Desde adentro

Los cambios que siempre llaman a la puerta de: WALTER

Por: admin

16 Jul 2019, 10:28

Walter Jairo Echeverri Jiménez es servidor de Carrera Administrativo en la Piloto, recientemente recibió el reconocimiento como uno de los servidores de calificación sobresaliente. Le pedimos a Walter a partir de una serie de preguntas que nos compartiera una pequeña historia de vida; este es su relato:
 

 
“Nací y crecí en un pueblito del suroeste antioqueño, Fredonia, en el seno de una familia de origen campesino compuesta por los padres y once hijos.
En las décadas del 70 y 80 Fredonia era un pueblo tranquilo, apacible, tradicional y alegre. Con sus casas de techo y chimeneas humeantes; y con las calles estrechas y empedradas, por donde paseaban los campesinos con sus mulas, marranos, vacas, y las gallinas correteaban con sus polluelos.
Lo que más recuerdo era los paseos a las veredas. Íbamos a los charcos, salíamos a coger guayabas, mangos, guamas y aguacates. Subíamos al Cerro Combia, a Sabaletas, a Cerro Bravo y a Puente Iglesias.
Las personas de mis afectos deben ser: cordiales, simpáticas, agradecidas, dulces, sencillas y desapegadas. Los días sábados y domingos eran los días de mercado, en la plaza principal, al aire libre, con los toldos de color blanco distribuidos por sesiones, la parte de arriba, para venta de ropa, calzado y cosméticos; la parte del medio para venta de grano, frutas, legumbres y restaurantes y la de abajo para las carnicerías.
Las noches eran para la parranda y el baile; con varias cantinas dónde los bohemios iban a escuchar música guasca y de carrilera y a emborracharse; el más tradicional de aquellos sitios se llamaba  “La Alaska”.
También para los más jóvenes  existían las heladerías:  El Paraíso, El Charquito y Candilejas, para los enamorados dónde sonaba la música romántica. Y los clubes los Violines y El Piamonte,  dónde los más jóvenes también íbamos a bailar con la música disco de Donna Summer, Gloria Gaynor, Boney M, Abba y Diana Ross.
También recuerdo que de estudiante, fueron varias las veces que le hicimos la treta al vigilante del Liceo Efe Gómez, donde nos escapábamos a una casa vecina para ver el capítulo de suspenso de las telenovelas brasileñas de moda en la época: Ronda de Piedra, La Esclava Isaura, Dancing Days, La Mestiza, Agua Viva y La sucesora.
En las noches de pérdida de luna íbamos a la casa de las diablas, a que nos leyeran el cigarrillo, la taza de chocolate, la taza de café y la bola de cristal. Todos queríamos saber lo que nos depararía el futuro: Amor? Dinero? Viajes? Triunfos? Y luego en manada debíamos ir al cementerio para que el ritual se cumpliera.
La biblioteca donde hice mis primeras lecturas fue la Biblioteca Municipal Julio César García, donde disfrutaba en la infancia con los cuentos de El Gigante Egoísta, El Patito Feo, Pulgarcito y La Vendedora de Fósforos. Ya en la adolescencia me incliné por novelas dramáticas y de amores imposibles: Cumbres Borrascosas de Emily Bronte, Orlando de Virginia Wolf, Boquitas Pintadas y El Beso de la Mujer Araña de Manuel Puig, El Lugar sin Límites de José Donoso y Maurice de Edward Morgan Forster.       
En el año de 1993 cuando empezaba mis estudios universitarios, uno de los proyectos era visitar una biblioteca pública para indagar por los servicios que prestaban. Yo elegí la Biblioteca José Félix de Restrepo en Envigado, municipio donde residía por ese entonces. Quedé enamorado por su edificio tan sobrio, por sus instalaciones, por su ubicación. Y me dije para mí: “Algún día trabajaré aquí… Lo juro”
Al año siguiente en 1994, con el grupo de la materia de Administración estuvimos en una visita guiada en la Biblioteca Pública Piloto, quedé encantado con la Sala Infantil Pedrito Botero, Con la Sala Antioquia, La colección de Literatura. Y en esa ocasión también dije para mis adentros: “Algún día trabajaré aquí… Lo prometo”.
Ambas profecías se cumplieron: trabajé en la Biblioteca de Envigado desde el año 2008 hasta el 2011. La experiencia fue maravillosa. En ese año renuncié para empezar a trabajar con la Biblioteca Pública Piloto a partir del primero de julio de ese año.
La primera Filial donde trabajé fue Tren de Papel. Allí estuve 4 años que se fueron como por arte de magia. Pero un sábado que estaba cerrando la filial, y estaba solo, porque a mi compañero de filial lo habían enviado a una capacitación, estando cerrando la cocineta, sentí como la descarga de un balastro, con toda la potencia, desde una volqueta a la entrada de la filial; asustado, corrí a ver que estaba pasando. Y tamaña sorpresa. No había absolutamente nada. Me dije para mis adentros: “Esto es una señal que muy pronto no estaré en este lugar”. Y así fue. A los tres meses fui trasladado a la Filial San Antonio de Prado.
En San Antonio de Prado la experiencia también fue maravillosa, encantadora, dichosa. Allí trabajé dos años. Pero una mañana que me tocó bajar al sótano a buscar unos implementos, sentí en el espacio una energía fría, helada, misteriosa y un remolino con un silbido de ultratumba.  “¡oh esto es una seña!” me dije: El tiempo aquí está culminando. Y a los meses fui trasladado para la Sede Central.
Una mañana que subí a ubicar unos materiales en la planta de arriba, de la Sala Antioquia, estaba muy concentrado, cuando de repente, se me apareció una anciana, arrugadita, arrugadita como una pasa, con una cabellera canosa y larga hasta la cintura, y con un vestido dorado. No me dio miedo. A los días volvió a aparecer, pero ya vestida de verde esmeralda. Tampoco sentí miedo. Y la última vez se me apareció con un vestido color naranjado intenso. Nuevamente me dije: “el tiempo se agota”. Y así fue. A las semanas fui trasladado a la Filial de Campo Valdés.
Allí estaba, cuando una tarde me antojé de ir a coger unos mangos que estaban en su punto, cuando de la nada apareció un anciano negrito negrito como un carbón y me dijo: “Alto ahí cenicienta” “Huye de aquí cenicienta”. Esta vez la profecía también se cumplió: A las semanas fui trasladado para la Filial La Loma.
Y aquí estoy: fresco y lozano como un durazno. Y aunque sé, el momento y el lugar del próximo traslado, esto sí no se los puede revelar, porque se rompería el hechizo.
También tengo dos sueños laborales que aún no he cumplido: trabajar en una biblioteca escolar y también prestar mis servicios en una Casa de la Cultura de algún municipio. Y cómo soy medio brujo y medio adivino, sé que lo lograré.
“Vivamos con intensidad porque la vida es un milagro que sólo se ha dado una vez y nunca más se repetirá.”



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