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Gracias al bibliotecario conocí y amo las bibliotecas

Por: Juan Carlos Sánchez Restrepo

Pocas veces olvidamos nuestras primeras experiencias: el primer amor, los primeros amigos, el primer día en la escuela y la primera vez que entramos a una biblioteca. Recuerdo que lo más parecido que había visto antes era un templo: limpio, fresco y silencioso; entonces me dio por pensar que la biblioteca era otro tipo de iglesia. Un lugar para el recogimiento y la palabra, para la concentración en postura de oración frente a los libros. La Biblioteca era el ritual de las letras y las voces invisibles de los autores que, como dioses, nos hablaban del más allá. Mi primera Biblioteca fue una experiencia sublime y sagrada.

Cuando éramos de talla baja y veníamos a La Piloto nos recibía una señora adulta ¡con una calidez impresionante! Y nos ofrecía entonces las formas posibles para hacer parte de esos que habitan el silencio. Ella nos enseñó que la biblioteca era un espacio para nosotros.  A pesar de nuestros arremolinados deseos de correr y hablar duro en la Sala de lectura, nunca nos regañó. Sólo cuando veía que nuestra actitud afectaba la tranquilidad de otros, nos llamaba y nos enseñaba con cariño el por qué no debíamos hablar en voz alta y cómo debíamos tratar los libros. Cuando su ojo vigilante detectaba al líder del grupo, lo llamaba amablemente, le mostraba un libro de hermosas láminas y lo sentaba cerca a su puesto de servicio. Todo esto para decir que gracias al bibliotecario nació mi amor por la biblioteca.

Los años pasaban y con ellos, crecían mis infinitas ganas de aprender y de recorrer este maravilloso espacio. La Biblioteca fue mostrándose ahora más fuerte, más grande, más inmensa. En estos tiempos recuerdo también a otro bibliotecario que al parecer tenía poderes mentales, porque cuando nos veía aparecer en la distancia, nos esperaba con un cerro de lecturas similares a las que nos habían cautivado la tarde anterior.

Mucho ha cambiado en la profesión del bibliotecario. Crecen los espacios, cambian los tiempos, los formatos y las generaciones. A pesar del viento inmarcesible de los días, es verdad que hay cosas que permanecen igual: la entrega de los libros con cariño, el guiño a través de la literatura, la nota que se toma con atención de lo que se mueve o no, fuera y dentro de un texto; y es que su instinto y su carácter por servir y facilitar información no se marchita ni cambia ni se inmuta con el tiempo. El oficio del bibliotecario es antigua, ejercido incluso, desde la propia invención de la escritura y de las bibliotecas públicas.

Primero fueron los depósitos de textos, las colecciones privadas, el exlibris y el nombre de la rosa. Después llegaron las bibliotecas públicas, esos centros de aprendizaje gratuito, escuelas abiertas, puentes del conocimiento, templo del saber. Libros, libres, abiertos. Ahí estaban ellos. Siempre custodiando, ordenando, estructurando y fortaleciendo las colecciones bibliográficas.

La primera biblioteca pública data, aproximadamente, del año 540 a.c., y de ahí en adelante, ellos entonces se encargaron de ser centinelas, guardianes y estandartes, hasta nuestros días, del conocimiento. Yo los veo como facilitadores, asesores, acompañantes y peritos del saber. Claro que todo esto depende de la Biblioteca y de la época.

 

Ustedes sabían que el oficio de bibliotecario ha sido ejercido por una cuantiosa lista de figuras representativas de la historia: Benjamín Franklin, prócer de la independencia de los Estados Unidos; Mao Tse-Tung, padre de la revolución china; la primera  ministra de Israel Golda Meir; La filóloga y lexicógrafa española María Moliner, quien fuera una de las más valiosas defensoras del oficio en su natal España; el libidinoso Giacomo Casanova; el filósofo alemán Johann Wolfgang Goethe; el autor de Alicia en el país de las Maravillas, Lewis Carroll; por sólo nombrar algunos de los facilitadores de bibliotecas  más famosos de los últimos años. Y es que hay una lista interminable de escritores como: Borges, Rubén Darío, Vargas Llosa y Stephen King, quienes también ejercieron como guías de la información y del saber en una Biblioteca Pública. Pero eso no es todo. No señores: quién habría de imaginar que detrás de la piel de ébano, músculos de acero y cara de niño malo, se esconde un bibliotecario… sí, les hablo de Mike Tyson, campeón mundial de peso completo. ¿Cómo sería un libro recomendado por él? La fuerza de las palabras señores. La fuerza de las palabras.

El oficio sí que ha cambiado, ya existen bibliotecas sin libros: todo completamente digitalizado. Hace poco un medio británico presentaba este suceso en Texas, donde una Universidad le apostaba a presentar todos sus libros en formato digital, pero esto no es nuevo: las fototecas, filmotecas, mapotecas, discotecas son colecciones especializadas sin libros, y funcionan casi siempre en el seno de una biblioteca, lo que quiero decir es que el formato no importa. Aunque todas estas ramas y soportes demandan en la actualidad de un bibliotecario más especializado.

Estas demandas y especializaciones no son recientes, en otro tiempo los idiomas eran esenciales para el desempeño de una buena labor bibliotecaria: saber desenvolverse en el latín, griego, francés o italiano, incluso en hebreo, para guiar así a los señores inclinados por los estudios teológicos y desconocedores de esas lenguas, esto conllevó a que el oficio del bibliotecario mudase al de traductor. A pesar de trabajar sobre colecciones incipientemente catalogadas, el bibliotecario debía apoyarse en sus conocimientos y memoria para completar las series y subseries que pudieran faltarle.

En el texto “El documentalista Enredado”, Marco Ros-Martin describe el siglo XVIII como “un periodo de renovación y cuestionamiento, caracterizado por su confianza en el poder de la razón, por encima de la superstición” y describe al bibliotecario ideal del siglo XVIII como un “erudito de conocimiento enciclopédico.” Un bibliotecario adaptado al manejo de folios antiguos y modernos, en lenguas diversas como el latín y en las oficiales de las principales naciones europeas.

Con el paso del tiempo el oficio se fue especializando y surgió el Bibliotecólogo, un individuo formado para conocer técnica y normativamente todos los procesos que implica la adquisición, desarrollo, análisis y disposición de los materiales de una biblioteca, digámoslo en otras palabras, alguien formado en estudios para conocer los aspectos que involucran el desarrollo de una unidad de información o de una gran biblioteca.

Los nuevos tiempos, los nuevos roles y las nuevas generaciones, demandan un bibliotecario y bibliotecólogo fuera de serie. Y es que aparte de los saberes necesarios para el manejo de herramientas tecnológicas, las bibliotecas necesitan de un humanista capaz de sumergirse en las complejidades de la contemporaneidad; necesitamos expertos en acompañar a la población vulnerable que no sabe leer ni escribir; capaz de brindar un apoyo documental  para la recuperación de sus derechos;  un profesional que en las particularidades de los soportes diversos y la exploración de soportes fragmentados que demandan ser conservados y reinterpretados, encuentre todavía la forma de seguir enamorándonos diariamente del poder irrenunciable que tienen las palabras.

Es posible pensar una biblioteca sin libros sí, pero difícilmente sin bibliotecólogos, bibliotecarios y lectores. ¡Digámoslo así! es difícil que un buen lector no tenga en el rincón más grande de su alma, un espíritu bibliotecario, ordena sus libros, toma notas y sabe encontrar las cosas.

¿Quién podría enseñarle a un niño, la biblioteca y sus laberínticas posibilidades, la primera vez que éste ingrese en una biblioteca?

Si para ti las bibliotecas también son una especie de paraíso como para Jorge Luis Borges, entonces los bibliotecarios y bibliotecólogos son parte del comité de bienvenida.

¡Gracias por enamorarnos todos los días de la vida a través de los libros!

Día del Bibliotecólogo y del oficio bibliotecario – 23 de abril

A propósito del mes del Libro y del Idioma, compartimos contigo dos Bibliografías sugeridos, con libros y contenidos que puedes encontrar en nuestras bibliotecas públicas. ¡Adelante viajero! El mundo de los libros espera por ti.

 

 

Bibliografía

LERNER, Fred. Historia de las bibliotecas del mundo. Desde la invención de la escritura hasta la era de la computación. Buenos Aires: Troquel, 1999

CASAZZA, Roberto. El futuro bibliotecario. Hacia una renovación del ideal humanista en la tarea bibliotecaria.

Marcos Ros-Martín. Evolución de la profesión de Bibliotecario

 

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