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Anónimo. * Una Santísima Trinidad diferente * Benigno A. Gutiérrez, caricaturista y fotógrafo * "El libro de los oficios de antaño" * Las paredes hablan * "Lugares ajenos. Relatos del desplazamiento" * Los artesanos, pieza clave de la nacionalidad * Poemas de Elkin Restrepo, Edgar Trejos, Everardo Rendón * "Fatum", de Pedro Arturo Estrada * Noticias
bpp Biblioteca Pública Piloto
luz posada de greiff/CARICATURA Benigno A. Gutiérrez, caricaturista
Don Benigno A. Gutiérrez también colaboró con caricaturas en los periódicos sonsoneños donde hacía, además, de administrador, articulista permanente y hasta de tipógrafo. En El Gato Negro, cuyas caricaturas resalta Heriberto Zapata Cuencar como "una de sus secciones más interesantes", fueron publicadas xilografías de su autoría, siete de las cuales logramos encontrar en nuestras búsquedas, no así ejemplares del periódico. ¿Será posible que fuera el mismo don Benigno quien en 1931 firmaba sus caricaturas en El Bateo con el dibujo de un gato negro? Personajes de Sonsón constituyen el tema de estas xilografías, cuya calidad y sello original son patentes. Al pie de la caricatura escribía una semblanza del personaje, donde el afecto y el interés por estimular la obra pedagógica, musical o literaria que ellos cumplían, no impedían, para fortuna de biógrafos del futuro, que se filtraran datos concretos sobre sus vidas y trabajos.
La publicación de esta nota y la reproducción de las dos xilografías busca señalar que el trabajo de Benigno A. Gutiérrez como caricaturista es una tarea pendiente de nuestros investigadores, un capítulo por escribir en la historia de la caricatura en Antioquia.
NOTICIAS/ ADQUISICIONES ESPECIALES:
Este fondo documental está compuesto por más de 150 cartas y 27 documentos públicos, datados entre 1841 y 1850, que se encuentran en proceso de organización, análisis y procesamiento antes de ser puestos al servicio de los investigadores. Tanto los especialistas y estudiosos del tema de la Colonización Antioqueña como la comunidad académica universitaria, comprenderán que se trata de una adquisición excepcional por el peso que tuvo dicha Concesión en el proceso colonizador, como factor de confrontación.
jairo morales henao / LIBROS "El libro de los oficios de antaño"En nuestro medio, las aspiraciones de un escritor principiante son, de manera predominante, las más altas. Si se propone ser un narrador, el fuego de sus fuerzas emuladoras tendrá como horizonte lo cimero: Melville, Flaubert, Proust, Kafka, Mann, Joyce, Faulkner, y, por supuesto, los grandes de la novela latinoamericana contemporánea. Aspirar a "menos" lo considerará una concesión inaceptable, un proyecto mediocre. Lo mismo ocurre con quienes aspiran a obtener algún día el laurel del reconocimiento poético: Dante, Shakespeare, Byron, Keats, Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Verlaine y Rilke, serán algunos de los nombres entre los que nuestro autor novel comprendió que estaban sus pares, aun antes de sentarse a emborronar su primera cuartilla. Quien estrena armas literarias en el país compartirá también con su época la fe en que por fuera de la novela, el cuento y la poesía, no hay salvación. Valorado en las capas cultas en el mismo rango que éstos géneros, la verdad es que la tradición y dignidad del ensayo son dejados un poco de lado por el amplio público lector. Y si esto sucede con el ensayo, ¿qué podrán esperar el escolio, la estampa, la crónica o las impresiones de viaje, que en muchas literaturas europeas son el sustrato de la llamada literatura "menor"? En lugar de menospreciarse, en Europa esa escritura se ha ejercido siempre con esmero y eficacia, aun por autores de primera categoría (recordemos los libros de viajes de Goethe y Stendhal), hasta hacer de ella una tradición respetable, una añeja, constante y brillante capa dentro de la totalidad del discurso literario, a cuyo cultivo se dedican de manera exclusiva durante toda su vida muchos y excelentes escritores, y sin mala conciencia, es decir, sin pensar que tal proyecto sea inferior, carente de verdadero estatuto artístico, y que por eso pueda ejercerse de cualquier manera. Todo lo contrario. Julio Camba, escritor y periodista español del siglo XX, es un buen ejemplo europeo, entre muchos posibles. Países, ciudades, cocina y viajes, fueron temas preferidos por la pluma de don Julio Camba. Libros como Londres, Alemania o La mesa de Lúculo, son magníficos en su especie. Cosmopolita, bon vivant, gastrónomo y buen lector, estaba dotado y preparado para escribirlos como pocos. Su cultura, sensibilidad y trabajo, le posibilitaron elaborar una prosa moderna, ágil, precisa, extraña a toda ampulosidad y a estrecheces nacionalistas; una prosa chispeante de humor y autoironía, incisiva, irreverente, y dueña de ese control y mesura que sólo pueden brotar de la experiencia y la cultura. Al igual que quienes escogieron ese segundo plano, tampoco quiso cargarnos con su "mangnum opus", con su respectivas "Montaña Mágica" o "Fausto". Hay que agradecerle que haya preferido a toda pretensión de trascendencia, la voluntad de buscar el placer del lector dentro de un horizonte de escritura ameno y culto, sin engarzar sus asuntos a estructuras ficticias, sino de la manera como lo hace todo buen cronista, que elige un objeto, un tema, y lo verbaliza como asunto central, no como momento de una estructura episódica más amplia, de tal manera que sus posibilidades de sentido puedan desocultarse, que logren una intensa expresión poética, bien sea por lo que representaron como experiencia con nombre propio en la vida del autor o por el valor general que éste ve o establece en él. Un viejo, en particular, o la vejez, en general; un panadero tratado en la infancia o el oficio de hacer el pan; "un viaje" o "el viaje", o el sacudimiento de nostalgia que nos mete un atardecer. A pesar del prejuicio contemporáneo señalado arriba, sobre lo que no sea cuento, novela y poesía - de donde deriva la ilusión de creer, digamos, que una novela, por serlo, es de entrada superior a un libro de crónicas, independientemente de toda comparación a nivel de los textos - , en el país se escribió en el pasado abundante y buena crónica, y también prosa poética, semblanzas o notas sobre esto o aquello, desbordantes de eficacia literaria. Era
El libro de los oficios de antaño es una buena muestra de que la tradición de la buena crónica literaria no ha desaparecido entre nosotros. Y tampoco la estirpe de los impecables, talentosos, modestos y cultos escritores "menores". A Eduardo Santa se le deben libros tan leídos y releídos como Arrieros y fundadores, El mundo mágico del libro, Rafael Uribe Uribe, La provincia perdida o El pastor y las estrellas. Los textos agrupados en el volumen que hoy nos ocupa, se nos antojan vitrales iluminados por un común fulgor poético; y en tanto son imágenes evocadoras de una franja de una vida que fue, los anima un mismo impulso narrativo y descriptivo. De ahí que cada uno pueda leerse por aparte: encierra en sí mismo un fragmento completo porque hace memoria de un oficio y de su ámbito físico y humano; y que pueda también asimilarse en su condición de parte de la composición total que recoge y recrea la melodía y materialidad de la vida en los pueblos y pequeñas ciudades en la Colombia de las primeras décadas del siglo XX. La poesía de cada crónica contribuye a la de las restantes y del conjunto de esa manera indefinible que tiene la poesía de hacerlo. Y hablamos aquí de poesía en un doble sentido: como espacio verbal en el que las imágenes de la gramática literaria no son huéspedes extraños, como veremos _ lo que establece un horizonte estético, un canon - , y en el de apresamiento y fijación eficaz de un paisaje humano que caracterizó nuestra provincia hasta hace no muchas décadas, lo que consigue la crónica desde el ángulo opuesto al tratado, que es exhaustivo, desde la evocación de lo esencial, y lo esencial es la cifra humana, los gestos diarios que definen un oficio y por lo mismo un destino, porque el oficio es la naturaleza de nuestros vínculos con el mundo y con los otros, y esto es en últimas nuestra realidad más específica, nuestro ser. ¿Qué origen distinto a la nostalgia pudo tener este libro? "Muchas veces en mi vida me he detenido a pensar en todos aquellos oficios que fueron tan comunes y corrientes en mi época de infancia, en todos nuestros pueblos, aldeas y veredas, y los evoco con inmensa nostalgia, sobre todo cuando pienso, también, que casi todos ellos han desaparecido pro completo, arrollados por el paso inclemente de una tecnología que, aunque se proyecte en progreso materiales, ha venido deshumanizando al hombre..." Pero en este "pequeño libro" esa geografía humana ha sido recuperada del olvido al ser fijada en imágenes perdurables por lo eficaces en su convincente potencia recreadora. Que la infancia del autor estuvo hecha en mucho de un contacto diario con los personajes evocados, es una de las raíces de la atracción que el libro le impone al lector. Lo que se nombra se vivió. Seguramente _ como le sucede a todo aquel que recurre a la crónica o la estampa _ inventa aquí o allá algún dato, un episodio (como la ficción, la crónica es seducida por el deseo de mejorar la realidad), pero el libro impone la seguridad de que se escribe sobre cosas vividas. La otra fuente de su vitalidad es, por supuesto, la escritura, cuyos rasgos son los mismos que señalamos como los de la buena crónica poética. La imagen del vitral nos ha parecido que encaja muy bien con la apacible luminosidad aldeana de estos cuadros, con su precisa representación figurativa y narrativa. Sólo que son vitrales dotados del movimiento episódico de la anécdota y de la textura de lo verosímil que entregan los nombres propios de seres y cosas tanto como los acontecimientos, que abundan. Esta materialidad histórica aleja el peligro de lo que sólo podrían ser vaguedades liricoides, invocaciones fantasmales. El símil, la metáfora, brotan adheridas como la hiedra a la piedra de lo histórico, de lo que tuvo rostro y nombre propios. En suma, pues, vitrales que reactualizan su realidad originaria, exultante de humanidad que pisó la tierra _ algo más entonces que una pintura _ en el acontecimiento de la lectura. Realidad que, por serlo, incluye lo delicado y lo áspero, la alegría y la pena, el sudor y el canto, la malicia y la inocencia, lo generoso y lo mezquino, es decir, tanto la prosa como la poesía de la vida. Más o menos medio centenar de
oficios se reúnen en las 160 páginas de este libro. Todos estos hombres invitan
por última vez al poeta a
sus talleres y a las calles del pueblo donde él los viera de niño. No hay un orden preestablecido para las visitas. Le han aconsejado que se deje llevar por el mismo azar que guiaba sus callejeos de niño. Sólo le piden que lo haga sin afanes, dentro del mismo sosiego del tempo de antes. El poeta acepta esa condición y hace más que verlos, se sienta a mirarlos trabajar, va tras ellos por las calles del pueblo, los acompaña a sus trastiendas, palpa lo que hacen, escucha otra vez su parla habitual y entorna los ojos para mejor seguir los pregones de sus ofrecimientos. Por eso la poesía aparece "como el agua que fluye", brota con suave movimiento para redimir con su luz lo que hasta ese momento permanecía indiferenciado, opaco, común entre las demás cosas; no, pues, la poesía entendida como adorno, como exterioridad, como sonoridad superflua. "La figura del farolero, alta y delgada, como una sombra tendida en su camino, envuelto en aquella capa oscura con la que trataba de protegerse del frío, de la lluvia y las escarchas, con su larga vara, portadora de la luz y las tinieblas... " "Al afilador de mi aldea siempre le sobraron. Porque era un hombre triste que sólo sabía producir aquella música para domesticar las tardes melancólicas y para adormecer los balcones coquetos y ponerlos a soñar con las mañanas lluviosas" "Como si el humo que salía de sus pipas ordinarias, lanzado al aire con la lentitud y el cansancio de sus vidas gastadas, les fuera dibujando en torno suyo las rutas inescrutables
La pérdida de que Eduardo Santa habla en el prólogo: "Ellos ya no volverán a decorar con su presencia las calles de nuestras pequeñas ciudades y poblados. Se fueron con los tiempos, silenciosamente, sin despedirse siquiera, de una manera inadvertida, como se van desprendiendo las hojas de un calendario, a medida que pasan los días", ha sido conjurada por la realización del libro. Por eso el aparte final constituye el cierre que el libro necesitaba: Ahora sé que están aquí, todos ellos, reunidos como si este pequeño libro fuera la plaza de la aldea. Sé que aquí puedo encontrarlos, porque este ha sido el lugar de nuestra cita. Y he podido verificar que todos ellos han acudido a mi llamado, con la humildad con que vivieron sus vidas silenciosas y amables. Sé que cada vez que recorra estos apuntes, puedo volver a recordar sus nombres, sus características personales, sus vidas, sus vicios, sus virtudes, sus intereses y sus sueños. Y sé, también, que todos mis lectores podrán encontrarlos, de igual manera, siempre dispuestos a contarles la verdad de sus oficios. Eduardo Santa ha escrito este libro por muchos y para muchos colombianos, cuyas infancias están pobladas con todas o algunas de esas presencias. El libro de los oficios de antaño es una recuperación, existencial y poética, de la memoria colectiva. Nuestra experiencia lectora nos secretea que cuando muchas novelas, hoy publicitadas, yazgan en un justo olvido, este librito seguirá encontrando avezados y fervorosos lectores. Le sucederá lo mismo que a los libros de prosa no ficcional de Azorín, que durante décadas han enterrado centenares de novelas españolas, incluyendo las del propio Azorín. Esta reflexión nos consuela de un deseo _pregunta que nos rondó al terminar la lectura: ¿por qué en lugar de un libro de prosas como éste, no escribió Santa una novela de infancia?_. En sus páginas ronda la inminencia de una novela que hubiera cumplido fundamentos como dominio de mundo, personajes complejos e individualizados, cosas que contar y verosimilitud _ si no argumental, sí vivencial - . Sin embargo, tal vez como novela el libro hubiera perdido. En este sentido es posible que el autor haya tenido presente una frase magnífica de Ramón Gómez de la Serna, que citamos en otra oportunidad ante un libro similar: "Nada de poner en ordencito las cosas cuando se trata de dar la sensación de la vida caudal". Eduardo Santa. El libro de los oficios de antaño. Santafé de Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1998.
POESÍA De este ladoAl levantar la vista, Tuyo, tarde, es este Como si alguién supremo El rubor de las pequeñas hojas. El azogue encarnado en la ventana. Tal presencia Y por mirar, quedé en vilo. Un parpadeo. Y un instante, Elkin RestrepoBorgesCentinela del sueño imaginado
Afilando palabras como espadas
Sus ojos apagados bajo el cielo
Hoy el trono amarillo de la
historia Everardo Rendón ColoradoEncuentroCon regocijada lengua Edgar Trejos
PATRIMONIO / javier mario franco ossa
Las paredes hablan¡Alto! No me derribes, soy el muro, tengo mucho que decirte, esculca bajo mi piel y tendrás la historia de mi alma, la de los humanos. Te diré cómo fueron, cómo son y cómo serán...Siempre ha existido un "saber hacer" en las tradiciones arquitectónicas locales, que ha permitido durante siglos habitar y desarrollar la vida material y social de los hombres. Este conocimiento ha dado como resultado la formación de un tejido arquitectónico en entornos urbanos y rurales que refleja la "manera de ser" de la sociedad que lo produce. La formación de ese tejido urbano ocurre con la superposición, a lo largo de los tiempos, de sucesivas capas construidas sobre tramas urbanas preestablecidas, que producen como resultado un "collage" de diferentes arquitecturas, reflejo de los estados del desarrollo de sus autores. La construcción de esos rasgos que conforman la imagen actual de los pueblos se dio mediante una dinámica de transformación lógica y coherente, o al menos dentro de una escala de proporciones domésticas hasta hace relativamente pocos años. De esta manera conviven en los pueblos fragmentos que contienen el germen primitivo de una calle en las afueras, de trazado sinuoso y bordeada por cercas vivas y fachadas discontinuas de bahareque; con plazas de planta rectangular, inscritas en un trazado de calles rectas, flanqueadas por fachadas planas de paramentos continuos. Estos espacios fueron construidos bajo códigos comunes como balcones, zócalos y aleros que le dieron unidad y armonía al conjunto, como resultado de una "forma colectiva de hacer arquitectura". "Siempre en obras tus calles, tus aceras. Aquí abro, aquí lleno y cavo de nuevo en el mismo sitio y remuevo y vuelvo a rellenar". GuillevicLa experiencia vívida de la evolución de la imagen urbana la presenta entre nosotros el Parque de Berrío en Medellín, donde seguramente sus primeras casas de bahareque de un
Pero el equilibrio de esta dinámica de transformación se rompió y aparecieron en el paisaje nuevos componentes de grandes proporciones que alteraron la escala doméstica del escenario que aún prevalecía después de los numerosos cambios. Ya las imágenes que dominan el paisaje no son colectivas, ni albergan actividades de interés común y significado simbólico para la mayoría. Los rasgos que hacían reconocible la ciudad se borraron, dejando a las personas sin referentes a los cuales amarrar la conciencia de
ser quienes son. "Una casa pertenece tanto al que la mira, como al que la habita". Proverbio chino. La importancia que posee el medio físico en la conformación de la identidad colectiva de quienes lo habitan, se ve reflejada en las múltiples referencias que se hacen en la música popular de todos los objetos y lugares que conforman el escenario donde el hombre pasa su vida. Así, hemos escuchado canciones del folclor argentino como "Caminito que el tiempo ha borrado"..., o "Barrio plateado por la luna, rumores de milonga son toda mi fortuna: Hay un fuelle que rezonga en la posada milonga, mientras que una pebeta linda como una flor, espera coqueta bajo la quieta luz de un farol...". El folclore costeño canta: " Vivo aquí pintando el paisaje sabanero, porque aquí fue donde quedaron todos mis recuerdos..."; o "Allí decía del ruido de una quebrada que rugía en la montaña, cerca del pueblo mío, me suplican que vaya, a ver el viejo bohío cerca de la cascada... hablaba de la selva, del viejo bohío, del camino sombrío donde se encuentra Imelda...". Estas letras, nos hablan de lugares y objetos cotidianos, del paisaje, de cascadas y montañas, de barrios, de pueblos, de baúles y faroles, evidenciando la producción cultural de origen popular, como fundamento esencial de la identidad colectiva. La conveniencia de preservar, bajo una dinámica de transformación coherente, todo el patrimonio arquitectónico vernáculo que hoy conforma gran parte del tejido urbano de nuestros pueblos, se confirma si consideramos que un gran porcentaje es de tapia o de otros materiales tradicionales, cuyo reemplazo supone un gran costo ambiental y ecológico debido al desgaste y contaminación a que se somete el planeta para producir el cemento, hierro y ladrillos necesarios. Hoy surge la oportunidad de recuperar un rostro propio para los pueblos, a partir de los fragmentos. De planear un futuro en función de la memoria y del desarrollo del conocimiento tradicional. De preservar los patrones que rigen la formación de los rasgos del entorno construido. De fortalecer los símbolos y revitalizar los lugares y sectores con mayor significado para todos. De propiciar un desarrollo de las formas y de los espacios en función de la historia propia. "Nadie ama a su patria porque sea grande sino porque es suya". Séneca.
Ilustraciones
FOTOGRAFÍA / pablo guerrero Benigno A. Gutiérrez, fotógrafoCon motivo del segundo centenario de la fundación de Sonsón, la Sociedad de Mejoras públicas de dicha localidad acaba de publicar un bello libro titulado Imágenes de una ciudad, testimonio gráfico de lugares y episodios que sugieren su devenir histórico. Nueve nombres, todos meritorios, componen el grupo de fotógrafos que aporta las setenta fotografías que trae el volumen. Entre ellos se encuentra Benigno A. Guiérrez. Editor, folclorólogo, caricaturista, músico, líder cívico, tipógrafo, periodista, e ignorado fotógrafo. Por esto último es por lo que he querido rendirle en esta nota mi reconocimiento y admiración. Don Benigno nace en la ciudad de Sonsón el 1 de abril de 1889. "Hizo sus primeros estudios en Sonsón y salido del colegio Torres, aún muy joven, se dedicó al estudio de la literatura y a las tareas periodísticas en semanarios y revistas de ésta ciudad... ", dice Mercedes Ramos Toro en una semblanza publicada en la revista Sonsón Histórico (N° 4, 1976). Su educación autodidacta se prolongó toda la vida y estuvo ligada a una multifacética e intensa actividad cívica, investigadora y cultural. Autor de la primera monografía estadística sobre Sonsón (1917), fundador, administrador o director de periódicos como La mañana, El Gato Negro, El Alba, Matinal, Senda Nueva y Notas Regionales, investigador del folclor de su región como lo atestiguan los volúmenes titulados Antioquia Típica (1937), Ají Pique (1942) y De todo el maíz (1944), compilador (Prosas del Indio Uribe) y editor (como ejemplo basta la mención de la edición de las Obras Completas de Tomás Carrasquilla, realizada en la Editorial Bedout con motivo del centenario de nacimiento del escritor en 1958), también halló tiempo para la fotografía. Las fotografías suyas incluidas en este libro constituyen un testimonio selectivo del pasado sonsoneño, más que mero documento reporteril: imágenes de lugares, seres y episodios que definían un ámbito de identidad. La aparente inmediatez de una toma se revela como lo contrario para un examen atento: como la captura de lo que en la geografía, la arquitectura, el paisaje _ natural o creado por el hombre _ , el trabajo o las costumbres, encuadraba la aventura del hombre hasta el punto en que éste se sabía hecho de esas calles y fachadas, de esos horizontes, de esos rostros. Fascina la fotografía del monóptero coronado con ondulante pabellón; emociona la portada vetusta del antiguo cementerio; encanta el interior de la fundición donde los trabajadores elaboran piezas para trilladoras de café; produce admiración la plaza principal, a cuyo sello particular contribuyen tanto los balcones como las carretas; sobrecoge como la pedrería, las lentejuelas y las sedas de una bailarina fastuosa, la caída vertical del río Sonsón; enamoran los atuendos de las damas en un día cívico. Este libro le hace justicia en parte al Benigno A. Gutiérrez fotógrafo. Sólo "en parte" porque se sabe que su obra fotográfica es más amplia. Parodiando alguna frase de Octavio Paz sobre Homero y Grecia, podríamos decir que sin ese tejido histórico llamado Sonsón, los aportes de don Benigno a la cultura de su pueblo y de la región hubieran carecido de impulso y materialidad; mas también es cierto lo contrario: sin esos libros, investigaciones, periódicos y fotografías de don Benigno, Sonsón no sería lo que es: uno de los pueblos antioqueños con más conciencia de identidad y generador de una de las contribuciones más caudalosas y significativas a la cultura antioqueña y nacional.
Benigno A Gutiérrez. Taller de Fundición Central de Emiliano Álvarez. Sonsón, 1911. Tarjeta postal.
Benigno A Gutiérrez. Plaza de Ruiz, Sonsón, 1911. Tarjeta Postal. Estas dos imágenes aparecen en el libro "150 Años de fotografía", publicado por la Biblioteca Pública Piloto.
LIBROS / roberto burgos cantor Lugares ajenos. Relatos del desplazamientoPalabras del escritor Roberto Burgos Cantor durante la presentación de este libro del Fondo Editorial Universidad EAFIT. La generosidad obstinada de Leticia Bernal y del Fondo Editorial de la Universidad EAFIT me tiene, una vez más, con esa duda que persiste en la conciencia de los escritores y que se expresa con la pregunta: ¿qué agrega al texto literario la palabra de su autor cuando ya la escritura es una fatalidad inamovible? Traté de consolarme con los motivos de la cortesía que, en la buena ley no escrita de la existencia y sus ritos arrasados, postulan los gestos de bienvenida para con aquello que se agrega a la vida y ennoblece su vocación de indestructible y obligan al consuelo de las despedidas cuando las distancias son inevitables. Bien visto, para el escritor de ficciones, su texto es algo que se desprende, que se va, que deja de pertenecerle. Y para el probable lector algo que llega a sus manos o a sus ojos con la libertad intacta con la cual fue escrito. Se encuentran con él en medio del océano de su época a cuyo oleaje fue lanzado, como una botella al mar, sin brújula, sin ruta y sin destino. Una idea así, del texto literario como una botella arrojada al mar, con el sólo lastre de su libertad y el incierto muelle de su arribo a una intimidad distante a la cual entregará sus secretos, me conmovía y me mostraba la rigurosa moralidad que hace de la bienvenida a los textos literarios, al libro, un acto de renovación de la redomada terquedad que convierte al ser humano en una figura que trasciende sus propias vergüenzas y miserias, el horror que sus codicias y vanidades han generado, para insistir en que el sueño es aún posible. Pensé, entonces, que compartir con ustedes las confidencias que resultan de enfrentar el escritor una realidad devastadora, sugerida por el editor como materia de tratamiento narrativo, podría resultar de interés para nuestro encuentro. Al ser esas ocurrencias previas a la escritura, quizás evitaban las interpretaciones privilegiadas que pretenden imponer un sentido al relato literario después de su realización. Las denomino privilegiadas por cuanto al ser el escritor el primer lector de su obra y ser esa circunstancia inocultable, podría influir como una voz que se cuela en la íntima comunicación que establece con el texto quien lo lee. Una sociedad que aspira en su modelo o su deseo de convivencia a la igualdad, debe rechazar los privilegios, aun el descrito, que en definitiva no tendrá más valor que el de cualquier lector. Yo me encontraba sumido en el infierno y el paraíso de escribir una novela. Me exaltaba con el rendimiento satisfactorio y me deprimía con los instantes de abismo. El escritor de novelas aprende pronto que la única manera de escribir las novelas es amarrarse como Odiseo al palo mayor de la nave y navegar y navegar. Que no puede abandonar el mar cuando el viento fecundo deja de inflar las velas. En ésas estaba cuando recibí la invitación de Leticia Bernal y el Fondo Editorial que preside en la Universidad. Distinguir entre la irresponsabilidad y el compromiso no es un hábito frecuente. Pero algo, todavía indefinible, me tocaba. Como si la posibilidad de indagar una voz en un territorio de despojo total fuera una imposición sin obligatoriedad, una de esas formas de justicia de las que participa el arte. Con frecuencia los escritores nos hemos interrogado sobre las dificultades del texto que se produce mediante un encargo. No hay duda que mucha de la literatura que hoy disfrutamos surgió sin mayores obstáculos de una petición. Al examinar el antecedente de la experiencia que nos convoca, es decir, los cuentos reunidos bajo el título y la temática de El Recluta, durante la guerra de los Mil Días, no podemos menos que observar un hecho interesante. Tal, está dado por la perspectiva que sugirió el director de la revista El Cascabel al proponer a algunos escritores de la época, comienzos de 1900, que mostrasen su visión de los soldados que, reclutados a la fuerza, volvían a su casa. Ustedes recordarán una crítica, demoledora por cierto, que se hizo a la literatura llamada de la violencia, en Colombia. Se refería ella a los cuentos, narraciones y novelas cuyo tema estaba anclado en la violencia de los años cincuenta. La expresó Gabriel García Márquez al plantear que una narrativa sumida en las truculencias de las formas de exterminar de entonces no era más que un inventario de muertos. Esto me hizo reflexionar en que el punto de vista planteado en los cuentos de El Recluta y anunciado en la propuesta narrativa del director de la revista, abrían un camino que de haberse continuado, en su exploración y perfeccionamiento, constituiría una tradición sólida con el efecto, a lo mejor, de ahorrar aquellas aventuras plenas de buena intención, de legítimas iracundias, pero frustradas en su solución estética. Por qué se fracturó ese inicio de 1901será asunto al que responderán con hipótesis y conjeturas diversas los investigadores de la literatura. Tal vez yo pueda advertir que en ese desprecio, a lo mejor olvido, por una tradición cercana, se evidencia algo de la catástrofe de un conflicto social tan prolongado: la supresión de la memoria y lo endeble de la voluntad que conduzca a reconocernos.
En cada ocasión en que un escritor inicia su texto se le plantean las incertidumbres, aumentadas, de la primera vez. Nada de lo que ha escrito antes le sirve para resolver lo que acaba de comenzar. Y nada le será revelado sino en la medida que lo conquiste con su escritura. Sin embargo, el territorio que vislumbraba ofrecía las incitaciones de un reto y la dureza de un testimonio. Una manera de destruir el peso de la actualidad con sus espejismos engañosos consistía en establecer lejanías. Para mí, hasta que conocí el libro "Lugares ajenos", el mes pasado de febrero, no sabía quienes más participaban en la bella y de alguna manera atormentadora experiencia. A lo mejor deparará provecho y más de una sorpresa a los lectores y críticos establecer similitudes y diferencias en las concepciones de la literatura imperantes en cada momento en El Recluta y el conjunto de catorce cuentos reunidos en "Lugares ajenos". En éste, haber evitado el síndrome de corresponsal de guerra no es la menor de sus virtudes. Sin concierto previo, se puede observar, cómo los autores han asediado de una forma implacable y honesta, sin los artificios de la truculencia, sin conceder a los cantos de sirena de la retórica de la denuncia, sin una idea moral preconcebida, un tema, una realidad que aún nos estremece. Se ha logrado con dignidad estética y sin parcialidad ideológica una muestra que no pasma, ni fosiliza el drama, sino que por el contrario deja abierta para el lector una baraja de sentidos y significaciones. Ello, desde la contenida ironía del relato que inicia el libro, "El metro más limpio y ordenado del mundo", hasta esa especie de fresco, de mural invasivo contenido dentro del orden rigurosos del género, en el cuento que cierra a "Lugares ajenos" titulado "Desde la torre los veo pasar". Es probable que el lector de "Lugares ajenos" se vea confrontado por una sensación curiosa, como si el texto literario al indagar y plasmar en la ilimitada condición humana, determinado aspecto del drama que lo corroe o la rabiosa esperanza que lo empuja a sobrevivir, tuviera el poder _dicho texto- de rescatar la realidad. Me preguntaba por qué sucedía esta sensación, extraña, y la razón de entenderlo me pareció una paradoja. A fuerza de repetirse el acto violento queda de repente sin una explicación convincente, se "afantasma" por nombrarlo de alguna manera y su sombra de horror adormece la conciencia o la excluye. Parecería que todos somos víctimas. Anónimas víctimas. Abstracción del dolor. Y después un insensible deslizamiento en la banalidad del titular de periódico, de la noticia sin eco, de la estadística creciente y sin consecuencia. De ese tremedal de pánico congelado, de sentimientos acoquinados, de cobardías innombrables, viene la fuerza ética y el logro literario de "Lugares ajenos". Rescatar la realidad, devolverle mediante la palabra y la voz de personajes que increpan y cuestionan un destino adverso que a todos nos implica, su naturaleza de real a una realidad tramposa y oculta, es quizás una ambición no deliberada de este libro. Con ello, a lo mejor, tenga un entendimiento aquella idea del escritor polonés Witold Gombrowicz, quien decía que la realidad posee un poder purificador. Entonces, literatura como talismán de lo real. No sé si con un deliberado propósito editorial, se incluye en "Lugares ajenos" un cuento de Arturo Alape. Es una presencia que me agrada porque pone en diálogo a un autor que ha dedicado con persistencia su trabajo literario y de investigador social desde hace muchos años a algunos aspectos de las manifestaciones de la violencia colombiana. Eso permite contrastar una larga entrega especializada con la sensibilidad y el tratamiento de los nuevos y jóvenes escritores que están en el libro. Tengo la ilusión de que un libro como "Lugares ajenos" reclama un espacio propio en la construcción de una memoria colectiva. Reconocimiento de la tragedia o rechazo es la disyuntiva. Pero ante todo memoria porque no hay ya inocencia. Sea lo que fuere, a los escritores y a la Universidad editora nos cabe la satisfacción de ofrecer esta libre lectura. ARTE RELIGIOSO / gustavo vives mejía Una Santísima Trinidad diferentePor muchas generaciones los católicos recitaron la definición casi sacramental de la Santísima Trinidad del Catecismo del Padre Astete: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Al mismo tiempo vieron su representación como aún se ve: en ella aparecen Jesucristo, el Hijo, como hombre maduro y barbado; la paloma, símbolo del Espíritu Santo, y un anciano con cabello y barba blanca, el Padre Eterno. Esta imagen no siempre fue la misma. Los cambios en la teología católica sobre el dogma más inaccesible de la religión, incidían lógicamente en la interpretación que los artistas hacían de él en sus obras. Una versión muy rara y escasa es el cuadro de la Trinidad facial de una colección particular de Medellín, publicado ahora por primera vez. (Ver ilustración en carátula de este boletín). La figura tiene una cabeza con rostro triple y lleva en sus manos un triángulo, alegoría trinitaria en cuyos bordes se lee un texto en latín, que dice así: El Padre no es el Hijo; el Hijo no es el Espíritu Santo y el Espíritu Santo no es el Padre. Hacia el centro se lee: El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Los cuatro ángulos de la obra presentan un libro con los nombres de los evangelistas. Se trata de una pintura primitiva y plana pero con el encanto de los trabajos ingenuos. Su autor debió conocer un grabado sobre el asunto que le sirvió de modelo. Por sus calidades técnicas se puede datar en las primeras décadas del siglo XIX y resulta, para la época de su realización, un anacronismo al igual que otras expresiones tardías que se dieron en la región antioqueña. La imagen de una cabeza con rostro triple se remonta a los dioses prerromanos Triglav, de los eslavos y Lug o Visitus, de los galos, y a Seraphis y Hécate, de los romanos. En los siglos XII y XIII de la era cristiana se utilizó en elementos arquitectónicos y en la ilustración de libros miniados, con distintos significados. Durante este período apareció por primera vez la figuración realista de la Santísima Trinidad en Francia y el norte de Italia, que ganaría amplia divulgación después del Renacimiento. Es de anotar que el tema está ausente en el arte de los primeros siglos de la Edad Media, quizá por la resistencia de la Iglesia a representarla.
Grabado anónimo europeo, ¿siglo XVI?Una de las primeras variantes que se adoptó fue la trifacial, común también en España y los Balcanes. En 1491se publicó en una xilografía de la edición florentina de la Divina Comedia; en 1506 en una portada del Derecho Canónico, de Lynwood y en 1524 en un Libro de Horas impreso por el flamenco Simón Vostre. Entre 1565 y 1570 el artista español Jerónimo Cosida pintó una Trinidad inspirada en el Códice de Manresa. Esta forma de representar a la Divinidad y la que muestra a los tres personajes trinitarios con figura humana, fue prohibida por el Papa Urbano VIII en 1628. En América se conoció a través de grabados europeos, los cuales fueron copiados por los pintores nativos a pesar del veto papal, pues había cierta tolerancia doctrinal con los indígenas. En Colombia se descubrió hace pocos años dicha imagen trifacial cuando se restauró una pintura de Gregorio Vásquez Arce y Ceballos (1635 _ 1711), del Museo de Arte Colonial de Bogotá. * El autor de este artículo es funcionario de la Dirección de Cultura de Antioquia, Área Patrimonialjairo morales henao / LIBROS Los artesanos,pieza clave de la nacionalidad
"... los sentimientos del honor y del deber artesanales amenazados por el mundo capitalista y el necesario reacomodamiento de los detentadores de los oficios tradicionales dentro de la esfera industrial y mecanizada. Éste es propiamente el hilo conductor de los seis capítulos de este libro, en apariencia dispersos en cuanto a su temática, aunque, si se examinan con detenimiento, tienen ese trasfondo común...", declara el autor en la presentación del libro. Lo cual, sin embargo, es discutible, porque si bien la insistencia en el tema es cierta, también lo es la detenida y hasta minuciosa exploración de otros asuntos, como el papel de las escuelas de artes y oficios en la incipiente modernización industrial del país en el siglo XIX o las relaciones entre los artesanos colombianos y los ingenieros y técnicos extranjeros vinculados a minas, ferrerías, talleres de mecánica y centros de enseñanza. La amplitud del proyecto investigativo del que se desprenden estos seis capítulos y lo que en ellos es puerta entreabierta a futuros estudios _ del autor o de otros historiadores _ hacían muy complicado el mantenimiento de un hilo conductor. A pesar del gran desarrollo de la historiografía colombiana en las últimas décadas, los vacíos en el conocimiento de nuestra historia que reclaman ser llenados son tantos y anchurosos que la pretensión de que sus libros sean un cuerpo compacto es difícil de cumplir. Pero la franja de nuestra historia que recupera esta investigación es tan valiosa por la masa de información y por la importancia histórica del artesanado colombiano, que detenerse en exceso en el problema de su unidad sería mezquino. No sólo no puede ponerse en duda su condición de notable aporte historiográfico sino que además es necesario resaltar su significación para lo que pudiera llamarse conciencia del país sobre sí mismo. Desde experiencias inaugurales como la lectura de Pinocho y las visitas al taller de un tío carpintero y de un zapatero lector, el mundo de los artesanos ha sido siempre un imán para nuestra curiosidad. Su tradición libertaria, crítica, marginal a los valores burgueses, creadora de hechos alternativos a la educación confesional y al individualismo capitalista, su espíritu de estudio, lectura y vida sobria, y también los vínculos con la masonería, tradición conocida en otras lecturas, hicieron de la simpatía un cierto conocimiento y, sin duda, una expectativa constante. Y si bien la afirmación del autor en el sentido de que "los sentimientos del honor y del deber artesanales " constituyen el hilo conductor del libro no nos parece precisa, sí lo es el que el artesanado colombiano es el eje del libro. De acuerdo con esta apreciación el corazón del libro Cabezas dura y dedos inteligentes lo conforman el capítulo 5: "El taller como escuela: los sastres políticos de Medellín" y el 3: "¿De artesanos a técnicos?". Y es desde ahí que se puede justipreciar cuáles entre los capítulos restantes contribuyen en forma decisiva al logro de éstos dos, a su fundamentación y a sus esclarecimientos. Y también qué tanto de los datos allegados es imprescindible y cuál podría considerarse un tanto sobrante, excesivo, farragoso, no esencial. El primer capítulo es un planteamiento apropiado sobre las raíces históricas del perfil de los artesanos colombianos y, en particular, de los artesanos antioqueños. La Ilustración española, en cabeza del tratadista Campomanes, y específicamente de su discurso Discurso sobre la educación popular de los artesanos, de 1775, fue, según lo argumenta Mayor Mora, la inspiración ideológica de la Instrucción general para los gremios, publicada dos años después. Pertenece a Francisco Robledo y Francisco de Iturrate, funcionarios de la Corona Española en Santa Fe de Bogotá. Esta "Instrucción" no habría sido otra cosa que una paráfrasis del texto de Campomanes. Se señala como otra punta de lanza del proceso de corrección de "los defectos del artesanado criollo" a José Celestino Mutis en su taller de dibujo. Se buscaba disciplinar a los artesanos nacionales, hacerlos responsables, "hombres de honor", organizados en el taller y en su vida personal, estudiosos, dotados de conocimientos teóricos y técnicos, en otras palabras, más confiables, más productivos. Sólo así se podría pensar en estabilizar y acrecer una demanda en el mercado. Que no fue algo fácil lo reconoce el investigador: "No sabían ellos, a pesar de su visión anticipatoria, que habrían de pasar más de dos siglos antes que el estamento artesano hiciera del honor el elemento esencial de su estilo de vida. Y aún hoy es dudoso que lo sea".
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