Cultura

EL PANÓPTICO

Estefanía Rivera Guzmán, 30 abril de 2020. Taller de iniciación a la creación literaria

Por: admin

07 Jul 2020, 11:05

Añoraba, después de vivir en casas amplias y ciudades gigantes, regresar a un lugar acogedor, tal vez a un pequeño pueblo con personas amables.

Y ahí estaba en uno de esos edificios con casitas minúsculas donde las familias se atascan, y se esfuerzan por pagarlos a altos intereses durante casi toda su vida. Descubrí que pueden ser un infierno o convertirse en algo parecido. 

Son lugares estrechos ideados para familias nucleares y con poco tiempo para el esparcimiento.  También son panópticos. Y era eso lo que irradiaba el 501, una especie de omnisciencia en los cinco niveles de la estructura. Quién habitaba el 501 era un ser vigilante, el ojo que todo lo veía, la nariz que todo olfateaba. Durante el tiempo de la cuarentena había tenido su fuerza de trabajo atascada, obstruida en su cuerpo malhecho, en su barriga tensa y robusta. Caminaba con los pies arqueados, que parecían no aguantar el peso de la vida, de su cuerpo. La cabeza le pesaba, sin embargo, trataba de mantenerla altiva y erguida. Se jactaba del poder que le generaba la altura del 501, estar en la cima le inyectaba a sus venas el deseo de dominio y control que demostraba al caminar por el pasillo observando la vida de quienes vivíamos en los cuatro pisos que tenía bajo sus pies. 

Durante mucho tiempo intenté huirle al panóptico, al ojo vigilante. Cerraba las puertas con sigilo evitando cualquier chirrido de las bisagras que aceitaba casi a diario, antes de irme a dormir. Me paseaba por cada uno de los rincones de mi pequeño apartamento, verificando que nada pudiera sobresaltarlo. La música la escuchaba a un volumen muy bajo por temor a que las vibraciones despertaran su furia. En las mañanas, antes de la cuarentena, salía del apartamento con el mayor cuidado y silencio. Día tras día quería fundirme con las paredes, ser invisible, que ni siquiera mi olor de mañana fuera percibido. 

Sobreviví así por algunos meses. Predecía nuestro encuentro, hasta que al fin ocurrió. No pude huir del ojo vigilante. Una mañana sentí que bajó frenéticamente las escalas hacia mi puerta. Las gotas de sudor resbalaban por mi rostro; estaba justo en el minuto 32 de la rutina diaria de ejercicios que inicié para sobrellevar la cuarentena. Paré. Respiré. Mi corazón palpitaba aceleradamente, intenté calmarme y pensar que era por el ejercicio. Esperaba que el señor vigilante pasara de largo por mi puerta y quizá fuera a vociferar contra otro vecino. Pero no. Yo era la elegida. Sentía que el cuerpo palpitaba al ritmo de mi corazón y hacía que se moviera sin poder detenerlo. El espacio entre la sala y la puerta, 2 metros, se convirtieron en un ciempiés que se movía: las paredes se achicaban, el piso y el techo se juntaban y luego se expandían de nuevo. Por un momento los golpes en la puerta se sincronizaron con los latidos de mi corazón. 

Di cuatro pasos, naufragué sobre el ciempiés haciendo equilibrio hasta que tuve la mano en la manija de la puerta. La giré. Y él estaba ahí, parado frente a mí. Con su cabeza altiva me evitaba.  Abría su boca enorme y gritaba y vociferaba. Se inclinó hacia mí, pero sin mirarme, y con su panza regordeta me empujó contra la puerta. Sentí la manija en mi espalda y reboté sobre sus carnes grasientas, sobre su calor asqueante. Mis manos se hundieron en su masa  cuando le pusieron límite a su cuerpo pesado. Él seguía altivo, vociferando, mirando por sobre mi cabeza; fue entonces cuando decidí sacar fuerzas de mi temor y amasarle las carnes. Se las apreté y empujé fuerte. Recuerdo que le grité algo mientras me empinaba, pero no recuerdo qué pronuncié. Intentaba que sus ojos se percataran de mi existencia, que me sintiera como una rival válida, a su altura. Pero fue inútil. Él continuaba vociferando sobre mí, con sus ojos desorbitados, moviéndolos cual ojo vigilante, y a pesar de esto nunca, en esos minutos, su mirada validó mi presencia, era inexistente para él. No era audible, observable; era nadie, tal vez nada, sólo una más qué vigilar. Su único objetivo era informar a los tres pisos bajo mis pies que yo era una infractora y que no tenía la altura necesaria para habitar en ese edificio.

El hombre movía sus manos como dos serpentinas, para arriba y para abajo, y con ellas señalaba algo al interior de mi apartamento. Las movía tan fuerte como el tono de sus vociferaciones, parecía que ellas les ponían acento a sus gritos, cual drama escénico. Un arlequín panzón, un saltimbanqui, así lo recuerdo. De pronto dejó de mover una de las manos. Lo seguí con la mirada y vi cómo la llevaba al bolsillo de su pantalón donde brillaba el amarillo de la cabeza de un destornillador. No era sólo un vigilante de las buenas costumbres, era un ajusticiador que dictaba sentencia a quiénes le desobedecían y estaba dispuesto a ejecutarla él mismo. Ahora yo tendría que salvarme de la fatal sentencia. 

En un instante las fosas nasales del hombre se ensancharon, se acercaban a mí, mientras se separaban de sus ojos desorbitados. Eran fosas infestadas de vellos. Entonces comprendí que no soportaba mi olor. Cuando al fin logró que me sintiera minúscula, impotente, fui adentro de mi apartamento, cogí mis plantas y las destrocé. No pude evitar imaginarme en ellas la destrucción del panóptico. Cada hoja, cada tallo, cada raíz que salía la mimetizaba con las manos serpentinas de ese ser desagradable. Sí, las despedacé sin ser ellas las culpables de sus aromas: las destrocé y al mismo tiempo me destruía a mí misma. Estaba acabando con mi mundo, con el motivo de mi tranquilidad. Por cada hoja que yo destruía, creo que él sentía que introducía la punta del destornillador en mi pecho. Fue muy meticuloso, sabía lo que yo sentiría con la muerte de mis plantas; vería mis membranas destrozadas.  

El ojo vigilante obtuvo su satisfacción, y al ver su obra terminada, se retiró. La destrucción de las plantas era también la destrucción mía. ¿Qué más podía pedir?

El hombre continúa ahí, vociferando hacia otros transeúntes desde el panóptico. La cuarentena ha acumulado su sed de control social, de cuidador de las buenas costumbres. Mientras afuera el mundo muere, el ojo vigilante controla los aromas. 



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