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Medellin - Antioquia, lunes, 21 de abril de 2014
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Francisco Mejía

Francisco Mejía

 

 

Por varias décadas para la sociedad de Medellín fue de rigor mostrar en casa un retrato de Foto Mejía. Con el paso del tiempo estas imágenes de la novia en los 30, el bebé rozagante de los 40, el bachiller de los 50 y el profesional con sus abuelos en los años 60, adquirieron el carácter sagrado de los objetos hogareños y por estas razones de la vida doméstica se ha ido hundiendo en el olvido público la labor de Francisco Mejía como fotógrafo comercial.

 

Nació en Copacabana en el seno de una familia que conoció la fortuna y la pobreza alternada. Su padre fue minero y en alguna ocasión alcalde de la población. En tiempos difíciles, su madre se trasladó a Medellín, donde montó una pequeña industria sombrerera y un servicio de lavado de ropa al por mayor que hicieron posible la educación de sus hijos. Francisco viajó a Bogotá, con la intención de estudiar ingeniería con los hermanos cristianos, pero nuevos percances económicos al poco tiempo lo hicieron regresar a Medellín en el año de 1917. Suspendió sus estudios para colaborar en el sostenimiento de su casa. Se empleó de mensajero y ayudante de dibujo con la firma Olarte Vélez, en donde se afianzó su interés y adquirió un ojo crítico para los temas de la ingeniería y la arquitectura. Pasó después a trabajar en el negocio fotográfico de Oscar Duperly y fue allí donde nació la afición por la fotografía.

 

Su aprendizaje fue empírico; la decisión de independizarse tuvo algo de fortuita. Mientras cumplía funciones tanto administrativas como de fotógrafo en la Casa Duperly, le gustaba recorrer la ciudad y a título privado “sacar vistas” de los lugares y eventos principales para su colección particular. Desde el comienzo supo que eran buenas y como quienes conocieron sus fotografías empezaron a ofrecerle por las copias y a comisionarle trabajos esporádicos, se definió por el oficio de fotógrafo, y en el año de 1922 como colaborador de la revista Sábado de Medellín, estaba al lado de consagrados en el campo de la fotografía en Antioquia, como Manuel A. Lalinde, Daniel A. Mesa, Melitón Rodríguez, Rafael Mesa, Benjamín de la Calle y Oscar Duperly. Abrió su propio estudio en el año de 1928.

 

En un principio puso énfasis en el aspecto comercial para diferenciarlo de la fotografía de gabinete. Las principales compañías industriales, empresas constructoras, bancos y establecimientos comerciales, la mayoría ya con alguna tradición, habían tomado conciencia de la necesidad y las ventajas de transmitir una buena imagen y del registro de sus actividades y adelantos y en especial de renovar las técnicas de la publicidad y hacerlas más sutiles, más alejadas del cartelón y la proclama ingenua a la que hasta entonces se había recurrido. Empresas como la Naviera Colombiana, Fabricato, Coltejer, Coltabaco y la Nacional de Chocolates, encomendaron a Francisco Mejía estas labores. Los resultados fueron y son aún notables. En 1943 Editorial Bedout publica el Album gráfico de Medellín ilustrado con fotografías de Francisco Mejía.

 

Francisco Mejía fue experto en la técnica de la iluminación al óleo que puso en boga sus postales y retratos retocados y manejó con tanto acierto la luz artificial como la natural, de la cual se valía haciéndola llegar hasta su estudio mediante complicados ensamblajes de espejos o para el caso de interiores de casas y edificios, dejándola filtrarse desde alguna ventana, con lo cual obtenía el raro efecto de intemporalidad. Incursionó en el cine comercial y fue durante años el encargado de preparar las placas de publicidad que inauguraban el suspenso en las salas de cine. Mejoraba las cámaras y construía máquinas de ampliación y para el revelado de películas y era un maestro en la preparación de emulsiones y materiales de procesado.

 

Sus dotes de retocador lo hicieron muy popular entre las damas. Su timidez le permitió ser modestamente testarudo, nunca entregó una fotografía que no dejara al cliente satisfecho, pero a cambio imponía el ángulo para la fotografía o la pose para el retrato que a su juicio eran esenciales. Se sintió libre cuando por fin pudo concentrarse en la elaboración de retratos formales e impecables y solazarse en la pintura delicada de los mismos. Pero el perfeccionismo vio pasada su hora y la edad y otras técnicas que le parecerían poco ortodoxas, lo fueron relegando en los últimos años de su vida.

 

Sin embargo abrió su estudio siete días a la semana hasta la fecha de su primera y última enfermedad. Cuando murió, el Medellín que Francisco Mejía fotografiara había sido derruido otra vez y las costumbres y los gustos no eran los mismos.

 

 

Galería fotográfica Francisco Mejía

 

 

 

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