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¿Y yo por qué no tengo?

 

Me preguntaba. Es un recuerdo de comienzos de la adolescencia, a finales de los ochenta. Empezaba décimo y mis compañeros del colegio, de clase social más alta, mencionaban sus nuevas conquistas y remozadas habitaciones. Aunque ambos temas suenen distantes, mi desespero de entonces los juntaba: creí que para mí era más difícil conseguir novia porque no tenía cuarto propio, porque seguía haciendo las tareas en el comedor, como los niños.

 

 

Así me sentía cuando alguien contaba que su padre había conseguido el escritorio del gerente de la empresa donde trabajaba y ya le había puesto debajo del vidrio un espectacular afiche de Metálica. Otro compañero dijo que su novia le había regalado un vaso para los lapiceros… Todos remarcaban que habían comprado cuadernos argollados marca Jean Book o Académico. Yo, en cambio, seguía con los que le regalaban a mi padre camionero en las bombas de gasolina.

No pude contenerme más y un domingo mientras lavábamos el camión, le comenté a mi padre que los curas del colegio, les recomendaban a los papás comprar una biblioteca y un escritorio para sus hijos. Para mi sorpresa, dos semanas después, mi viejo llegó con un disfuncional mueble que, según sus palabras, lo reunía todo. Cuatro espacios abiertos para los libros, un cajón demasiado pequeño y un bamboleante Triplex que, supuestamente, se deslizaba para apoyarse al escribir. Mientras trataba de convencerme de las inexistentes bondades del mueble, yo me lo imaginaba riéndose con sus amigos carpinteros de mis ganas de montar oficina, tal como él resumió todo ese día.

Lo que nunca sospeché fue que él cuñara los libros de la Biblioteca General Salvat con un gato hidráulico que le habían vendido en Barrio Triste. ¡Una hermosura!, decía. Cuando le reclamé que ese no era lugar para sus herramientas, me respondió que ese gato valía más que mis libros… La mente cruza los temas por algo, eso entendí aquella vez cuando unos días después, una chica que me gustaba, al visitar el cuarto que aún compartía con mi hermano, celebró que ese gato estuviera ahí. Me dijo que yo, definitivamente, era muy original. El comienzo de un agradable acaso que nunca vi venir… Tal vez, por eso, dicen que escribir es desandar la vida de coincidencia en coincidencia.   

 

 

 


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