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LOS INFLUENCERS DEL PASADO Y SUS LECCIONES DE HISTORIA – POR LUIS FERNANDO GONZÁLEZ

¿Es válido difundir el pasado sin considerar elementos conceptuales y críticos que nos eviten distorsionarlo? ¿Estamos hipervalorando la memoria y soslayando el rigor de la disciplina histórica? Luis Fernando González abre el debate, de cara a su charla del jueves 16 de julio.

Por: admin

14 Jul 2020, 6:45

Tarjeta postal iluminada del Parque de Bolívar. Anónimo, sf. Archivo BPP.

Por Luis Fernando González*

Me subo al taxi rumbo a la Universidad. La radio suena y el locutor habla de la contaminación del aire, las medidas de control de las autoridades, las restricciones de movilidad para los vehículos del día. Mientras tanto miro la nubes bajitas, el cielo metropolitano gris plomizo que oculta el paisaje y los mismos edificios. De pronto escucho la voz del taxista mientras señala con el dedo, afuera de la ventanilla: “Pensar que ahí ocurrió una de las más grandes tragedias de Medellín y nadie la recuerda”. Lo miro con expectativa, pues ya conozco de memoria el recorrido. Está señalando hacia las orillas de la histórica quebrada de La Iguaná y sus orillas ahora urbanizadas a ambos lados; y sigue con el relato: “habitaban los indios, y la Iguaná se represó. Murieron como 700 personas. Calcule la tragedia, cuando en esa época, por allá en 1676, vivían como 1700 personas”. 

Rápidamente hago el cálculo mental y sí, tiene razón, si esto hubiera ocurrido en verdad sería una tragedia de más del cuarenta por ciento de la población. Y vuelve al relato de la tragedia: “tantos muertos. Saber que se puede repetir. Tanto es así que la misma Universidad Nacional hizo un estudio que pagó Suramericana”; como lo miro interrogante, sin esperar que preguntara, me dice: “sí, ellos lo hicieron para evaluar los riesgos, para eso del pago de los seguros, pues incluso ellos tienen la sede por aquí cerquita, y peligran también”. 

La seguridad del taxista narrador es absoluta, como su forma de manejar. Cambia de dirección, sigue un tramo corto de cuatro calles y vuelve a coger en dirección Oriente, ahora a orillas de la propia quebrada. Cambia de tema, no de escenario, pues ahora es la riqueza al mirar sus aguas: “y saber que de estas orillas se ha sacado tanto oro. Mucho. Es que todo el valle de Aburrá está lleno de oro. Desde que antiguamente se formó el valle quedó con muchísimo oro”. No entiendo cómo fue esa formación geológica tan especial, pero no me da tiempo de pensar, pues para demostrar cuánto oro tiene todavía esta tierra acude a otro argumento histórico reciente: “es tanto que cuando hicieron las columnas del metro, los ingenieros que las hicieron negociaron con la empresa. Ellos pidieron que les dejaran llevar la tierra de las excavaciones. La llevaron a un sitio que consiguieron allá en Caldas. Hasta allá las llevaban para clasificarla y lavarla. Sacaron mucho oro. Tanto que ganaron más con el lavado de las arenas que las mismas obras del contrato”. 

Ya había llegado a mi destino. No salía de mi asombro por el relato. Le pago y me bajo del taxi. Me pide disculpas por hablar tanto. Le digo tranquilo y le agradezco. Pero me quedo entre admirado y preocupado por el relato. Me pregunto, ¿de dónde saca esas historias? ¿cómo las aprendió? O si serán de su propia cosecha….cuál es el mecanismo misterioso por el cual estas narrativas de imaginación desbordada. Algo de realidad y mucho de fantasía se unen en este taxista narrador. Nada mal para la oralidad urbana. 

Pero, pensándolo bien, no era nada nuevo ni raro lo escuchado en este recorrido urbano por parte del taxista narrador, con lo que escuchaba y leía en emisoras universitarias de la ciudad y en las redes sociales, en donde nuevos especímenes urbanos se tomaron por asalto la historia, la memoria y el patrimonio. Programas institucionales, páginas personales o de grupos aficionados al tema, divulgan, publican y reenvían gran cantidad de información sobre estos temas. Una verdadera moda que se debate entre lo light y la nostalgia. Pero no hablo de las personas que desde memorias personales y familiares establecen una relación con el pasado, estando en todo su derecho, sino de aquellos que están erigiéndose en los influencers del pasado. Cada quien construye con todo derecho su o sus memorias de acuerdo con ese relato familiar o personal, muchas veces ajenos al relato histórico, pero aquellos influencers del pasado construyen un nuevo relato urbano, retomando datos de algunas lecturas históricas, reinterpretando e imaginando a su propia conveniencia y libre albedrío. A partir de esa laxitud crean o pretenden construir una historia y una memoria colectiva. 

Tal vez pretenden ser los émulos de la filósofa, cronista y divulgadora histórica Diana Uribe, pero ahora en los tiempos de las redes sociales, el instagram, Youtube, Facebook o los podcast, donde hacen permanente presencia. En algunos casos, pasa de las redes al espacio público como guías turísticos o del patrimonio; de guías pasan a expertos asesores de proyectos urbanos públicos, y así, en la multipresencia, van adobando con píldoras “históricas” su trajinar de personajes mediáticos, encantadores y de voces engoladas. El historiador Pierre Nora habló de la llamada “industria de la memoria”, a lo que parecen corresponder estos diletantes en tiempos de la economía naranja. 

Este nuevo especímen es por excelencia un “divulgador del pasado”, en tanto cree que todo pasado es por principio historia. Referencia algunos libros más o menos antiguos que pasan las mayor de las veces como libros de Historia, pero aún así sobresale la superficialidad de su lectura y la falta de conocimentos rigurosos para su interpretación lo cual suplen con retórica y verborrea, entre romantizada, idealizada y contibuyendo a retomar la leyenda rosa. Sus usos históricos y literarios parecen ser más un adorno o una pose que hacen pasar por erudición, pues al entresacar datos y transferirles a la oralidad se alejan de la exactitud temporal, de la capacidad interpretativa rigurosa, del trabajo serio y profundo de grandes historiadores, a los cuales pareceren desconocer, si los conocen los ignoran o, los pocos que citan, los malinterpretan con su falta de rigor y sus opiniones desmadejadas y caricaturescas. 

Para estos divulgadores del pasado importa la cronología sobre todas las cosas, pero hacen frecuentes saltos temporales, sin ningún temor de caer en el vacío. A trompicones van saltando los años, los decenios y los siglos en un continuum historicista. No hacen ninguna diferenciación en los procesos, sin importar categorías espaciales, politico-administrativas, económicas o políticas, entre otras muchas consideraciones; por ejemplo, para muchos de ellos lo mismo es un templo que la parroquia, así, la jurisdicción eclesiástica es lo mismo que la materialidad arquitectónica, por tanto tiene los mismos años el templo construido que la jurisdicción eclesiástica, a pesar de que aquel se haya tumbado y reedificado varias veces, cambiando cada vez su espacialidad, forma y materialidad. Siempre será el mismo. Eso no importa. Vasta soltar una fecha, una toponimía, una referencia geográfica que todo lo demás se puede llenar con la febril imaginación. Toda cabe y todo vale. 

Cazadores de anécdotas del pasado, para adobar la “historia” y hacerla más agradable, sucumben a la historia rosa y a la idealización de nuestros héroes terrígenos. Al retomar la historia tradicional no la interrogan con nuevas preguntas. Vuelven sobre los viejos cronistas pero no para problematizarlos, sin preguntarse si quiera desde dónde, cuándo y por qué lo escribieron. Son en su mayor parte narradores sin obra. Por eso asistimos a una nueva versión rosa de la historia de bronce; de esta manera Coriolano Amador fue un rico amable, que trajo el primer carro, con su respectivo Chauffer –aquela palabra francesa que origina nuestro chofer–, y gracias a su altruismo hizo la plaza de mercado cubierta de Guayaquil, por lo cual debería la ciudad quedar infinitamente agradecida. ¿Cómo enlodar tan egregios personajes? Suena feo y aburridor hablar de actividades extractivas, especulaciones económicas e inmobiliarias, aprovechamiento de sus nexos familiares y políticos para el beneficio de sus negocios particulares. Pero mucho más que aquellos hechos circunstanciales y anecdóticos falta comprender y explicar a profundidad las estructuras familiares, sociales y económicas que determinaron el control económico y político de la ciudad por esos grupos de poder. 

Y así, podrían ser señaladas no solo una cantidad de incongruencias, idealizaciones y especulaciones, con las cuales estos diletantes y divulgadores del pasado construyen el “nuevo” relato urbano en tiempos de lo light, las fake news, la desmemoria y la carencia de rigor histórico. Parodiando a David Rieff, no se necesita esa hipervaloración de la memoria y se requiere más Historia, al menos en estos casos de la historia urbana y el nuevo relato para la ciudad de Medellín. 

Es cierto, como señala el también historiador español, Miguel Ángel del Arco, que “el monopolio de la producción histórica ha saltado por los aires: cualquiera puede generar contenidos (escritos o audiovisuales) sobre el pasado” y el acceso a la Historia se ha potenciado exponencialmente, pero lo grave es que a esta ampliación de contenidos orales carece de rigor por parte de estos intermediarios más que investigadores, pero a la superficiliadad de sus narrativas le agregan la exaltación gratuita, la vuelta a la historia rosa y la restitución en sus pedestales de los héroes locales, sin entender las complejas dinámicas del conjunto social por fuera de los grupos de poder, aquellos sectores subalternos, los pobladores marginales y toda esa gama diversa de grupos que contribuyeron con sus difíciles y complejos procesos a establecerse, encontrar un lugar y aportar a la configuración urbana y su cultura. Precisamente con su anecdotario, como el taxista narrador, deshilvanado y sin una estructura problematizadora, reiteran y mantienen, tal vez de manera inconsciente, el status quo del poder económico y social, pues le hacen creer a los consumidores que esa es la Historia. 

*Luis Fernando González Escobar. Profesor Asociado, Escuela del Hábitat, Facultad de Arquitectura, Universidad Nacional de Colombia sede Medellín. 

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