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LA ÚLTIMA MEDALLA

Mateo Gallego Escobar

Por: admin

16 Nov 2020, 11:27

Había olvidado la existencia por fuera del encierro. Daría cualquier cosa, incluso la vida, por tener un instante afuera. Sentir por lo menos, ese rayo de sol que aflora entre los árboles y quedarme allí, como un animal con frío. La vida se ha vuelto más básica. Pensar, callar y dormir. Al principio fue terrible, después, la mente estaba en todo; el sonido del viento bajo la puerta, el olor a carne sellada, el despido de las palabras, el silencio siempre blanco o el olor a tierra húmeda bramando la vida.

Sin cavilar, el encierro se ha ido apoderando de mis pasiones más viles y desesperadas. La encrucijada de ir confeccionando nuevas personalidades, irrevocables y corrosibles por el claustro. Adiestré los ojos a las cosas, cada detalle de la habitación luminosa, hasta concluir que todo es básico, similar y que gradualmente, cuando uno cree tener un dominio o una costumbre, el tiempo elimina el sentido. Entonces, muchas veces tuve miedo de mí mismo, de lo que realmente encierro. El desahucio del tiempo me ha demostrado que todo se trata de nuestro regreso a la tierra, al fuego o a cualquier basurero.

Me he deteriorado poco a poco cerciorándome en el infinito encierro, que la vida es una ficción, que uno se inventa al acoplo de algo que uno no es, en constante supervivencia. La habitación blanca se fue tornando gris como el día. Estaba en la cama como de costumbre. Divagaba por distintas imágenes, pequeños cortos de la vida, dudas ahogadas en un inminente suplicio de condición incierta. Soportaba todo lo que no podía hacer, el mundo se redujo a cuatro paredes, terriblemente limpias, solitariamente simples. La libertad nunca se trató de pensar como se quisiera, los mundos se reducen a su acción, a lo que cada cual hace en su camino. Sin hallar razones que justificaran tal estado, sabía que este se había convertido en un hueco, arremetido por los días y tan incierto como la forma del fuego.

Había agudizado la escucha al espíritu más salvaje, las cosas por fuera ya no tenían textura, olor o forma. Las imágenes en los sueños me situaban recluido, ya no existía otro, los detalles de la vida anterior, la sensación de caminar solo por una calle de madrugada o de recorrer un bosque por primera vez, la embriaguez tambaleante que repite las imágenes, y el esfuerzo de abrir más los ojos para ponerle límites a las cosas. Había olvidado los tiempos en que podía sentir el viento fuerte como algo que sacudía y rasgaba las vestiduras del espíritu. El recuerdo siempre construido era inimaginable.

El alimento jamás fue igual, tenía todas las proteínas y demás mierdas que comentaban,

pero era áspero, insípido e involuntario. Sólo quería la vida por fuera de mí, lo otro, lo

que nos hace sentir arena (hormigas). La estabilidad de las cosas  abrumaban cada

mañana, al mediodía realizaba una especie de confrontación absurda y en las tardes decaía

en el pensamiento de que quizá mañana acabaría todo, de un lado o del otro. Al fin y al 

cabo, nadie procesa su silencio.

Ya lo único que me importaba era escuchar los primeros pasos de la lluvia, antes de que alcanzara a mi ventana. El doctor llegó en las horas de la tarde como había prometido, con una falsa empatía acostumbrada por muchos cuando tratan a los muertos en persona. Después de la estúpida pregunta de cómo me encontraba, hizo un par de comentarios sobre la ética, y lo que significaba una donación de tal calibre para el hospital. Me volvió a preguntar qué había decidido. Parpadeé dos veces de forma determinante, expresando mi negativa, apretando fuertes mis ojos, me preguntó que si estaba seguro y parpadeé una vez más.

Pude ver en la cara del cretino que todo era protocolo. Supe al instante, que siempre se está a la deriva, que la vida fluctúa entre los lugares que uno ocupa en toda relación y que lo poco que hice, en gran medida no lo hice. Que en silencio se han construido grandes ficciones y que colgarán una bandera con una medalla incluida en mi ataúd.



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