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Medellín - Antioquia,
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FRANCISCO MEJIA ( 1899-1979)
Por varias décadas para la sociedad de
Medellín fue de rigor mostrar en casa un retrato de Foto Mejía. Con el paso del
tiempo estas imágenes de la novia en los 30, el bebé rozagante de los 40, el
bachiller de los 50 y el profesional con sus abuelos en los años 60, adquirieron
el carácter sagrado de los objetos hogareños y por estas razones de la vida
doméstica se ha ido hundiendo en el olvido público la labor de Francisco Mejía
como fotógrafo comercial.
Nació en Copacabana en el seno de una familia
que conoció la fortuna y la pobreza alternada. Su padre fue minero y en alguna
ocasión alcalde de la población. En tiempos difíciles, su madre se trasladó a
Medellín, donde montó una pequeña industria sombrerera y un servicio de lavado
de ropa al por mayor que hicieron posible la educación de sus hijos. Francisco
viajó a Bogotá, con la intención de estudiar ingeniería con los hermanos
cristianos, pero nuevos percances económicos al poco tiempo lo hicieron regresar
a Medellín en el año de 1917. Suspendió sus estudios para colaborar en el
sostenimiento de su casa. Se empleó de mensajero y ayudante de dibujo con la
firma Olarte Vélez, en donde se afianzó su interés y adquirió un ojo crítico
para los temas de la ingeniería y la arquitectura. Pasó después a trabajar en el
negocio fotográfico de Oscar Duperly y fue allí donde nació la afición por la
fotografía.
Su aprendizaje fue empírico; la decisión de
independizarse tuvo algo de fortuita. Mientras cumplía funciones tanto
administrativas como de fotógrafo en la Casa Duperly, le gustaba recorrer la
ciudad y a título privado “sacar vistas” de los lugares y eventos principales
para su colección particular. Desde el comienzo supo que eran buenas y como
quienes conocieron sus fotografías empezaron a ofrecerle por las copias y a
comisionarle trabajos esporádicos, se definió por el oficio de fotógrafo, y en
el año de 1922 como colaborador de la revista Sábado de Medellín, estaba al lado
de consagrados en el campo de la fotografía en Antioquia, como Manuel A. Lalinde,
Daniel A. Mesa, Melitón Rodríguez, Rafael Mesa, Benjamín de la Calle y Oscar
Duperly. Abrió su propio estudio en el año de 1928.
En un principio puso énfasis en el aspecto
comercial para diferenciarlo de la fotografía de gabinete. Las principales
compañías industriales, empresas constructoras, bancos y establecimientos
comerciales, la mayoría ya con alguna tradición, habían tomado conciencia de la
necesidad y las ventajas de transmitir una buena imagen y del registro de sus
actividades y adelantos y en especial de renovar las técnicas de la publicidad y
hacerlas más sutiles, más alejadas del cartelón y la proclama ingenua a la que
hasta entonces se había recurrido. Empresas como la Naviera Colombiana,
Fabricato, Coltejer, Coltabaco y la Nacional de Chocolates, encomendaron a
Francisco Mejía estas labores. Los resultados fueron y son aún notables. En 1943
Editorial Bedout publica el Album gráfico de Medellín ilustrado con fotografías
de Francisco Mejía.
Francisco Mejía fue experto en la técnica de
la iluminación al óleo que puso en boga sus postales y retratos retocados y
manejó con tanto acierto la luz artificial como la natural, de la cual se valía
haciéndola llegar hasta su estudio mediante complicados ensamblajes de espejos o
para el caso de interiores de casas y edificios, dejándola filtrarse desde
alguna ventana, con lo cual obtenía el raro efecto de intemporalidad. Incursionó
en el cine comercial y fue durante años el encargado de preparar las placas de
publicidad que inauguraban el suspenso en las salas de cine. Mejoraba las
cámaras y construía máquinas de ampliación y para el revelado de películas y era
un maestro en la preparación de emulsiones y materiales de procesado.
Sus dotes de retocador lo hicieron muy popular
entre las damas. Su timidez le permitió ser modestamente testarudo, nunca
entregó una fotografía que no dejara al cliente satisfecho, pero a cambio
imponía el ángulo para la fotografía o la pose para el retrato que a su juicio
eran esenciales. Se sintió libre cuando por fin pudo concentrarse en la
elaboración de retratos formales e impecables y solazarse en la pintura delicada
de los mismos. Pero el perfeccionismo vio pasada su hora y la edad y otras
técnicas que le parecerían poco ortodoxas, lo fueron relegando en los últimos
años de su vida.
Sin embargo abrió su estudio siete días a la
semana hasta la fecha de su primera y última enfermedad. Cuando murió, el
Medellín que Francisco Mejía fotografiara había sido derruido otra vez y las
costumbres y los gustos no eran los mismos.
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