Cultura

UN ENTIERRO PEQUEÑO PARA UNA MAMÁ GRANDE

Por: admin

23 Jun 2020, 9:57

Abril 10 de 2020
Por Byron Eastman

No creía ni en el Corona Virus ni en toda la parafernalia que montaron los chinos y los americanos.  Siempre me pareció una campaña de desprestigio de los gringos para que, dentro de su guerra comercial emprendida por Donald Trump con China, el mundo se abstuviera de comprarle a los asiáticos para él mejorar la economía interna del país y poder así, lograr su máximo logro político, su reelección.  Desde que salieron las campañas para que la gente se aislara voluntariamente para evitar tener contacto con los demás, no hice caso alguno.  Posteriormente, cuando las medidas se incrementaron, en donde la restricción se volvió más estricta, tampoco le hice caso.   Todo me parecía una estrategia de manipulación de los monos del norte para que, sin agallas, pudieran enfrentar a los “oji-rasgados” sin importar el impacto social, humano y económico del resto del mundo, una guerra más.  A la vez me parecía una apuesta mediática para apoyar al régimen yanqui.  Así que, al salir a la calle, no tomé ninguna precaución, ni tapabocas, ni protocolos de ninguna índole.  Yo me considero muy sano, fuerte y con buenas defensas, como para resultar contagiado.  Normalmente, no me da más de una gripa leve anualmente.  

Mi suegra es una persona de noventa y cinco  años de edad, muy aliviada, sin problemas de “menudencias”, no tiene enfermedades de corazón, riñones, hígado.  Además, está mentalmente muy cuerda, con una memoria envidiable y entendimiento de todo cuanto pasa a su alrededor.  Excepto por la diabetes y las dificultades para caminar, que lo hace pausadamente apoyada en un bastón o ayudada por un caminador, no tiene ningún otro impedimento.  Se conecta al concentrador de oxígeno en las noches, más por el temor agudo de morir ahogada, que porque realmente lo necesite.  Ella es muy activa, hace tortas, decoraciones en azúcar y cortinas, manteles, ruanas y bufandas tejidas.  Se levanta a las cinco y media de la mañana a tejer, devora un libro en una semana, come estupendamente con horarios estrictos y se acuesta a las ocho de la noche.  Ella también es un muy religiosa, por tanto, cuando puede va a misa a primera hora, si no, la ve en televisión dos veces al día.  

Ella es una señora muy querida por propios y ajenos, desde sus dos hermanos menores hasta bisnietos, y amigos de la familia.  Incluso parientes lejanos la consideran una tía porque ha sido muy bondadosa y caritativa.  Recibe visitas frecuentes de sus hijos, de vecinas y de muchos de su parentela que vienen desde los pueblos a verla. 

Le encantan las matas, en especial las que tienen flores.  Es una compradora compulsiva de los viveros.  Cuando va, sale con cuanta planta, matera y tierra abonada le ofrecen.  A la finca de conocidos que llega, lleva arbustos o plántulas y se encarga de sembrarlos y convertir un rastrojo en un jardín.  Pelea con las gallinas, porque le dañan su vergel.  En su casa y entorno familiar, se hace lo que ella diga.  

Como no hay quien cuide de ella en esta época de confinamiento, los cuñados nos piden el favor que nos vamos a vivir con ella.  Son varias razones para que hubiéramos sido escogidos nosotros.  En la casa cabemos mi esposa, mis dos hijos y yo, porque es una casa vieja de cinco cuartos; somos de fácil adaptación porque hemos vivido en varias ciudades y países, porque ella se la llevaba bien con todos nosotros, cosa que no pasaba con las demás, debido a las nueras y los yernos y finalmente, porque cruzamos por una situación económicamente difícil, desde que yo me quedé sin trabajo y sin posibilidades de ser contratado por mi edad.  Quiere decir, que estando bajo la sombrilla de la mamá de mi esposa, nos podíamos ahorrar unos pesos y ella se beneficia porque tiene quién le haga la comida, le limpie la casa y la cuide.  Es un buen negocio para todos.      

La adaptación fue fácil y logramos convivir, tarea compleja entre los humanos, en especial, si se trata de la relación suegra-yerno y de la cohabitación de dos generaciones bien distintas, la de mi ella y la de mis críos “millennials”.   

Yo me ofrezco para las salidas a mercar, a comprar medicamentos, medida de escape ante el oprimente encierro.  Aunque cuando salgo, me siento como en una película de Dimensión Desconocida, viendo teatros, centros comerciales, parques, colegios, edificios del gobierno y calles completamente vacíos.  Igualmente, se me hace siniestro ver a todos con la boca tapada, sin acerarse, hablando lo mínimo con los demás.  Me parece un miedo desmedido.   

Causado por mis salidas sin protección en la época de la pandemia resulta la suegra contagiada del Covid 19.  Tiene dificultades respiratorias que son atendidas en casa por su servicio de salud, luego de aplicarle las pruebas y salir positiva del virus.  Esta situación se agrava y debe ser trasladada a la UCI de la clínica Las Américas.  El problema es el que se preveía.  Nadie la puede acompañar y las enfermeras no dan abasto.  Tiene suerte de conseguir un respirador porque su hijo es un médico prestigioso y por tener una póliza oro de salud, pero en caso de escasearse, se lo cederían a un convaleciente con menor edad y más posibilidades de recuperarse.  Sólo una persona puede entrar a visitarla, de acuerdo con las restricciones del municipio y de la clínica y el galeno de la familia es el indicado, pero está ocupado atendiendo a otros pacientes en otra sede hospitalaria.  Recibimos un parte telefónico al día de su estado y la respuesta es la misma “crítica pero estable”.  Pasa una semana y no se recupera.  Los casos del mal del momento siguen en aumento y las camas y las ayudas respiratorias escasean.  Hay mucha presión de parte del cuerpo clínico para que le retiren su equipo.  

Yo estoy desesperado porque todos los que me rodean la cogieron contra mí.  También me aíslan en un cuarto de la casa y no me dejan salir sino al baño, que es exclusivo para mi uso.  La imagino como aparece en mis sueños de estos días, sola en una galería oscura e infinita de filas de convalecientes en camas respirando con dificultad, con su cara púrpura por la falta de aire, con un tubo por la boca babeante y con los ojos rojos mirándome con ira e intentando golpearme con el bastón.  

Pasa lo que todo mundo sospechaba.  Al desconectarla de la respiración asistida por necesidad del equipo, su cuerpo no aguanta más y fallece, en la más absoluta soledad.  Ni siquiera el hijo médico está presente en sus últimos momentos porque está atendiendo varios enfermos críticos.  Muere de la forma que más temía, ahogada porque ni el inhalador es capaz de suplir las necesidades de oxígeno ante el cuadro de neumonía tan severo que presenta en sus últimos y agobiantes minutos.   

La tristeza de todos se puede sentir en el ambiente, tanto que hasta las flores se marchitan.  Parece que el mundo se duerme por un instante.  Yo no solo soy aislado físicamente, sino también socialmente.  

De un momento a otro, el teléfono no deja sonar, los mensajes de todo el que la conocía inundan los grupos de WhatsApp y la sala se llena de ramos de flores enviados por Rappi   

Su hijo, el doctor, es el único que puede estar presente en el proceso de preparación del cadáver, velación y posterior cremación.  Él, no muy creyente, debe asistir a la misa de las exequias conjunta con varios muertos por la misma causa, que se celebra en una ceremonia privada.  Transmite la homilía, más fúnebre que nunca, con el celular a los descendientes y amistades.  Solamente llantos, de todo tipo, se oyen al otro lado del dispositivo móvil. 

La suegra es una de las últimas matronas que aguantó casi un siglo de existencia y que logró sobreponerse a las guerras y violencia del siglo pasado, a los cambios climáticos, a las transformaciones sociales pero no al agresivo trato del virus ocasionado por mi imprudencia. 

Una vez llega la noticia de la incineración de su cuerpo, como la última señal de su existencia, mis hijos y mi esposa se van a mi cuarto y me piden que empaque.  “Ya que acabaste con la vida de nuestra madre y abuela, acabaremos con nuestro matrimonio y grupo familiar”. 

Salgo a la calle, con un tapabocas y mi maleta, y sin rumbo fijo, parto.



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