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¡El heroísmo de papá!

 

No importa de donde seamos, todos en el planeta celebramos el día del padre. Una fiesta de agradecimiento a los hombres que con juicio y responsabilidad coadyuvan, junto a su pareja, en el sostenimiento y educación de los hijos.

En occidente, el día de celebración está asociado a la paternidad de San José: el 19 de marzo, aun hoy en países como España y Portugal continúan celebrándolo por estas fechas; pero en otros países como Estados Unidos, varias naciones europeas y gran parte de América Latina, la celebración está ubicada para el tercer domingo del mes de junio para dejar la fecha de San José como el día del hombre.  Debido a la incorporación de la mujer en el mundo laboral, el rol de padre se ha desprendido de su molde de proveedor para ser ampliado hacia otras responsabilidades. Ahora los padres cambian pañales, hacen el tetero y comparten con su pareja todos los asuntos de protección y formación de sus pequeños.

En la tradición popular antioqueña al padre se le suele homenajear con un desayuno suculento o un almuerzo familiar, luego de la misa dominical. El domingo de padres los hijos preparan una mesa con el padre y madre a la cabeza. Si por diversas razones, la familia no puede reunirse a lo largo del año a la hora de la cena, el día del padre todos separan ese momento para comer en compañía de papá. No hay una hora dispuesta para los regalos, incluso en algunas familias, los hijos entregan con anticipación los presentes para ser lucidos por papá en su día.

La literatura no ha dejado de tratar el rol del padre, en muchas ocasiones alejados de sus privilegios de poder para presentarlos vulnerables ante la pérdida. Recordemos los relatos de Homero en la Odisea, donde Príamo, Rey de Troya,  acude ante Aquiles para solicitar el cadáver de su hijo Héctor; hablemos también del padre protector que, desde la  muerte, advierte al heredero de Dinamarca que ha sido envenenado y que su reino e hijo corren peligro: Hamlet, magnifica pieza de la literatura y representada en diversas versiones por la cinematografía mundial. No podemos olvidar el magnífico texto del Héctor Abad Faciolince en la reconstrucción de la ternura de su padre, en ese magnífico homenaje en palabra que significa: El Olvido que Seremos.

 

 

“Mi papá, a veces, se encerraba en la biblioteca y ponía a todo volumen una sinfonía de Beethonven, o alguna pieza de Mahler (sus dolorosas canciones para niños muertos), y por debajo de los acordes de la orquesta que sonaba con tutti, yo oía sus sollozos, sus gritos de desesperación, y maldecía el cielo, y se maldecía a sí mismo, por bruto, por inútil por no haberle sacado a tiempo todos los lunares del cuerpo, por dejarla broncear en Cartagena, por no haber estudiado más medicina, por lo que fuera, detrás de la puerta cerrada con seguro, descargaba toda su impotencia y todo su dolor, sin poder aguantar lo que veía, la niña de sus ojos se le iba esfumando entre sus manos mismas de médico, sin poder hacer nada por evitarlo, sólo intentando con mil chuzones de morfina aliviar al menos su conciencia de la muerte, de la decadencia definitiva del cuerpo, y del dolor. Yo me sentaba en el suelo, al lado de la puerta, como un perrito al que su amo no deja entrar, y oía sus quejidos que se filtraban por la ranura de abajo, que le salían a él de adentro, de muy hondo, como del centro de la tierra, con un dolor incontenible, y luego al fin cesaban, y seguía la música otro rato, y él salía otra vez, con los párpados enrojecidos y con una sonrisa postiza en la cara, disimulando el tamaño sin fin de su dolor, y me veía ahí, “qué estás haciendo ahí, mi amor”, y me hacía levantar, y me daba un abrazo, y subía donde Marta con la cara feliz, a animarla, yo entraba detrás, a decirle que seguro al otro día se iba a empezar a sentir mejor, cuando la droga le hiciera efecto, cuando el remedio obrara, esa papilla inmunda, ese potaje blancuzco con brillos iridiscentes que habían traído de Estados Unidos y que ella tenía que tragarse con repugnancia, a las cucharadas, una droga en vías de experimentación, que la ponía peor, mucho peor, y que al final no sirvió para nada, tal vez ni siquiera para la ilusión, y un día resolvieron suspenderla, porque semana tras semana los exámenes que Echa, el hematólogo, le hacía, daban peor, y peor, y peor.”

El Olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince.

Para los padres vivos, para los padres muertos, para las mamás que son papá y para los papas que son mamás; para los padres sin hijos, para los hijos sin padres, para todos este homenaje.

 

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