que su interés, por tocar un núcleo decisivo en la formación de la nacionalid, sobrepasa la esfera de los historiadores y entra en la de todo colombiano que quiera tener una visión lo más completa posible sobre la historia de su país.

Alberto Mayor Mora. Cabezas duras y dedos inteligentes. Santa Fé de Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1997.

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Juan Nepomuceno Rodríguez, metalúrgico bogotano.

POESÍA / luis germán sierra

La poesía toca a las puertas de la noche

Apartes del prólogo de Luis Germán Sierra para el libro de poemas "Fatum",
de Pedro Arturo Estrada, publicado en la Colección Autores Antioqueños.

De qué se nutre la poesía de Pedro Arturo Estrada. De qué están llenas estas páginas en apariencia desoladas, al parecer ensimismadas en lejanías, en las abatidas alas de una, de muchas preguntas inconclusas. Y también cabe preguntarse de qué están vacías, qué alimenta la densa sombra de sus efluvios.

No surge una respuesta segura, una afirmación que nos lleve al otro lado de su mundo sombrío, de su rostro penumbroso.

No es posible hallar en este libro un propósito deliberado que nos conduzca hacia conclusiones más o menos firmes. El autor no escribe bajo un sistema, digamos temático, que sirva de cauce para indagar sus intenciones, para allanar un camino que dé frente a su desnuda claridad.

El poema nos conduce, a veces caudalosamente, por los interiores de un alguien que, descubrimos con asombro, se parece mucho a nosotros:

Y el mundo, sí, siempre estará ahí
empotrado en cada uno, como la vida
que discurre "por igual" para todos...

Porque todos estamos hechos, también, de aquella materia fantasmal y terca que en ocasiones nos enseña sólo las extensiones del abismo. Pero es un abismo encantado, enamorado de la palabra. Entonces ya no es una queja huera, un lamento disonante y extraviado, sino el encuentro de una posada, el refugio de la soledad: ¿Puede ser otra cosa el poema?

Monstruosa crece la soledad en tu carne
y el ojo de la muerte te corona.
No te queda otra belleza
que la belleza
del abismo.

El encantamiento del poeta hacia la soledad y la noche, hacia los dominios de la muerte, está apuntalado en la triunfal morada de la palabra. Precisa, austera, cargada de ensoñación y de presencia, la palabra triunfa sobre la inerte materia de la muerte. No niega su faz amenazante: la seduce con el arte del sentido, y la muda compañía.

[...] "Fatum" es un libro que invoca la trascendencia en el poema tejiendo la imagen, dándole luz al símbolo, donde al final arde una llama duradera, perdurable. Pero no se sume en la inocua trascendencia de las evocaciones o de las nostalgias por mundos idos, por pérdidas irreparables. Aquí la palabra es contundente al señalar la derrota de esos y de estos mundos. Sin nostalgias. La pregunta esencial es a sí mismo, al abismo, al lenguaje. No a un dios que nos abandona, o a la maldad del ser humano. Más bien a su alma desarraigada, despojada de la magia que quizás algún día la asistió, y ahora es casi nada: pobres ejercicios de noctámbulos aburridos, pirotecnia verbal, teatro de malos fingidores, mentiras maquilladas para pasto de la muerte [...].

Treno por los muchachos muertos

Para Javier Ángel y Diego Alexander Estrada, in memoriam
Foto15.JPG (9978 bytes)Su silencio es herida mortal, oscuro labio
que condena la luz de una ciudad que, como pájaros,
los vio pasar y caer sobre sus calles
una noche, una tarde, una mañana cualquiera...
¿Dónde están hoy sus rostros de estrella medular,
sus ojos de inquietud, su fuego, su deseo insaciable?
... Sus gritos, ¿ a qué fondo, a qué altura,
a qué extrema frontera se lanzaron?
La noche los acogió bajo su ala de cuervo,
y entre estallidos cósmicos sus voces
melodías eléctricas modulan
con la mecánica estelar.
Pero sólo el asfalto aquí abajo,
piedra de sacrificio,
sólo el perfil danzante de la nube
en lo alto de la casa, ese rincón donde alguien
que los amó los recuerda,
sólo el libro, la flor que nuevamente se abre
en el pequeño jardín, la música y las fotografías
en el álbum guardadas, son vestigios
de su paso apurado por la tierra,
ángeles niños súbitamente desaparecidos.
En otras bocas, otros ojos, volverá a moldearse
acaso su milagro. Pero ¿quién nos dirá
qué verdad, qué grandeza, qué mundo irrepetible
se ha perdido, se ha ofrendado al abismo?

Pedro Arturo Estrada

FOTOGRAFÍA

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Nuevo

libro

de la

Piloto

 

 

 

En diciembre de 2000 la Biblioteca Pública Piloto publicó el libro "150 años de Fotografía", con el auspicio de la Fábrica de Licores de Antioquia. Para su realización se hizo un amplio sondeo de selección en los numerosos fondos que posee el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto. Archivo calificado como uno de los mayores en volumen en América Latina, pues posee cerca de 1 millón de piezas entre negativos y positivos, que cubren desde el año 1849 hasta el 2000, e incluye daguerrotipos, ambrotipos, ferrotipos, colodiones, placas secas, negativos flexibles, tarjetas de visita, tarjetas de álbum, tarjetas estereoscópicas, postales, fotografías en papel y diapositivas.

El libro es una primera aproximación global para conformar la historia visual de la fotografía en Antioquia, que cubre desde el primer daguerrotipo que se conserva (el retrato de doña Froilana Sáenz de Lince, hecho en Rionegro por el fotógrafo alemán Emilio Herbrüger en 1849) hasta la producción actual de algunos de los más destacados fotógrafos activos, como es el caso del maestro Gabriel Carvajal, digno representante de esa singular tradición fotográfica antioqueña.

El libro está abierto a una pluralidad de miradas: el puro deleite estético que ofrece la imagen en sí, al lado del interés histórico, arquitectónico, sociológico: el vestido y los decorados, los personajes literarios o políticos, la ciudad o el paisaje, la elegancia y la humildad, el transporte, la industria y el comercio, el deporte, la religión, los primeros guiños del teatro, el cine y la moda, aparte de algunos materiales no antioqueños como las exclusivas fotografías de Bogotá en 1880 de Julio Racines o de fotógrafos nuestros en otras regiones del país. Lo serio y lo frívolo se combinan en una deliciosa e informal secuencia, que tanto para el espectador común como para el especialista podrá servir de guía de entrada a nuestro gran Archivo. Para ellos, al final del volumen se presentan los apuntes iniciales para una cronología de la fotografía en Antioquia, que puede ser de utilidad.

Una segunda edición de "150 años de Fotografía" será publicada en el mes de abril de 2001, esta vez con el apoyo del Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín. Esta edición coincide con la apertura de una exposición de fotografías de Melitón Rodríguez y Benjamín de la Calle, de los fondos de la Biblioteca, en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos en Sevilla, España. La muestra fue organizada por el Consulado de Colombia en esa ciudad, bajo la dirección del Dr. Juan Luis Mejía


Presidencia de la República

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Última modificación: 04 de junio de 2007


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